{"id":6806,"date":"2026-08-13T10:15:48","date_gmt":"2026-08-13T13:15:48","guid":{"rendered":"https:\/\/revistaoropel.cl\/?p=6806"},"modified":"2026-08-13T13:56:15","modified_gmt":"2026-08-13T16:56:15","slug":"macedonio-sumergido-por-rodrigo-fernandez","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2026\/08\/13\/macedonio-sumergido-por-rodrigo-fernandez\/","title":{"rendered":"Macedonio sumergido \u2013 Por Rodrigo Fern\u00e1ndez"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No amaina desde el amanecer. Cuando parece que las nubes se rompen todas al mismo tiempo le da la vuelta al mes\u00f3n de recepci\u00f3n del edificio, sale y aprovecha a estirarse. Empuja el agua con la escoba. Se desplaza lateralmente, una y otra vez, intentando hacer retroceder al enemigo. Ni multiplic\u00e1ndose por diez lo conseguir\u00eda, pues lo que en la tarde eran oleadas ahora es un azote constante. No hay escoba que aguante ni alcantarilla que resista. Mientras retrocede, con las zapatillas en la mano ante el agua que entra, comprende que ser\u00e1 una madrugada odiosa.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Fracasa intentando cerrar las amplias puertas de entrada y el vendaval se cuela como un ej\u00e9rcito de televisores sin se\u00f1al. Las voces de los residentes que comienzan a bajar se oyen apenas por debajo del ruido blanco. All\u00ed, en conserjer\u00eda, el agua les llega ya a las rodillas. Macedonio no entiende por qu\u00e9 las se\u00f1oras han empezado a bajar y a amontonarse ah\u00ed con \u00e9l. Parecen periodistas exagerando la valent\u00eda para una transmisi\u00f3n en vivo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Mal car\u00e1cter no tiene, pero la situaci\u00f3n lo supera de inmediato. Se le escapa un grito ante el alboroto de la veintena de vecinas a medio remojar. Petici\u00f3n de silencio que es acogida solo porque supone que quien la erige dispone ya de un plan y solo necesita calma para exponerlo. No es el caso: Macedonio no tiene nada. Ni calma, ni plan. Cuando toma el tel\u00e9fono para llamar a la administradora nota que no hay se\u00f1al, pero marca de todos modos. Demasiado r\u00e1pido el agua les llega ya a la cintura. Simula estar a la espera y sonr\u00ede como bobo; necesita al menos unos treinta segundos de silencio para inventarse algo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Siente que las se\u00f1oras le endosan una responsabilidad que \u00e9l como conserje no ha previsto. Se\u00f1oras grandes, se\u00f1oras peque\u00f1as, se\u00f1oras que al moverse suenan como un manojo de llaves y se\u00f1oras que no suenan pero murmuran, rezan y parecieran estar siempre masticando algo invisible. Por ejemplo do\u00f1a Bernabea, que, de pie sobre el mes\u00f3n, les hace saber a todas que si algo le pasa a su alfombra persa la administraci\u00f3n va a conocer a su hijo mayor, que es abogado. O do\u00f1a Altagracia, parada sobre un macetero y con la enagua recogida, alzando su Yorkshire como si fuera la \u00faltima criatura del mundo y su salvaci\u00f3n fuera m\u00e1s urgente que la de ella misma. Macedonio las conoce, entiende que as\u00ed, apuntando, apaciguan su temor. Intenta convencerlas para que suban a la azotea, les dice que lo m\u00e1s probable es que el agua no avance m\u00e1s de dos pisos, y mientras lo dice se da cuenta de que varias de ellas son, justamente, del segundo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">M\u00e1s por correteo del agua subiendo que por gesti\u00f3n de Macedonio, la comunidad \u2014tres hombres, todas las se\u00f1oras\u2014 se distribuye ahora entre el segundo piso y m\u00e1s arriba. El primero ya lo han dado por perdido. Todo el mundo ayuda a las se\u00f1oras del segundo a trasladar los objetos de valor econ\u00f3mico o sentimental. Macedonio es quien m\u00e1s ayuda, se mantiene en movimiento, va de all\u00e1 para ac\u00e1 cargando ba\u00fales, bolsos, alfombras persas, gatos chilenos. Un pu\u00f1ado de se\u00f1oras que bordean los noventa lo elogian a viva voz, sin darse cuenta de que no es buena voluntad sino su manera de esquivar el juicio.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Liberado del traj\u00edn, nota que ya nadie le presta atenci\u00f3n. Quiz\u00e1 porque el \u00e1nimo general comienza a te\u00f1irse de un p\u00e1nico silencioso, ambiental y sin culpables; quiz\u00e1 porque, en general, la culpa de Macedonio suele comenzar dentro de su cabeza antes que en el mundo. Las cosas salvadas han quedado en el tercer piso. El agua ha detenido su avance, subrayando la tregua. Seg\u00fan el hijo de do\u00f1a Bernabea, a quien escuchan por el altavoz del celular de su madre, que s\u00ed tiene se\u00f1al, ni la radio ni la tele est\u00e1n funcionando, pero de boca en boca se acumulan los reportes de personas desaparecidas y el caos reina en las calles. Deber\u00eda haber dicho e<em>n el interior de los hogares<\/em>, porque en las calles sumergidas es imposible que quede nadie, pero no le corrigen, y no deja de ser cierto que el caos comienza a reinar tambi\u00e9n all\u00ed, de a poco, con miradas esquivas, un silencio extra que se suma a la torpeza natural de toda comunidad as\u00ed reunida, de golpe y de madrugada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">\u2014Si \u00e9l, que es abogado, no sabe qu\u00e9 se hace en estos casos, qu\u00e9 queda para una \u2014dice la do\u00f1a en medio de una perorata que deviene rezo o una suerte de murmullo, que se va apagando despu\u00e9s de mencionar a la Virgen y los \u00faltimos tiempos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Macedonio ya se siente uno m\u00e1s de la comunidad de se\u00f1oras y, guiado por la misma desesperaci\u00f3n callada, sube tambi\u00e9n a la azotea.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No lo confiesan, pero la visi\u00f3n a\u00e9rea de la ciudad inundada les parece una de las escenas m\u00e1s hermosas que han presenciado. Da la sensaci\u00f3n de que el suelo se hubiese elevado y brillara. Los autos estacionados y la se\u00f1al\u00e9tica deform\u00e1ndose por la refracci\u00f3n del agua conmueven incluso a do\u00f1a Bernabea, que se apoya en la baranda y estira el cuello buscando ampliar la panor\u00e1mica. \u00bfQu\u00e9 quiso decir su hijo hablando de personas desaparecidas?, le pregunta Macedonio, desvalido igual que las se\u00f1oras ante la experiencia est\u00e9tica del desastre. Do\u00f1a Bernabea traza un arco en el aire con su dedo \u00edndice, de izquierda a derecha, y ah\u00ed repara en que no se ve a nadie en los edificios cercanos; m\u00e1s importante aun, ha parado de llover.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El silencio que reina en las calles, r\u00edos o como sea que se les deba llamar ahora pareciera subir por las paredes y asentarse en la azotea. Apenas comienza a atardecer, los \u00fanicos dos sujetos masculinos relativamente \u00e1giles que van quedando, quiz\u00e1 por la mera conciencia de serlo, se lanzan a buscar ayuda. Se lanzan literalmente, saltan en calzoncillos desde la azotea, se tiran un piquero, prometen volver con alguien que al menos vista uniforme o tenga alguna informaci\u00f3n esencial. Qu\u00e9 son tres, cuatro pisos de altura, dice uno, y una se\u00f1ora sola aplaude mientras los vecinos atraviesan el agua en perpendicular; nadie la sigue, no es para tanto, en el fondo nadie cree que vayan a volver, en su fuero interno celebran que ahora hay dos bocas menos que alimentar. La comunidad de se\u00f1oras se alinea a la manera de las g\u00e1rgolas en el borde de la azotea y observa c\u00f3mo los hombres se alejan nadando por la avenida que sol\u00edan recorrer a paso lento con la bolsa de las compras.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Se las arreglan para que la vida quepa en la mitad del edificio. A la azotea ya no van porque ha vuelto a llover. El ritmo de subida del agua lo van tanteando desde las ventanas, pero de todos modos cada tres horas mandan a alguien a que constate el panorama desde arriba. En el fondo lo que quieren son noticias de cualquier ser humano ajeno al edificio, pero nadie lo dice. Tratan de no pensar. Poco a poco empiezan a actuar de conformidad con la isla que son. La isla que conforman el cuarto piso y la azotea, lo \u00fanico que permanece a\u00fan sobre el nivel del agua.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Macedonio se funde con las se\u00f1oras. Su aura de conserje, si es que la hab\u00eda, se difumina en la nueva configuraci\u00f3n comunitaria. La primera noche la atra-viesan sin problemas, se repartieron indistintamente en camas, sillones y alfombras. En la despelotada mudanza cada departamento ha perdido su identidad, ganando una nueva que nadie ha conseguido apropiarse. El des\u00e1nimo y la inquietud caen como la lluvia que parece haber vuelto para quedarse, y quiz\u00e1 por eso a primera hora Celso se ofrece para sumergirse en el tercer piso en busca de conservas. Celso tiene cincuenta y cinco a\u00f1os, la piel plomiza y un yoqui del Ej\u00e9rcito, que usa en cualquier clima. Dice que estuvo en la Marina y otras cosas que no le importan a nadie. Amontonadas en el pasillo, las se\u00f1oras lo ven bajar las escaleras en vertical y luego en horizontal. Cinco minutos m\u00e1s tarde emergen dos tarros de duraznos, tres de porotos negros y un yoqui del Ej\u00e9rcito. Quedan flotando ante el solitario llanto de Petronila, su mujer.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Amanece como suele amanecer, de a poco y luego de golpe. Macedonio sube a la posici\u00f3n de g\u00e1rgola a contemplar la Venecia forzada. Intuye que con un d\u00eda m\u00e1s de lluvia todo estar\u00e1 perdido. Prefiere no hacer el c\u00e1lculo. No le gusta imaginarle personalidad a la naturaleza, ver el diluvio como venganza. De qu\u00e9, si no cree en nada. Prefiere el azar, decirse que as\u00ed como empez\u00f3 de pronto va a terminar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Pero no. El color del cielo, o del bloque que les impide verlo, sugiere que esto es otra cosa. El retumbar de las nubes tiene algo de temblor a\u00e9reo. No sabr\u00eda explic\u00e1rselo de otro modo, pero le parece que el techo brumoso que se ha instalado no tiene que ver con el clima. Siendo esa su \u00fanica evidencia, y viendo que los dos j\u00f3venes emisarios no han vuelto, la idea de irse le parece tentadora. La presi\u00f3n de ser ahora el \u00faltimo hombre del edificio no se compara con la intriga que le produce el silencio alrededor. Un silencio que hace rato le llama. Mientras las se\u00f1oras rezan, la imaginaci\u00f3n se le va lejos. Antes que valent\u00eda, es como si de pronto necesitara que la experiencia fuera solo propia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Apenas despierta anuncia su decisi\u00f3n, lo que suspende moment\u00e1neamente la disputa por las \u00faltimas conservas. Pero c\u00f3mo nos va a abandonar, reclama do\u00f1a Bernabea, secundada por el coro de se\u00f1oras. Un reclamo instintivo, asociado m\u00e1s a las responsabilidades de un mundo que va quedando atr\u00e1s que a una amonestaci\u00f3n sentida. Luego, una por una, lo abrazan, se despiden. Macedonio les da igual: como los otros exploradores, es solo una botella lanzada al mar.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">A diferencia de los primeros nadadores, Macedonio prev\u00e9: se calza una mochila en la cual ha metido un par de barras de cereal y una botella de agua que rob\u00f3 de madrugada desde el lugar de acopio. No sabe si se le han quedado mirando o le han aplaudido porque usa la fuerza del salto para adentrarse serpenteando en el agua y luego ya no mira atr\u00e1s. Tensionando el cuerpo, estir\u00e1ndolo como en los dibujos animados, llega lo m\u00e1s hondo que puede, justo hasta el poste de alumbrado, que usa para apoyar ambos pies e impulsarse hacia la superficie. Se acuerda de esos sue\u00f1os en que recorre la ciudad volando. Le gusta la sensaci\u00f3n, as\u00ed que lo repite un par de veces, sorprendido de haber avanzado una cuadra completa as\u00ed, sumergi\u00e9ndose e impuls\u00e1ndose desde los postes de luz.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Avanza r\u00e1pido buscando la tibieza del cuerpo, que demora pero llega. El \u00e1ngulo de nadador y el azote de la lluvia le cierran la vista hacia los edificios, as\u00ed que cada tanto se detiene para mirar y echar algunos gritos, sin otra consecuencia que comprobar su soledad. Se encarama en el balc\u00f3n de un cuarto piso que resulta ser un banco. Lo sabe porque entra, no porque consiga ver las letras bajo el agua turbia. Recorre los pasillos, entra en algunas oficinas, grita al\u00f3 como si estuviera ante una casa sin timbre, se averg\u00fcenza y luego se pregunta si eso tiene sentido. Hay abrigos colgados, tazas de caf\u00e9 a medias, un televisor encendido, atrapado en su propia carraspera. La sensaci\u00f3n de que \u00e9l mismo podr\u00eda desaparecer si no sale de all\u00ed se vuelve m\u00e1s intensa que su curiosidad. Agarra a la pasada un par de botellas de agua y vuelve a la ruta.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Sabe que lo siguen. No necesita mirar hacia arriba. Desde que sali\u00f3 del banco ya no va solo. Primero pens\u00f3 que oscurec\u00eda de golpe y luego entendi\u00f3 que eran las nubes. Aunque no exactamente las nubes: por encima de la cortina ocre y homog\u00e9nea que ha redise\u00f1ado la ciudad en un par de d\u00edas, la silueta lejana de una esfera negra lo acompa\u00f1a, o custodia. Es un seguimiento amable. A distancia. Tiene el porte de un estadio pero, para Macedonio, la sensaci\u00f3n no es de agresividad sino como cuando un perro aparece en el camino y te acompa\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ni eso ni el hecho de que lentamente los edificios de cuatro pisos vayan quedando bajo el nivel del agua alteran su decisi\u00f3n de llegar hasta la plaza, punto c\u00edvico en el que supone encontrar\u00e1 respuestas o seguir\u00e1 expandiendo la pregunta. Bracea m\u00e1s lento y ya no patalea. Est\u00e1 cansado. Quisiera sentarse en una banca. En cualquiera de esas bancas pintadas de blanco que resaltan como corales all\u00e1 abajo. Mientras recorre los pisos accesibles de algunos edificios institucionales, se resiste al descanso. Repleta su mochila con snacks que va encontrando, primero en la azotea de los bomberos, luego en el \u00faltimo piso de la municipalidad.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Corrobora lo que ya sab\u00eda: todos se han ido, quiz\u00e1 hacia d\u00f3nde.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Solo para asegurarse de que no sea una casualidad, un invento de su mente cansada, asoma levemente la cabeza a trav\u00e9s de la escotilla del ba\u00f1o del Tercer Juzgado de Polic\u00eda Local y eleva la vista. El objeto sigue all\u00ed: justo encima, un borde lunar asomado por el margen del edificio como la puesta de un sol negro. Como ya no oye el repiqueteo del agua sobre las cosas decide subir a la azotea a descansar. Antes se quita la ropa, se seca y se calza un uniforme de aseo que encuentra colgado en una sala. Arrastra un sill\u00f3n esponjoso y reclinable a trav\u00e9s de las escaleras con sus \u00faltimas fuerzas, lo despliega en \u00e1ngulo obtuso y en esa posici\u00f3n come y bebe hasta caer dormido.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Abre los ojos de golpe pensando que si, como ahora, cada vez que despierta sabe exactamente qu\u00e9 hacer, lo \u00fanico que debe procurar de aqu\u00ed en adelante es dormir m\u00e1s de una vez al d\u00eda. Lo que sabe es que ahora tiene que dirigirse hacia su hogar. Lo que no sabe es que eso que percibe como el repentino peso de la noche lo es solo porque tarda en alzar la vista. Cuando se dispone a volver al agua, y estira los brazos y hace c\u00edrculos con el cuello, cae en la cuenta: no es que ya no llueva, ni que haya anochecido, es solo que la esfera ha bajado. Ahora es un paraguas demencial, quiet\u00edsimo y equidistante entre Macedonio y el bloque nuboso. Piensa que seguro es \u00e9l que se imagina que la esfera insin\u00faa una presentaci\u00f3n, un saludo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Traga saliva. No ve ninguna puerta, escotilla o cabina; no le ve ventanas, ruedas, tubo de escape o propulsores; no le ve fisura, pliegue, tornillo, logo. Nada que le permita conferirle la categor\u00eda de veh\u00edculo, nave o lo que sea. No emite sonido alguno, ni siquiera al moverse como hace ahora. Boquiabierto, sabe que tiene que descartar toda posibilidad, decirse a s\u00ed mismo que al menos lo intent\u00f3, as\u00ed que aletea, chifla, salta. No hay reacci\u00f3n arriba. Quiz\u00e1 si se queda en blanco le vaya mejor con la telepat\u00eda. Se concentra, cierra los ojos, habla sin hablar, dibuja las frases en su mente: <em>Hola, soy Macedonio, \u00bfcon qui\u00e9n tengo el gusto?<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es in\u00fatil.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ahora ya le sigue siempre a corta distancia, a poco m\u00e1s de diez metros, oscureci\u00e9ndole el entorno y d\u00e1ndole la sensaci\u00f3n de ir nadando por un enorme pasillo. Sabe que no es la intenci\u00f3n de la esfera. Le parece que lo que quiere es hacerle un favor, ahorrarle el golpeteo molesto de la lluvia. Prefiere no ahondar ni reintentar lo de la telepat\u00eda, solo seguir, recorrer las cuatro o cinco cuadras que lo separan de su hogar, un plan limitado y al mismo tiempo lleno de sentido.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">La lluvia no cesa. No la ve pero la escucha. Calcula el nivel del agua ya por el piso seis o siete. Modera la tristeza que le viene de golpe al imaginar que quiz\u00e1 alcanzaron a irse. \u00bfA d\u00f3nde? Se fueron, se los llevaron, lo que sea que haya pasado. Quiz\u00e1 est\u00e1n donde mismo se fueron todos. \u00bfY \u00e9l, cuando? No le gusta la idea de ser el \u00faltimo. Demasiado conveniente. Ansioso, apura el nado.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">De pronto se siente en un mar sin oleaje ni orilla. No le resulta f\u00e1cil encontrar su casa. Le cuesta incluso dar con su calle. Los puntos de referencia de su barrio eran los edificios, ahora borrados. Decide bucear, se sumerge hasta que le zumban los o\u00eddos; a cinco metros de profundidad y volteado hacia el fondo, apenas consigue distinguir las copas de los \u00e1rboles de los techos de los autos. Sube. La esfera, con su sombra, m\u00e1s le resta que le suma. Le lanzar\u00eda una piedra si hubiera un suelo donde recoger una.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No se hab\u00eda rendido, pero de nuevo estaba cansado, buscando ya con algo de desesperaci\u00f3n una superficie donde reposar y reunir fuerzas para una excursi\u00f3n m\u00e1s profunda cuando le pareci\u00f3 o\u00edr que algo ca\u00eda al agua. Solo alcanz\u00f3 a ver un peque\u00f1o orificio que se cerraba en la parte baja de la esfera. Nad\u00f3 hasta situarse bajo ese punto. Otra esfera negra, esta vez del porte de un ojo, flotaba en el agua. La tom\u00f3, la apret\u00f3, la agit\u00f3, la mordi\u00f3, busc\u00f3 abrirla, no pudo, le grit\u00f3 improperios a la esfera mayor, intent\u00f3 lanz\u00e1rsela de vuelta, no lleg\u00f3. A esas alturas ya estaba harto de tanto misterio, de tanto nadar, de la lluvia y de todo; era m\u00e1s acci\u00f3n que pensamiento. Se la ech\u00f3 a la boca y simplemente se la trag\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Un ardor tremendo le baj\u00f3 de la garganta al est\u00f3mago y luego volvi\u00f3 a subir. La cabeza, que por un instante sinti\u00f3 llena, a punto de estallar, le pareci\u00f3 que se le vaciaba. Los o\u00eddos se le cerraban, algo le arrastraba la lengua hacia atr\u00e1s, la visi\u00f3n lateral se le expand\u00eda. Comenz\u00f3 a ahogarse. La idea de morir as\u00ed le pareci\u00f3 rid\u00edcula, pero plausible. Un cuerpo contorsion\u00e1ndose bajo la lluvia infinita en un mar sin orillas aplanando el mundo. Un \u00faltimo bailoteo desesperado le sumerg\u00eda la cabeza a intervalos y de pronto supo que deb\u00eda descender. Ya habr\u00eda tiempo para formalidades.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En \u00e1ngulo recto, y a una velocidad que le sorprendi\u00f3 a la parte suya que, desapareciendo y todo, a\u00fan opinaba, lleg\u00f3 a su hogar, ah\u00ed, en el fondo. Entr\u00f3 raudo por un ventanal roto y se qued\u00f3 unos segundos flotando ante el umbral de su pieza. No era Macedonio propiamente tal quien contemplaba la escena. Algunos objetos le parec\u00edan suyos y otros le eran completamente extra\u00f1os. Recorri\u00f3 las habitaciones, record\u00f3 o concluy\u00f3 que viv\u00eda solo. Pas\u00f3 el dedo por encima de algunas fotos, forzando el recuerdo. Pod\u00eda abrir la boca, pod\u00eda ver incluso mejor que en la superficie. Oscilaba entre el asombro de su nuevo organismo y las \u00faltimas se\u00f1ales de un Macedonio que se disolv\u00eda en la reescritura del nuevo. Aunque ya no recordaba su nombre, se alegr\u00f3 de no encontrar el cad\u00e1ver de su perro. Seguro que estar\u00eda con el resto, pensaron ambas partes de Macedonio al mismo tiempo, por \u00fanica y \u00faltima vez.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-group is-nowrap is-layout-flex wp-container-core-group-is-layout-8f761849 wp-block-group-is-layout-flex\">\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Por <strong>Rodrigo Fern\u00e1ndez<\/strong><\/p>\n<\/div>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Fotograf\u00eda de Lua Ribeira<\/p>\n\n\n\n<div class=\"wp-block-group is-nowrap is-layout-flex wp-container-core-group-is-layout-8f761849 wp-block-group-is-layout-flex\">\n<figure class=\"wp-block-image size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"473\" height=\"659\" src=\"https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/Captura-de-pantalla-2026-08-11-a-las-2.11.37-p.-m.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-6807\" style=\"width:290px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/Captura-de-pantalla-2026-08-11-a-las-2.11.37-p.-m.png 473w, https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/Captura-de-pantalla-2026-08-11-a-las-2.11.37-p.-m-215x300.png 215w\" sizes=\"auto, (max-width: 473px) 100vw, 473px\" \/><\/figure>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Atarantado<br>Rodrigo Fern\u00e1ndez<br>Laurel<br>2025<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No amaina desde el amanecer. 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