Elvira Santa Cruz Ossa (Roxane) (1886-1960) hizo tanto por la literatura infantil, como por el periodismo, los derechos de las mujeres y de la infancia en Chile. Publicó la novela Flor silvestre (1916), obras de teatro como El voto femenino (1919) y la traducción del libro norteamericano Takunga (1949). Sin embargo, se le recuerda por una de sus obras mayores, de la cual no fue autora, sino editora: El peneca (1908-1960). La revista infantil más longeva que haya circulado en Chile y la más leída del continente. Fue creada en Zig-Zag y dirigida por ella entre 1921 y 1951. Treinta años. Generaciones.
«Una vez me regalaron una suscripción», ⎯comentó el escritor Manuel Rojas al diario La Nación, quien no fue niño en Chile pero sí conoció la revista⎯ «y cuando llegaba a mi casa cada número, se entablaba una lucha a brazo partido por ser el primero en leerla». Óscar Castro, en tanto, publicó allí sus primeros poemas, así como en Corre vuela (1908-1927), ambos proyectos nacidos en los talleres de Zig-Zag. Nicomedes Guzmán pasó su infancia a la siga de El Peneca. Fue del pueblo y de la penecada. A los 15 años cumplió su sueño de colaborar bajo el seudónimo de Ovaguz. «¿Quién no la leyó cuando niño?», se preguntaba José Santos González Vera al enterarse del fin de la revista.
Roxane no sólo fue la directora más significativa de El Peneca. Para muchos, fue El Peneca. En 1920 recibió la propuesta para ser su editora, con un tiraje de 6.000 ejemplares y un público mayoritariamente privilegiado. Para la década del 40, el impreso había aumentado a 240.000 ejemplares, trascendido al resto de Latinoamérica y añadido una gran impronta social. La nueva directora se había propuesto una revista de bajo costo. Con grabados, tricomías y papel satinado, sin que por ello incrementara su valor: «Porque siendo esta revista para todos los niños de Chile, tanto para los ricos como para los pobres, debe ser ella barata, a fin de que no quede un cerebro infantil sin ese recreo del espíritu, sin ese consuelo, sin esa luz que va iluminando la senda de sus vidas».
Al revisar los números de la revista, sorprende el lazo que estrechó con su lectoría. Las interacciones eran algo más que meras correspondencias. Estaban dotadas de una horizontalidad intelectual y espiritual, posiblemente, inéditas para su tiempo, de abandono y vagabundaje infantil, cuando el niño no terminaba de configurarse como el sujeto de derechos que representa hoy. En ese marco, El Peneca fue un país hechizo, con su propio lenguaje y sus propias reglas del juego: «Fijemos la vista en un ideal tan alto y tan noble que no nos deje tiempo para observar lo que pasa en el mundo de los corazones mezquinos y rastreros… ¡Viva El Peneca y vivan sus colaboradores!», firmaba Roxane, como en un clamor.
Sin embargo, aquella vocación no mermaba sus exigencias estéticas. En las últimas páginas, donde solía incluirse la sección A nuestros lectores, sus respuestas iban del elogio manifiesto al rechazo: «La aceptamos como colaboradora y trataremos de publicar su trabajo» o «El dibujo debe ser más limpio de líneas a fin de que reproduzca bien en la revista. Envíeme algo hecho con más esmero». Por cierto, además de entretener, el proyecto buscaba instruir.
La dimensión gráfica fue otro rasgo insoslayable de El Peneca. Se plantea que constituyó una verdadera escuela de escritores y dibujantes. Fidelicio Atria, Themo Lobos, Jorge “Coke” Délano, Elena Poirier y Pepo, dibujaron, en distintas épocas, para la revista. Sin embargo, hubo un momento decisivo. En 1932, Roxane incorporó a Mario Silva Ossa, más conocido como Coré, quien terminaría definiendo la identidad visual del proyecto, ilustrando sus portadas e interviniendo en el diseño. Enrique Lihn reconocía «una especie de lirismo» en sus dibujos. «Se recuerdan como si fueran textos y él un narrador autónomo, un narrador personaje, una primera persona o, si se quiere, un estilo». Coré murió trágicamente en 1950, con apenas 37 años. Lo alcanzó un tren o él buscó el tren, no hay claridad de ese último trazo de vida.
Su pérdida fue un golpe duro para El Peneca y sus penequitas. Pero la revista debía continuar, cada semana. Roxane designó a Elena Poirier como portadista. Sin embargo, su dirección no se extendió por mucho tiempo. Dejó la revista en 1951. Desde entonces no quiso saber más de El Peneca. «Cuando yo me fui alguien dijo que había llegado el momento de renovarlo todo, porque lo que yo hacía “era una revista para niños tarados”. La intelectualizaron, la llenaron de traducciones sin alma y de historietas ajenas a la sensibilidad específica del niño chileno, y ahí tienen el resultado». Le sucedieron una y otra dirección, pero ninguna salvó la revista.
El Peneca salió de circulación definitivamente en octubre de 1960. Roxane murió al cabo de unos días, el 7 de noviembre del mismo año. Los tiempos de la ficción se confundieron con los de esta Tierra. La muerte llegó en tinta china, en cartulina. Quizás, bajo qué criatura de fábula, con alas, y una música demasiado dulce como perderse en el camino.
Por Natacha Oyarzún











