A Graciela

Hasta sus últimos días, mi abuela escribió “peluquería” en cada sábado de su agenda. A menos que un funeral o un té con amigas lo requirieran para otra fecha, con una delicada caligrafía, vestigio de una enseñanza disciplinada –según ella, extinta–, programaba el tinte y peinado que duraban hasta el fin de semana siguiente. Su insistencia en este ritual, sobre todo con la creciente dependencia en la que se sumía su cuerpo a su pesar y al de su orgullo, delegó en mi madre parte de las tareas de su gestión. Llevarla a la peluquería o, en el último tiempo, llevársela hasta su departamento, más que el capricho vanidoso de una señora octogenaria que su hija se veía presionada a satisfacer, era una obligación tan ineludible como votar o ir a la iglesia. Envejecer puede ser desolador cuando te quedas sin cosas que hacer. 

“Ir a buscar el bordado para el cojín” 

“Sacar plata”

“Podóloga” 

“Pagar cuenta del celular” 

“Tintorería”

Veo estos pequeños deberes distribuidos en los espacios de su agenda. La responsabilidad de cumplirlos con la mejor prestancia la mantuvo sobre sus dos pies hasta que ya no pudieron caminar más.

*

Más de una vez acompañé a mi mamá a su peluquería. El ruido blanco generado entre el murmullo de las clientas y la música de fondo se interrumpe ante la inusitada presencia de un varón entre los secadores de casco. Con el cabello mojado, cera en el bozo y pocas posibilidades de entablar una conversación frente a la asfixia generada por la mezcla de fragancias químicas, su curiosidad no solo es motivada por el espectáculo de esa inaudita visita sino también por el disimulo de la vergüenza de estar en esas condiciones frente a un extraño. Ante la mirada intrusa, los lugares pueden revelar su falta de decoro, y en el caso de los salones de belleza, manifestarse como un trámite ausente de cualquier aura ceremonial.

Embellecerse es una diligencia impostergable. Las paredes de cristal del salón devuelven la misma mirada examinadora de las calles cuando juzgan la madurez de una persona a través de su vestimenta. Más allá de la opinión de los demás, en el cultivo de la costumbre de teñirse la raíz, junto con el de pagar las deudas, ver a los amigos y tomar suficiente agua, se asume responsabilidad sobre la propia vida. Afligidas por hacer cundir el presupuesto del mes en la permanente crisis de la economía nacional o por tolerar la incertidumbre de los desastres familiares, veo a esas señoras resignadas en los sillones bajo el secador: adoptan en el encubrimiento de una partidura descolorida, la firmeza en su compostura para no sucumbir ante la aflicción. Este gesto dignificante otorga al ocultamiento de sus canas una elegancia encubridora que, en palabras de Proust, logra desviar las sospechas y atribuir al menos a la ordenación de la vida un motivo de arte antes que de vanidad. 

*

Si vivir es un arte, hacerlo bien se basa en la convicción de que una manito de gato es un fin en sí misma, y no responde a más necesidad que la de una manito de gato. En un ímpetu de espontaneidad antes de poder salir al mundo, busco acercarme a la belleza esparciendo un poco de crema humectante sobre mis codos o rociando perfume en los puntos en que mi cuerpo pulsa y la piel se entibia. Pequeños gestos en cuya franqueza uno cree encontrarse, o como dice mi peluquero casi al terminar el corte: apareces. En la práctica de una manito de gato antes de cada salida hay una producción de sí, respondería Foucault, justificando en el ascetismo su recurrencia a un sauna parisino. Rodeado del vigor de homosexuales jóvenes y de la resignación ante la gravedad de otros ya envejecidos, Michel reafirma su voluntad de vivir mientras suda sobre un asiento de madera con una toalla amarrada a su cintura. Me entusiasma que la elección de mi aroma se haga más notoria en los lugares de mi cuerpo en los que algún día se cerciorará de si sigo o no con vida. El médico mirará el reloj y declarará la hora de mi muerte con la nariz perdida en un campo provenzal de verbenas y geranios.


*

En los salones de belleza se encuentra el confort momentáneo de ser una nueva persona. Después de una ruptura amorosa, bajo la promesa de poder decidir quién ser, cortarse la chasquilla o tomar la máquina y pasarla por toda la cabeza devuelven el sentido de propiedad sobre el corazón que late en tu pecho. Aunque no dependa en absoluto de ti su latido, en el reflejo descubres el dominio de tu cuerpo con el control de su imagen.

Frente a los espejos del Esther’s Haircutting Studio, Britney Spears rapa al seco su cabeza. “Me habían observado mucho mientras crecía”, recuerda años después de haberse rebelado en las portadas de prensa rosa.

*

Las peluquerías tienen su propia economía transaccional desde sus supuestos orígenes. Caminaban en el antiguo Egipto las personas de mayor estatus reluciendo el aroma de los aceites con los que se bañaban. La henna en su piel y las pelucas sobre sus cabezas acreditaban el haber sido atendidas por los expertos en cosmética y peinado que las clases altas se disputaban. No muy lejos, en Roma, emanaba de los cueros cabelludos un aroma a pelo chamuscado. En el intento de asimilarse a los germanos, los más presuntuosos untaban con esmero en sus raíces polvos de oro, azafrán y lejías hasta quemarlas. 

Desde hace más de dos mil años, la participación en la sociedad ha tenido el costo de la imagen, y su método de pago ha sido el cuerpo, con pelos incluidos. Por eso los mejores días para el negocio del peluquero son las fechas de celebración: un bautizo, un cumpleaños o una cita romántica después de varios meses. 

*

Los salones de belleza han ofrecido sus servicios tanto a mujeres como a hombres, pues responden a una necesidad primordial de pertenencia. Basta detenerse el tiempo suficiente ante las vidrieras de una barbería para reconocer cómo abre paso al mundo un muchacho con sus sienes recién perfiladas por la navaja. La decisión sobre su corte describe su conformidad con el mundo, y con su estilo el cabello pronuncia una declaración de principios. Su cuerpo es la superficie de una inscripción. Cada tijeretazo le otorga una vitalidad adolescente que dura las dos semanas que tarda el pelo en recuperar su deformidad. Cada tres meses –o cualquiera sea el periodo de crecimiento capilar– el joven sale de esas puertas con la presunción propia de quien ha renovado una licencia. 

*

La vulnerabilidad de su cuerpo envejecido dispuesto a caer sobre un par de manos ajenas me recuerda a “Salón de belleza” de Mario Bellatin. Mi anciana abuela se sienta en el sillón giratorio, envuelta en la capa negra que cae como un manto sobre sus hombros. Las manos de su peluquera ajustan con delicadeza la posición de su cabeza, inclinándola apenas con la palma abierta bajo su nuca. Todo el leve peso de su anciano cuerpo sobre las manos de la estilista. En la novela de Bellatin, un peluquero travesti ha convertido su salón en un lugar al que arrojan los cuerpos afectados por una enfermedad incurable. Él los cuida, y embellece su muerte.

Por Agustín Herrera

Fotografía de Ugo Mulas