Cierro el libro que tengo entre mis manos acosado por una sospecha material. Algo no está bien. No es el texto —todavía no—, es el lomo. Hay en él una falsa rigidez, una resistencia impostada, como las sonrisas de las fotos en redes sociales. Abro otra vez el volumen con cuidado y, casi enseguida, escucho ese sonido incómodo y ominoso: el pequeño crujido que anuncia que el libro empieza a olvidarse de sí mismo.
Ya lo sé: es un libro que se desarma.
Pero no es una afirmación técnica, sino moral. Un libro que se abre y pierde páginas no envejece: se desgrana. No acumula marcas de lectura, sino señas inconexas de la mutilación. Cada página que se suelta es una pieza dental que cae sin aviso, una pérdida que el lector intenta disimular con torpeza, devolviendo la página a su lugar, a la correlación numérica de su sentido.
Walter Benjamin escribió que todo documento de cultura es también un documento de barbarie. Tal vez habría que agregar: todo libro mal hecho es también un documento de precariedad. No del autor —que hizo lo que pudo— sino del medio que decidió que ese objeto no merecía durar. El pegamento hot melt es una falsa promesa de la encuadernación: rápido, funcional, barato, convincente al comienzo. Cumple su función durante un tiempo. Luego se quiebra, se olvida de su propósito. Por eso, ha producido su propia especie: los libros-yogurt, tienen fecha de vencimiento.
En cambio, un libro cosido, armado en cuadernillos pacientes, conoce el tiempo largo. No se abre: se despliega. Tolera el abuso moderado, la lectura distraída, de batalla, y todo tipo de subrayados y anotaciones. Puede caer al suelo y seguir siendo el mismo. Hay en su estructura algo de edificio antiguo, de esqueleto confiable, una conciencia de permanencia. Umberto Eco, que desconfiaba de los soportes efímeros, decía que el libro sobreviviría a todas las tecnologías precisamente por su sencillez; habría que agregar: sobrevivirán los que están bien hechos.
El enclenque libro pegado es todo lo contrario, parece un objeto inseguro de su propia importancia. No quiere arriesgar demasiado. Se entrega, pero no se compromete. Cuando una página se desprende —y siempre se despega en el peor momento— el texto queda mutilado, interrumpido. Un volumen endeble que parece pensado para un lector sin memoria. Para alguien que lee rápido, una sola vez, y pasa a otra cosa (como el “lector” trendy que se pavonea de una embustera pasión libresca en redes sociales). Es el equivalente material de la cultura del consumo que Adorno detestaba: lo que no está hecho para durar, sino para circular (¿viralizarse?). Se compra, se lee (a veces), se abandona (sin antes pasar por la respectiva sesión de fotos que testimonie de su posesión). Y si se pierde una página, peor para ella. Nadie la va a reclamar. Proponen un vínculo frágil: se leen con cuidado, con la conciencia de que el objeto puede fallar en cualquier momento. “La literatura es una forma de atención”, escribió Susan Sontag, pero el libro debe permitirla, no sabotearla con lomos fracturados y páginas sueltas.
Roger Chartier ha insistido en que la materialidad del libro condiciona la lectura. No pensamos igual un texto sostenido por un cuerpo frágil que uno contenido en un objeto durable. El primero exige una atención nerviosa; el segundo invita a la confianza. Hay libros que uno no quiere cerrar y otros que apenas se atreve a abrir.
La figura del editor aparece aquí como una presencia ambigua. No es solo avaricia lo que explica la mala encuadernación, aunque a veces se le parezca. Es cálculo, urgencia y hasta supervivencia. El editor sabe que el contenido importa (o eso esperamos), pero también sabe que el hilo y el tiempo cuestan, que el lector pocas veces pregunta cómo está hecho el libro que compra. Apostar por la durabilidad es, en cierto modo, apostar por un lector futuro, invisible, y que quizá nunca llegará.
Italo Calvino decía que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Pero para seguir diciendo algo necesita permanecer entero. Un libro que pierde páginas no dialoga con el tiempo: lo pierde. No se hereda, no se archiva, no se reencuentra. Se convierte en un despojo.
Son un asunto paradójico: muchos libros hablan de memoria, de historia, de resistencia, y sin embargo están hechos con una materialidad desechable. Predican la permanencia desde la fragilidad. Como si la idea bastara y el objeto fuera prescindible.
El libro bien encuadernado, en cambio, no presume. No promete eternidad, pero la insinúa. Acepta todo tipo de intervenciones. Acepta incluso el olvido, porque sabe que ese lector siempre puede volver. Es un objeto que confía en el tiempo, y por eso no le teme.
Quizás, la encuadernación sea una forma de ética silenciosa. No garantiza la calidad del texto, pero declara una intención: este libro merece durar. Lo demás —las páginas sueltas, el lomo quebrado, la lectura interrumpida—son quizá señales de una época que lee rápido, publica más rápido aún, y rara vez se detiene a pensar cuánto tiempo debería resistir eso que pone en circulación. Al final, los libros tampoco tienen la culpa. Alguien decidió por ellos. Alguien calculó costos, tiempos, expectativas. El libro obedece. Se abre, se quiebra, se esparce. Y uno, lector testarudo, recoge las páginas caídas, las vuelve a poner en su lugar, como quien intenta disimular un torpe gesto que llegó a destiempo.
Los libros, como las ideas, no siempre naufragan por falta de contenido. A veces fracasan porque nadie se tomó el trabajo de darles un cuerpo capaz de sostenerlas. Y tal vez no sea exagerado pensar que un libro bien hecho no es solo una decisión técnica, sino una declaración de confianza en el futuro. Como escribió Marguerite Yourcenar, “los libros son reservas para tiempos de escasez”. Y nadie guarda semillas en sacos rotos.
Por Felipe Reyes F.
Fotografía de Sigmar Polke











