Estoy metido en la bañera: una mano fuera sujeta un cigarro y los dedos de mis pies sobresalen del agua, arrugados y deformes, como esos peces que se esconden en el fondo marino. Estoy solo, metido en la bañera de un hotel de una pequeña ciudad, tarareando la letra de la única canción en inglés que me sé de memoria desde que tengo quince años, mientras de fondo suena en el móvil una lista de reproducción en modo aleatorio. Esto, sin miedo a exagerar, es lo más parecido que he experimentado desde hace meses al concepto religioso de paraíso.
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Me gustan los hoteles. Y también, como la mayoría de seres humanos, los odio. Cuando cruzamos las puertas de este edificio apátrida, situado entre las fronteras de la vigilia y el sueño, experimentamos una terrible pero hermosa sensación de libertad, gracias a la cual podemos durante un rato dejar de ser —o ser más que nunca— nosotros mismos, salir de esa cárcel en la que nos encontramos a diario cuando tenemos que mantener las apariencias y parecer alguien de provecho. Tumbarnos sobre la cama en albornoz y con las piernas abiertas y llenar cada rincón de las sábanas de trozos mal mascados de panchitos de color radiactivo. «La gente de aquí / se ha convertido / en la gente / que finge ser», dice Sam Shepard mirando a su alrededor, en un breve poema que aparece en su libro Crónicas de motel y que escribió en un viejo hotel de carretera de Los Ángeles la noche del veintisiete de julio de mil novecientos ochenta y uno. Lo mismo podría decir yo esta tarde, mientras seco mi cuerpo frente a la ventana de la habitación y la mezcla de las luces de la farmacia y la tienda de alimentación de la esquina iluminan la cama y algunas paredes de un tono azul pero cálido. Como en una de esas películas de gente cansada y triste de Kaurismäki.
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Una pregunta da vueltas sin parar en mi cabeza, de manera repetitiva y cansina: ¿por qué ya no hay Biblias en los hoteles?
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O mejor aún, ¿qué pondríamos en su lugar?:
¿Un libro de poemas? ¿Una película? ¿Una lista con todas las llamadas que no hemos hecho, pero deberíamos? ¿Una libreta con un solo número de teléfono en el que siempre alguien contesta al otro lado?
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Hay dos reglas que se cumplen de manera constante en un hotel, sea el que sea: nos entran ganas de llamar a alguien y nos sentimos solos. Muy solos. Aquí, todo está quirúrgicamente colocado para que nos sintamos cómodos, pero nos sentimos fuera de sitio. Es el no-lugar por excelencia, junto con los aeropuertos. Marc Augé define este término como «un espacio intercambiable donde el ser humano permanece anónimo, camuflándose con el resto como si fuera parte del decorado». Donde nos convertimos en un animal perdido más. No lo podemos evitar, ocurre lo mismo que en un centro comercial cuando llega la Navidad y se llena de familias cuyos hijos corretean y gritan montados en el carrusel o en los coches de juguete y nosotros vamos a por las cosas para nuestra particular cena de Año Nuevo, aunque estemos condenados al pack individual. Es así, la vida se puede resumir en una lista breve: la de los ingredientes para esa cena, la de las veces que hemos ido a un hotel —siempre en épocas excepcionales de nuestra vida, ya sean vacaciones en familia, viajes en pareja o con un grupo de amigos al que llevábamos años sin ver— o la de los tipos de hoteles que me interesan: El continental, ese hotel que funciona como una sociedad secreta a la que pertenecen sicarios a sueldo VIP en las películas de John Wick y que se rige por sus propios códigos morales, siendo en ocasiones muy duros pero más humanos que muchos de los criminales multimillonarios que suelen ser sus objetivos, los idealizados en el imaginario colectivo y que están repartidos por algunas de las carreteras gringas más famosas a ambos lados de la costa, todos a los que fui contigo cuyo nombre ahora se me olvida, los hoteles cápsula de Japón, esos habitáculos propios de películas del futuro, el Capsule Inn Osaka, por ejemplo, que abrió por primera vez sus puertas en el distrito de Umeda en el año mil novecientos setenta y nueve. Edificios parecidos a un hormiguero gigante, que se caracterizan por tener un gran número de habitaciones, pero de tamaño excepcionalmente reducido, y que, según afirman algunos periódicos japoneses, cuentan entre sus huéspedes «con personas, sobre todo en días de diario, que se encuentran demasiado ebrios como para viajar con seguridad a sus hogares o que sienten demasiada vergüenza como para enfrentarse a sus cónyuges». Espacios que nunca me habían llamado la atención y me generaban, tan solo con ver sus imágenes, un poco de claustrofobia, hasta que un buen amigo chileno, que siente debilidad por ellos, me hizo verlos con otros ojos: apreciar esa belleza triste y poética que tienen por su afán minimalista, que confirma lo que pensaba Ron Padgett cuando escribió que «la soledad no es patriótica» en uno de sus mejores textos. Me gustan los hoteles. Todos estos y los de provincia, sobre todo los escondidos en calles pequeñas y sin salida, con habitaciones apretadas y pintadas de colores apagados. Los hoteles de una o dos estrellas que parecen más bien la casa de un tío lejano, que abundan en cualquier país, sobre todo en la periferia, y que siempre son mejores en el interior que en la costa. «Hoteles de provincia» podría ser el título para un buen libro de poemas. Poemas que al principio intenten ser felices, pero terminen siendo tristes. Como siempre nos pasa. Le robo la idea a Hernán Ronsino, igual que algunas de las imágenes anteriores, y la dejo anotada aquí, la hago mía, mientras escribo esto bajo la luz medio tibia del único tubo fluorescente —de los dos que hay sobre la cama de la habitación— que funciona.
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Otro ejemplo sería la de los escritores y artistas que hicieron de los hoteles su casa: «cómo sabemos si querer estar /en un lugar es querer estar allí realmente / y no para echar otro de menos», escribe Antonio Luis Ginés en un poema que hoy me hace pensar, especialmente, en Scott y Zelda Fitzgerald, en el Hôtel Belles Rives, ubicado en Juan-les-Pins, donde el matrimonio encontró «un nuevo ritmo para sus vidas», según Scott anota varias veces en sus diarios. En 1924, después de publicar A este lado del paraíso, la familia Fitzgerald, junto con la pequeña Scottie, deja su hogar en Long Island para mudarse al sur de Francia, con la esperanza de encontrar un lugar más barato donde vivir y algo de tranquilidad para escribir. Fue en esos hoteles de la por entonces todavía barata y asequible Riviera Francesa y de la Costa Azul, donde Fitzgerald escribió Suave es la noche y terminó El Gran Gatsby, donde conoció a Gerald y Sara Murphy, la icónica pareja que el autor usaría para su última novela. Fitzgerald publicó un artículo para The Saturday Evening Post titulado Cómo vivir con prácticamente nada al año, donde relataba sus aventuras mientras viajaban por el único lugar en el que fueron felices: alquilando villas enteras para los dos, alojándose en hoteles junto al mar, tomando el sol, bañándose desnudos junto a las rocas, lanzándose juntos de cabeza al agua, sin importarles el futuro.
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Me estoy desviando y no me gustaría romantizar los hoteles. No demasiado. Para bien y para mal, todo se ralentiza dentro de ellos, como si el tiempo no transcurriese fuera. «La gran ventaja de los hoteles es que son un refugio perfecto ante la vida doméstica», escribió Bernard Shaw en una frase que resalta lo terrorífico y a la vez irremediablemente atractivo de la condición de estos edificios, el mismo lugar donde nos dejamos caer, sobre la cama, como yo ahora mismo, con el cuerpo abierto, moviendo las extremidades como los bichos que terminan aplastados contra el parabrisas o los niños que dibujan ángeles en la nieve. Un escondite donde podemos ser nadie, inventarnos otra identidad por unas horas: banqueros, futbolistas, ministros, azafatos, electricistas, abogados, empresarios, policías, ladrones o escritores de éxito, que vienen a ser lo mismo. Un refugio donde vivir, solos o acompañados, al margen de la dictadura de los calendarios. Recuerdo esa mágica palabra, «telo», acuñada en Argentina para hacer referencia a los hoteles de pareja o albergues transitorios, que viene del lunfardo, en el cual se invierten las sílabas y que se usa para describir una especie concreta de habitáculos. Hotelitos de toda una gama de categorías y precios, en los que se paga por turnos que pueden abarcar desde fracciones de horas a noches completas. Cuartos que no requieren registro y garantizan una total discreción y que suelen contar con servicios adecuados: espejos, luces atenuadas, bebida y otros artilugios. Donde se podían realizar, en total secreto, encuentros furtivos entre los amantes o las parejas más jóvenes, que vivían con sus padres, lograban experimentar por primera vez el amor fuera de las leyes del espacio y el tiempo: «conocer a alguien es saber por qué debes abandonarlo», dice Ben Marcus en una frase de su novela Norteamericanas ilustres que, estoy seguro, pensó cuando entraba o salía de un hotel, después de un par de noches con los ojos dando vueltas por el techo como un murciélago.
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Dejo de escribir y salgo un rato al pasillo. Bajo hasta la recepción y me siento en uno de los sillones de gasa y terciopelo burdeos. Las luces de los comercios se filtran ahora por los grandes ventanales de cristal. Pienso en una frase de Hacer el amor, el libro de Jean-Philippe Toussaint que estoy terminando de leer: «no nos dijimos nada en aquel taxi, y en la penumbra, la radio emitía sin cesar canciones japonesas enigmáticas y alegres», dice el protagonista en una escena en la que vuelve con Marie al hotel en el que están alojados, sabiendo que se acostarán, pero también que será la última vez, si es que esa vez existe, que Tokio será el testigo y la tumba de su amor: un ataúd brillante de neón para enterrar lo que queda de sus sentimientos: «Y disfrutando de mi perspectiva excepcional sobre la ciudad, deseé con todas mis fuerzas que llegara ese terremoto tan temido, que sobreviniera al instante, en aquel preciso segundo, que lo hiciera desaparecer todo allí mismo, ante mis ojos, y que redujera Tokio a cenizas, ruinas y desolación, que acabara con la ciudad y con mi cansancio, con el tiempo y los amores muertos», dice en otra escena poco después, en la que ya se han acostado y él la observa dormir con un ojo en la cama mientras con el otro contempla los enormes edificios de la capital nipona, que se levantan en la madrugada igual que monstruos. Me reclino, echo mi cabeza hacia atrás, cierro los ojos y me dejo llevar. Saboreo estos fragmentos, acunado por el ruido de los coches que fuera parten la noche por la mitad, sonidos que se repiten durante horas al mismo ritmo y con la misma frecuencia: «amanecía en Tokio y yo le metía a Marie un dedo en el culo», como los que produce un cuerpo cuando ama a otro.
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Me gusta imaginarme los pasillos vacíos de los hoteles como la parte triste y decadente de una fiesta. Esa que llega, de manera irremediable, cuando se acerca el final. Pongo la mente en blanco y me quedo un rato ahí cuando no pasa nadie. Las luces de emergencia parecen una iluminación a medida, sacada de una película de David Lynch, de Carretera perdida, de Mulholland Drive o de uno de los capítulos más tenebrosos de Twin Peaks. Miento: lo imagino, dejando que los tópicos surtan el efecto de una pastilla de MDMA en mi cerebro, como una mezcla entre eso y una tienda japonesa en la que solo venden ramen y cintas con vídeos porno. Cierro los ojos. Imagino un ritmo bajito y continuado, música techno e instrumental, insistente, como la que ponen en los ascensores de los hoteles de lujo para convertir en cómodo lo que a todas luces no lo es: un gringo loco con un mono o un pájaro enorme en el hombro, una pareja que no se habla y se disculpa a la vez cuando sus brazos se rozan por inercia, un niño que no para de pedir cosas que no puede tener: un helado tan tarde, un deportivo de lujo, un pony, el mundo. Un ruido de fondo que rompa ese silencio parecido al de los cementerios que reina a media noche aunque el edificio esté en el centro de la ciudad, al que se instala por un rato largo, entre un tema y otro de un disco, en los viajes en coche de esas parejas en horas bajas, que pone letra a los sentimientos que ambos conocen, pero ninguno de los dos se atreve a insinuar.
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«Todo en la vida es una forma de olvidar», escribe Ron Padgett en otro poema al que vuelvo en noches como esta, cuando no puedo dormir, para que suene parecido a esas melodías antiguas y repetitivas que nos sabemos de memoria: el ladrido de los perros como una larga conversación a la hora de la siesta, el llanto de una madre camuflado con alguno de los programas de televisión, el sonido de las campanas de una iglesia cuando tocan a festivo nacional o a muerto. Música nocturna recordada en la mañana, canciones electrónicas para una banda sonora que ilumine un poco nuestra vida, que dé ritmo a tanta oscuridad: sobre todo a la que llevamos muy adentro. Música como la que da vueltas en mi cabeza, mientras vuelvo a la habitación y me siento en la cama. Mientras miro, fijamente, la bañera en la que estuve tumbado hace un rato. Los restos de jabón acumulados en la superficie parecen pequeñas islas medio hundidas, ciudades bombardeadas por los aliados durante una de las grandes guerras vistas desde el aire, animales a los que les falta un trozo: un ojo, una mano, una oreja, una pierna. «Es tiempo de entrenarte / para volver a dormir solo / y es estúpidamente complicado», escribió Richard Brautigan, tres versos en los que pienso de manera obsesiva cuando me toca dormir en un hotel, acurrucado como un gato en una esquina. Marco el único número de teléfono que, desde hace mucho, se repite en mi mente quiera o no quiera. Cuando llegué, lo dejé anotado en el listín de direcciones que había sobre la mesita de noche. Usar solo en caso de emergencia, dice un cartelito que el hotel ha colocado justo encima para señalar un pequeño martillo rojo con el que se pueden romper las ventanas de los pisos bajos en caso de incendio, igual que el que hay en los trenes de larga distancia, y que coincide con la posición exacta de la libreta. Siempre marcamos el mismo número, una y otra vez, aunque no nos demos cuenta y perdemos el miedo que nos invade tras los primeros pitidos al comprobar que esa voz suave todavía sigue ahí, después de tantos años, al otro lado.
Por Juan Domingo Aguilar
Fotografía de Greg Girard
*«Música nocturna recordada en la mañana» es el título de un poema de Luis Chaves











