{"id":741,"date":"2019-02-14T19:51:27","date_gmt":"2019-02-14T22:51:27","guid":{"rendered":"http:\/\/revistaoropel.cl\/?p=741"},"modified":"2019-09-02T17:57:59","modified_gmt":"2019-09-02T20:57:59","slug":"pulgas-de-mar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2019\/02\/14\/pulgas-de-mar\/","title":{"rendered":"Pulgas de Mar"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Hoy llegu\u00e9 temprano a la oficina, es invierno, y las ventanas son cristales congelados, ojeras de un fr\u00edo despreciable. Al frente de mi m\u00f3dulo no hay nadie. Enciendo mi computador, subo el volumen del tel\u00e9fono. Es martes, aunque perfectamente puede ser mi\u00e9rcoles o jueves. De fondo escucho a &#8212;&#8212;&#8212;, la canci\u00f3n &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;, por mera casualidad miro a mi derecha en la ventana una hoja, producto de la humedad est\u00e1 adherida, el gris de la niebla y el marr\u00f3n de la hoja me trae un recuerdo antiguo, casi abandonado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Es 1996 o 1997, mi familia pasa por una de las crisis econ\u00f3micas m\u00e1s duras de su existencia, mis viejos se ven obligados a pedir fiado en el almac\u00e9n de la Sra. Gloria, mi viejo est\u00e1 destinando su sueldo o m\u00e1s a pagar pr\u00e9stamos, comida, mi vieja, lo mismo. Estamos al tres y al cuatro, viviendo el d\u00eda a d\u00eda. Mi hermano debe tener siete a\u00f1os, yo diez. Los d\u00edas pasan entre pan con mantequilla, uno que otro huevo y arroz con salchichas, una peque\u00f1a ensalada de tomate, la madre, eterna y abnegada, nos prepara papas fritas, un par de papas, que para nosotros son enormes y suculentos banquetes. Decir que pasamos hambre ser\u00eda una mentira, la vieja siempre supo (y sabe hasta hoy) como parar la olla. Mi viejo, omnipresente, se hunde en su trabajo, llega a ver las noticias, se duerme temprano o fuma en la oscuridad, escucha la m\u00fasica de su padre, hace los juegos del diario. Ha dejado de leer, sus libros est\u00e1n ah\u00ed al silencio impert\u00e9rrito del abandono, tiempo m\u00e1s adelante ser\u00e1n m\u00edos. Nos inventa juegos, nos habla de cosas pasadas, luce tal como es, un futuro viejo sabio, deprimente, realista, y autoritariamente gracioso.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ac\u00e1 en la oficina sigo mirando la hoja, el caf\u00e9 clich\u00e9 del oficinista mediocre es la antesala a la acidez que maldecir\u00e9 por el resto de la ma\u00f1ana, respondo correos, cosas sencillas. La hoja ya no est\u00e1 en la ventana. Siento que debo volver al recuerdo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cierto viernes llega el hermano mayor de mi pap\u00e1, est\u00e1 acongojado, nos mandan a la pieza, es conversaci\u00f3n de adultos. Nuestras opiniones, con justa raz\u00f3n, deben ser silenciadas, suprimidas, no pueden participar de los errores adultos, los ni\u00f1os tendr\u00e1n sus propios errores que cometer. Mis padres nos dicen que se quedar\u00e1 con nosotros un tiempo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A\u00f1os despu\u00e9s el misterio se revelar\u00eda, nuestro t\u00edo hab\u00eda encontrado a su mujer acostada con su primo, mientras sus hijos jugaban en el living, dicho suceso lo precipit\u00f3 fuera de su casa, fuera de su familia, alojado a los cuatro palos parados que era nuestra casa, al menos un hogar donde esos sucesos eran desconocidos por completo. Durante meses estuvo con nosotros, due\u00f1o de una serie de teor\u00edas propias, fuimos su distracci\u00f3n, dos ni\u00f1itos normales y traviesos. El t\u00edo nos dijo una vez que el cuerpo humano no pod\u00eda estar 48 hrs. bajo el agua, vale decir, con el agua hasta el cuello, las c\u00e9lulas pod\u00edan transformarse en agua y la muerte entraba por cada poro de la piel. Mirar al fuego por m\u00e1s de dos minutos te garantizaba ojos sanos, y que tomar de un golpe un litro de agua en la ma\u00f1ana, en la tarde y en la noche, te garantizaba una vida sexual plena. Escuch\u00e1bamos ese tipo de cosas sin saber muy bien que significaban, lo mezclaba con sonidos de robot y chistes absurdos, todo \u00e9l era un absurdo, un enorme coraz\u00f3n sin un poco maldad, y es ese el enorme complejo, no tener un poco de maldad, aunque sea un poquito, algo a la cual se pueda recurrir, el t\u00edo era una esponja que no pod\u00eda explotar, una ense\u00f1anza de temple y de estupidez.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Entre las deudas asfixiantes, una casa min\u00fascula, cero posibilidad de rehacer la vida, con un hermano mayor separado, el aire de la casa era un nube t\u00f3xica a s\u00f3lo un paso de cristalizarse y transformarse en un cubo de hielo y cemento de m\u00e1s de 5 metros cuadrados, que nos imposibilitaba tanto el respirar, el comer, el vivir. Las paredes, delgadas, una habitaci\u00f3n compartida con un t\u00edo, comidas en una mesa para dos donde com\u00edan cinco. Mi madre, acostumbrada a la precariedad, mucho m\u00e1s que mi padre, miraba todo con normalidad, hija mayor de ocho hermanos sab\u00eda lo que era postergarse y anularse, y ve\u00eda esas situaciones como martillazos l\u00f3gicos en lo que se denomina el actuar familiar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En el patio de la casa, no hay plantas, un par de ligustrinas que brillan al sol del invierno contrastan con el negro de un Chevrolet Opala, un auto antiguo, feo, tosco, una hermosa pieza de chatarra con luces, el auto de mi t\u00edo era, para nosotros, casi un juguete gigante. Algunos d\u00edas nos paseaba, recuerdo paseos a Providencia, desde San Ram\u00f3n era todo un viaje. No sal\u00edamos del auto, y a veces mi t\u00edo nos inventaba que eran cientos y cientos de kil\u00f3metros. Cuando en realidad era cruzar un par de comunas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Les insistimos tanto a mi padre como a mi t\u00edo, que nos llevaran a la playa. Accedieron, mi madre prepar\u00f3 huevos duros, pan con queso, algo de pollo y jugos en polvo. Como deprimente, cansada. Fuimos un s\u00e1bado temprano en la ma\u00f1ana, era septiembre, el t\u00edo ya llevaba dos meses con nosotros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Son las tres de la tarde, ac\u00e1 en la oficina alguien habla del terremoto del 2010, de pronto todos comienzan a contar sus an\u00e9cdotas, d\u00f3nde estaban, qu\u00e9 hac\u00edan, c\u00f3mo se salvaron. Palabras ya dichas y repetidas hasta el cansancio. Mi acidez desapareci\u00f3 luego del trago de agua y una cucharada de bicarbonato de sodio. Vuelvo a escuchar la entrevista que le hacen a Jorge Teillier en un programa antiguo, donde incluso se repite que es el candidato al Premio Nacional de Literatura, premio que no ganar\u00e1 nunca. La mirada y la risa del Poeta es un regalo, frases simples, nada forzadas. Morir\u00e1 alcoh\u00f3lico en la Ligua. \u2014Que respiramos y dejamos de respirar\u2014 en el poema Despedida me suena a la verdad absoluta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El viaje a la playa, exactamente no s\u00e9 el lugar, fue una suerte de cataplasma curativo, ese viaje abri\u00f3 en m\u00ed, un abismo tan grande, tan hermosamente doloroso que recordarlo es un proceso de limpieza, un acto de redenci\u00f3n por todas las cosas que poseo y no merezco. Ambos ni\u00f1os atr\u00e1s, los adultos adelante, haciendo comentarios en doble sentido, con met\u00e1foras baratas, conversaciones que subestiman a los ni\u00f1os. Sepan que los ni\u00f1os entienden, en forma y fondo. Mucho m\u00e1s profundo que el pensamiento recto, diseminado, y poco esforzado del adulto com\u00fan. Nosotros, los ni\u00f1os, \u00edbamos a conocer el mar, a ver la playa, tocar la arena. Los adultos, mi t\u00edo hundido en la infidelidad de su mujer y mi padre carcomido por las deudas con un revolver en guantera elucubraban la posibilidad de un suicidio en el Opala, y el asesinato (como da\u00f1o colateral) de los ni\u00f1os.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El auto qued\u00f3 en una especie de mirador, abajo, por escaleras desordenadas, lleg\u00e1bamos a un lugar, una peque\u00f1a y min\u00fascula playa. No hab\u00eda sol, hab\u00eda humedad, olor a sal y decenas de animales muertos en la orilla. No nos ba\u00f1amos, solamente nos sacamos las zapatillas. Los adultos no bajaron, se quedaron en el auto, nos hicieron se\u00f1as con sus manos, nos sonrieron, un sonrisa lenta y triste, mi hermano tal vez no lo not\u00f3, yo lo not\u00e9. No era el Oc\u00e9ano Pac\u00edfico lo m\u00e1s grande que estaba all\u00ed, no era el horizonte, era la bruma, la desesperaci\u00f3n en ese Opala, lo m\u00e1s grande, lo m\u00e1s grande y terror\u00edfico. Mi hermano hizo un hoyo en la arena, jug\u00e1bamos a la represa, las olas destru\u00edan todas nuestras construcciones. Alguien en la noche debi\u00f3 beber cerveza u otro trago. Peque\u00f1as pulgas de mar sal\u00edan a respirar, moribundas y m\u00e1s vivas que todos nosotros, las fuimos reuniendo en los vasos sucios y pl\u00e1sticos que el mar nos daba. Las mejillas rojas de mi hermano y sus suaves manos peque\u00f1as, manos que nunca olvido, tibias por el juego fue lo \u00fanico c\u00e1lido que sent\u00ed en ese momento, y lo m\u00e1s cercano a la felicidad, \u00e9l era el oasis de ese terror\u00edfico desierto. Yo lo mir\u00e9 a los ojos, y el miedo completo de morir se apoder\u00f3 de todo mi cuerpo. Jam\u00e1s hab\u00eda sentido tanto espanto como en ese momento, a lo alto el auto era el testaferro del infierno, dentro mi padre y mi t\u00edo esgrim\u00edan el desastre.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Una familia lleg\u00f3, no dej\u00f3 a los ni\u00f1os jugar, hac\u00eda mucho fr\u00edo. Fuimos a unas rocas, me ca\u00ed y me hice una cicatriz en el ment\u00f3n, nadie lo not\u00f3. Volvimos al auto.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Subimos, fuimos a buscar comida, comimos, volvimos a la playa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Trat\u00e9 de ver en los ojos de mi padre que ocurrir\u00eda, no lo supe o tal vez supe todo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Un enorme barco cruzaba el mar, mis manos jugaban a tocarlo. Un estruendo enorme son\u00f3. Era la bocina del Opala, volver\u00edamos a casa. Mi hermano llev\u00f3 en el vaso un par de pulgas. Mi padre dijo que morir\u00edan pronto. Mi hermano las bot\u00f3 por la ventana. Nunca supe muy bien, y nunca quise preguntar qu\u00e9 fue lo que ocurri\u00f3 o por qu\u00e9 no ocurri\u00f3 lo que tem\u00ed. No doy gracias a nada, nada nos salv\u00f3, nada. El atisbo de la mirada de mi t\u00edo por el retrovisor, las bromas de mi padre, el retorno a Santiago.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por momentos creo que se suicidaron, y de paso nos mataron a nosotros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hasta hoy s\u00f3lo tengo certeza de la muerte suspirando sobre las pulgas de mar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Por<\/strong>\u00a0<strong>Carlos Matteoda<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Foto de portada por Danixa Torres<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hoy llegu\u00e9 temprano a la oficina, es invierno, y las ventanas son cristales congelados, ojeras de un fr\u00edo despreciable. Al frente de mi m\u00f3dulo no hay nadie. Enciendo mi computador, subo el volumen del tel\u00e9fono. 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