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Borges nunca demostró un interés particular por las tecnologías que estaban desarrollándose en la frontera de su época, ni tampoco por aquellas que podrían aparecer en el futuro. Sin embargo, la idea de que un artefacto fuese capaz de replicar artificialmente las operaciones del pensamiento humano —tentativa antiquísima, dicho sea de paso— constituye uno de los hilos temáticos que cruzan el laberinto de su obra, en cuyos corredores y escaleras podemos toparnos con diferentes figuras que pueden reinterpretarse como «máquinas abstractas»: es decir, como dispositivos o modelos que organizan signos, conocimientos o percepciones mediante determinadas reglas.
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Tomemos como punto de partida un ensayo de 1937 donde Borges discurre sobre un autómata concebido en el siglo XIII por el filósofo y místico español Ramón Lull. Según cuenta la leyenda, Dios le reveló a Lull el diagrama del Ars Magna Generalis en una montaña de Mallorca luego de varios días de ayuno y contemplación. La utilidad principal del artefacto era sistematizar las verdades de la fe en una serie de proposiciones lógicas, buscando con ello no sólo liberar a los fieles de todo esfuerzo intelectual por el entendimiento teológico, sino también persuadir a través del argumento racional a moros y paganos. Las proposiciones de la máquina combinaban sujetos y predicados dentro de un diagrama geométrico que reunía los atributos de Dios. Como una suerte de Chat GPT, el Ars Magna ofrecía un modelo de respuestas automatizadas ante inquietudes religiosas. Para Borges, sin embargo, lo interesante de este invento no era precisamente el carácter vanguardista que podía suponer para el mundo medieval, sino el alto grado de entropía intelectual que podía generar. Las combinaciones que permite una de las versiones conocidas del diagrama —explica en su ensayo— son tan vastas que la máquina no excluye relacionar entre sí los atributos de Dios y afirmar que «la gloria es eterna, que la eternidad es gloriosa, que el poder es verídico, glorioso, bueno, grande, eterno…poderoso». El dispositivo no se equivocaba en combinar sus caracteres, pues en rigor podía arrojar proposiciones formalmente válidas, pero precisamente por eso era capaz de producir una gran cantidad de información redundante, multiplicando posibilidades lingüísticas hasta niveles inciertos.
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Las máquinas abstractas de Borges de un modo u otro rememoran los problemas que plantea el Ars Magna de Lull. Se caracterizan en muchos casos por ser tan sorprendentes como inútiles, pues exponen las consecuencias absurdas de la inteligencia desmesurada. Un caso ejemplar lo constituye Funes el memorioso, el famoso cuento que nos describe a un joven de 19 años que adquiere, después de un accidente, la capacidad de recordar todos los sucesos percibidos de su vida con extrema precisión: «Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez (…). Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero». Funes posee una memoria sobrehumana que causa el asombro del narrador, ya que evoca la facultad de una mente divina más antigua que «las profecías y las pirámides». Así también, leído desde nuestro presente tecnológico, representa el ideal de la inteligencia artificial absoluta que almacena y enumera con precisión toda la información que recibe. Funes, incluso, se da el lujo de inventar su propio sistema de numeración, atribuyéndole a cada número otro signo o palabra específica, incluso otro número: «En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril (…). En lugar de quinientos, decía nueve». En pocos días, se nos dice, había creado más de veinticuatro mil sustituciones numéricas. Tal sistema, de asombrosa originalidad, no permitía por cierto ninguna operación aritmética útil.
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A pesar de su insólita capacidad para registrar información, Funes encuentra complicaciones ante cuestiones muy básicas. Puesto que su conocimiento es puramente empírico, orientado a la experiencia de lo particular, se descubre incapaz de sintetizar y abstraer la información que posee: «No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)». Funes no podía evitar ver otra cosa que multiplicidades y diferencias en cada cosa o individuo. Cada impresión del perro le resultaba de una singularidad irreductible. De ahí que se viera inclinado a considerar la tentativa de darle un nombre único a cada versión vista de cada objeto, de cada rama, de cada nube. Borges recuerda un intento análogo de Locke que especuló con la idea de un lenguaje más próximo a las cosas singulares. No obstante, el caso de Funes es claramente un extremo y él mismo resuelve que su idea de producir un gran catálogo de nombres singulares sería interminable. El narrador, que al principio se ve asombrado con la extraña condición de Funes, termina después por apiadarse de él. Su vida deja en evidencia la paradoja de que una memoria sobrehumana no implica necesariamente inteligencia. De hecho, ante la imposibilidad de introducir criterios de valor, la memoria bien puede volverse un elemento contraproducente para el desarrollo del conocimiento, un mar de impresiones que no sirven para nada: «Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basura».
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Cabe decir que el hecho de que una mente pueda ser un «vaciadero de basura» no es condición exclusiva de una memoria infinita. Cualquier mente puede potencialmente devenir en ello, la mera capacidad de pensar no garantiza lo contrario. La distinción radica en que el ejercicio de un pensamiento creativo o crítico implica una conciencia capaz de distinguir entre elementos que clausuran el sentido y elementos que lo expanden. Es decir, implica una depuración de la experiencia, de todos los clichés, opiniones e imágenes que se nos adhieren de forma inconsciente y que refuerzan no sólo lo falso, sino los lugares comunes que nos oscurecen la posibilidad de ver las relaciones insospechadas entre las cosas. El pensamiento que realiza esta depuración no se limita a agregar más información a fuerza de combinar símbolos, ni a generalizar diferencias. Se diría más bien que descarta opciones, limpia todo lo superficial, lo aparente, lo que impide ampliar nuestra visión de la realidad.
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De todos modos no deja de ser fascinante observar cómo las máquinas borgeanas experimentan con la entropía intelectual. En La Biblioteca de Babel, nuestro autor imagina una biblioteca interminable de infatigables escaleras y salas hexagonales que se confunde, para los bibliotecarios que la habitan, con la totalidad del universo. Una diferencia notable con el mito del antiguo testamento es que la Biblioteca no ha sido construida por humanos, sino que es la obra de un dios desconocido. Ni siquiera los innumerables libros que hay en ella han sido escritos por ellos. Son tan antiguos como la biblioteca misma cuya existencia se presume ab eterna. Que los libros no tengan origen humano explica en parte que la Biblioteca posea todos los libros posibles, creados a partir de todas las variaciones verbales que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, lo cual hace factible un catálogo monumental de temas como «la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos (…)». La Biblioteca, cabría pensar, tiene más libros falsos o imprecisos que verdaderos. Por cada catálogo, libro histórico o científico, tendríamos que imaginar todas las posibles variaciones y distorsiones que permite el lenguaje. Las proposiciones incoherentes y arbitrarias abundan. «No puedo combinar unos caracteres ‘‘dhcmrlchtdj’’ que la divina Biblioteca no haya previsto», cuenta el narrador. Se habla de un libro de cuatrocientas diez páginas que repetía de forma inalterable las letras MCC. No sorprende entonces que en tal escenario domine el desconcierto, si es que no el caos y el delirio. Se mencionan sectas heréticas, epidemias y suicidios. La posibilidad concreta de que la Biblioteca poseyera libros perfectos, proféticos, que iluminaran los destinos de cada ser humano, no aminora la desesperación, pues encontrar tales libros resulta prácticamente imposible. Los peregrinos que se arrojaban a ese vano intento «disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles». La Biblioteca de Babel es un sistema que lleva hasta sus últimas consecuencias la combinatoria de símbolos que producía el Ars Magna. Mientras ésta se limita a producir postulados formales a partir de los atributos de Dios, la Biblioteca combina todos los signos del lenguaje sin pretender dar lugar a sentencias coherentes, ni menos distinguir entre verdad y falsedad, lo que da lugar a una auténtica pesadilla epistemológica, una pesadilla surgida de la más completa esquizofrenia del lenguaje. La Biblioteca de Babel sólo pudo haber sido obra de un dios que delira.
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Las diferentes inteligencias artificiales de nuestra era pueden ser interpretadas como versiones contemporáneas de la Biblioteca de Babel. Sólo que las oceánicas bases de datos con las que son alimentadas y entrenadas no despliegan sus resultados a partir de una combinatoria infinita, sino mediante monumentales arquitecturas algorítmicas que regulan la información en patrones de relaciones probabilísticas. Sin embargo, sus mecanismos internos siguen siendo difíciles de comprender, incluso para quienes las diseñan, y sus alcances futuros permanecen abiertos a la incertidumbre. Como los perplejos bibliotecarios de Borges, nos enfrentamos a un universo de signos que nos dan acceso a múltiples conocimientos, sin embargo, la opacidad estructural que poseen no garantiza que la verdad esté a nuestro alcance. Pero mientras los libros de la Biblioteca permanecían inmóviles en sus anaqueles, los signos de nuestro tiempo circulan a velocidades vertiginosas, desbordando sus propias redes de información.
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En julio de 2026, durante unas evaluaciones internas de ciberseguridad de OpenAI, alrededor de 700 agentes de IA encontraron una vía de comunicación que no estaba prevista, y participaron en un ataque coordinado contra una plataforma de desarrollo de modelos de inteligencia artificial. Se registraron aproximadamente 70.000 mensajes y archivos compartidos entre estos bots, que formaron un verdadero enjambre para intentar alterar y falsear datos. Este episodio nos muestra una dificultad inherente a los sistemas que buscan regular sus operaciones mediante arquitecturas matemáticas: cuanto más complejos se vuelven sus mecanismos, más difícil puede resultar anticipar todas las conductas que son capaces de producir. La incertidumbre no reside necesariamente en un defecto de funcionamiento, sino en la distancia entre las operaciones que un sistema puede ejecutar y los fines para los cuales fue concebido. Quizá sea en esa distancia entre la lógica de sus operaciones y la comprensión de sus efectos donde podamos reconocer no una conciencia, sino un «inconsciente» de las máquinas lógicas, un margen de indeterminación que invita al desorden. Gödel y Turing mostraron desde perspectivas diferentes que ninguna formalización agota el campo de sus propios problemas, es decir que existen límites fundamentales a la matemática y computación. La entropía podría ser entonces el nombre de una vieja incertidumbre que ninguna tecnología podrá disipar por completo: aquella que vuelve a poner en cuestión las nuevas arquitecturas lógico-matemáticas que aspiran emular el pensamiento humano y alcanzar el cielo.
Por George Somerville




