{"id":6493,"date":"2026-03-30T16:03:54","date_gmt":"2026-03-30T19:03:54","guid":{"rendered":"https:\/\/revistaoropel.cl\/?p=6493"},"modified":"2026-03-30T16:05:36","modified_gmt":"2026-03-30T19:05:36","slug":"hoteles-de-provincia-por-juan-domingo-aguilar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2026\/03\/30\/hoteles-de-provincia-por-juan-domingo-aguilar\/","title":{"rendered":"Hoteles de provincia \u2013 Por Juan Domingo Aguilar"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Estoy metido en la ba\u00f1era: una mano fuera sujeta un cigarro y los dedos de mis pies sobresalen del agua, arrugados y deformes, como esos peces que se esconden en el fondo marino. Estoy solo, metido en la ba\u00f1era de un hotel de una peque\u00f1a ciudad, tarareando la letra de la \u00fanica canci\u00f3n en ingl\u00e9s que me s\u00e9 de memoria desde que tengo quince a\u00f1os, mientras de fondo suena en el m\u00f3vil una lista de reproducci\u00f3n en modo aleatorio. Esto, sin miedo a exagerar, es lo m\u00e1s parecido que he experimentado desde hace meses al concepto religioso de para\u00edso.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Me gustan los hoteles. Y tambi\u00e9n, como la mayor\u00eda de seres humanos, los odio. Cuando cruzamos las puertas de este edificio ap\u00e1trida, situado entre las fronteras de la vigilia y el sue\u00f1o, experimentamos una terrible pero hermosa sensaci\u00f3n de libertad, gracias a la cual podemos durante un rato dejar de ser \u2014o ser m\u00e1s que nunca\u2014 nosotros mismos, salir de esa c\u00e1rcel en la que nos encontramos a diario cuando tenemos que mantener las apariencias y parecer alguien de provecho. Tumbarnos sobre la cama en albornoz y con las piernas abiertas y llenar cada rinc\u00f3n de las s\u00e1banas de trozos mal mascados de panchitos de color radiactivo. \u00abLa gente de aqu\u00ed \/ se ha convertido \/ en la gente \/ que finge ser\u00bb, dice Sam Shepard mirando a su alrededor, en un breve poema que aparece en su libro <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cr\u00f3nicas de motel<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> y que escribi\u00f3 en un viejo hotel de carretera de Los \u00c1ngeles la noche del veintisiete de julio de mil novecientos ochenta y uno. Lo mismo podr\u00eda decir yo esta tarde, mientras seco mi cuerpo frente a la ventana de la habitaci\u00f3n y la mezcla de las luces de la farmacia y la tienda de alimentaci\u00f3n de la esquina iluminan la cama y algunas paredes de un tono azul pero c\u00e1lido. Como en una de esas pel\u00edculas de gente cansada y triste de Kaurism\u00e4ki.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Una pregunta da vueltas sin parar en mi cabeza, de manera repetitiva y cansina: \u00bfpor qu\u00e9 ya no hay Biblias en los hoteles?\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">O mejor a\u00fan, \u00bfqu\u00e9 pondr\u00edamos en su lugar?:\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">\u00bfUn libro de poemas? \u00bfUna pel\u00edcula? \u00bfUna lista con todas las llamadas que no hemos hecho, pero deber\u00edamos? \u00bfUna libreta con un solo n\u00famero de tel\u00e9fono en el que siempre alguien contesta al otro lado?\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Hay dos reglas que se cumplen de manera constante en un hotel, sea el que sea: nos entran ganas de llamar a alguien y nos sentimos solos. Muy solos. Aqu\u00ed, todo est\u00e1 quir\u00fargicamente colocado para que nos sintamos c\u00f3modos, pero nos sentimos fuera de sitio. Es el no-lugar por excelencia, junto con los aeropuertos. Marc Aug\u00e9 define este t\u00e9rmino como \u00abun espacio intercambiable donde el ser humano permanece an\u00f3nimo, camufl\u00e1ndose con el resto como si fuera parte del decorado\u00bb. Donde nos convertimos en un animal perdido m\u00e1s. No lo podemos evitar, ocurre lo mismo que en un centro comercial cuando llega la Navidad y se llena de familias cuyos hijos corretean y gritan montados en el carrusel o en los coches de juguete y nosotros vamos a por las cosas para nuestra particular cena de A\u00f1o Nuevo, aunque estemos condenados al pack individual. Es as\u00ed, la vida se puede resumir en una lista breve: la de los ingredientes para esa cena, la de las veces que hemos ido a un hotel \u2014siempre en \u00e9pocas excepcionales de nuestra vida, ya sean vacaciones en familia, viajes en pareja o con un grupo de amigos al que llev\u00e1bamos a\u00f1os sin ver\u2014 o la de los tipos de hoteles que me interesan: El continental, ese hotel que funciona como una sociedad secreta a la que pertenecen sicarios a sueldo VIP en las pel\u00edculas de John Wick y que se rige por sus propios c\u00f3digos morales, siendo en ocasiones muy duros pero m\u00e1s humanos que muchos de los criminales multimillonarios que suelen ser sus objetivos, los idealizados en el imaginario colectivo y que est\u00e1n repartidos por algunas de las carreteras gringas m\u00e1s famosas a ambos lados de la costa, todos a los que fui contigo cuyo nombre ahora se me olvida, los hoteles c\u00e1psula de Jap\u00f3n, esos habit\u00e1culos propios de pel\u00edculas del futuro, el Capsule Inn Osaka, por ejemplo, que abri\u00f3 por primera vez sus puertas en el distrito de Umeda en el a\u00f1o mil novecientos setenta y nueve. Edificios parecidos a un hormiguero gigante, que se caracterizan por tener un gran n\u00famero de habitaciones, pero de tama\u00f1o excepcionalmente reducido, y que, seg\u00fan afirman algunos peri\u00f3dicos japoneses, cuentan entre sus hu\u00e9spedes \u00abcon personas, sobre todo en d\u00edas de diario, que se encuentran demasiado ebrios como para viajar con seguridad a sus hogares o que sienten demasiada verg\u00fcenza como para enfrentarse a sus c\u00f3nyuges\u00bb. Espacios que nunca me hab\u00edan llamado la atenci\u00f3n y me generaban, tan solo con ver sus im\u00e1genes, un poco de claustrofobia, hasta que un buen amigo chileno, que siente debilidad por ellos, me hizo verlos con otros ojos: apreciar esa belleza triste y po\u00e9tica que tienen por su af\u00e1n minimalista, que confirma lo que pensaba Ron Padgett cuando escribi\u00f3 que \u00abla soledad no es patri\u00f3tica\u00bb en uno de sus mejores textos. Me gustan los hoteles. Todos estos y los de provincia, sobre todo los escondidos en calles peque\u00f1as y sin salida, con habitaciones apretadas y pintadas de colores apagados. Los hoteles de una o dos estrellas que parecen m\u00e1s bien la casa de un t\u00edo lejano, que abundan en cualquier pa\u00eds, sobre todo en la periferia, y que siempre son mejores en el interior que en la costa. \u00abHoteles de provincia\u00bb podr\u00eda ser el t\u00edtulo para un buen libro de poemas. Poemas que al principio intenten ser felices, pero terminen siendo tristes. Como siempre nos pasa. Le robo la idea a Hern\u00e1n Ronsino, igual que algunas de las im\u00e1genes anteriores, y la dejo anotada aqu\u00ed, la hago m\u00eda, mientras escribo esto bajo la luz medio tibia del \u00fanico tubo\u00a0fluorescente \u2014de los dos que hay sobre la cama de la habitaci\u00f3n\u2014 que funciona.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Otro ejemplo ser\u00eda la de los escritores y artistas que hicieron de los hoteles su casa: \u00abc\u00f3mo sabemos si querer estar \/en un lugar es querer estar all\u00ed realmente \/ y no para echar otro de menos\u00bb, escribe Antonio Luis Gin\u00e9s en un poema que hoy me hace pensar, especialmente, en Scott y Zelda Fitzgerald, en el H\u00f4tel Belles Rives, ubicado en Juan-les-Pins, donde el matrimonio encontr\u00f3 \u00abun nuevo ritmo para sus vidas\u00bb, seg\u00fan Scott anota varias veces en sus diarios. En 1924, despu\u00e9s de publicar <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">A este lado del para\u00edso<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, la familia Fitzgerald, junto con la peque\u00f1a Scottie, deja su hogar en Long Island para mudarse al sur de Francia, con la esperanza de encontrar un lugar m\u00e1s barato donde vivir y algo de tranquilidad para escribir. Fue en esos hoteles de la por entonces todav\u00eda barata y asequible Riviera Francesa y de la Costa Azul, donde Fitzgerald escribi\u00f3 <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Suave es la noche<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> y termin\u00f3 <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">El Gran Gatsby<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, donde conoci\u00f3 a Gerald y Sara Murphy, la ic\u00f3nica pareja que el autor usar\u00eda para su \u00faltima novela. Fitzgerald public\u00f3 un art\u00edculo para The Saturday Evening Post titulado <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">C\u00f3mo vivir con pr\u00e1cticamente nada al a\u00f1o<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, donde relataba sus aventuras mientras viajaban por el \u00fanico lugar en el que fueron felices: alquilando villas enteras para los dos, aloj\u00e1ndose en hoteles junto al mar, tomando el sol, ba\u00f1\u00e1ndose desnudos junto a las rocas, lanz\u00e1ndose juntos de cabeza al agua, sin importarles el futuro.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Me estoy desviando y no me gustar\u00eda romantizar los hoteles. No demasiado. Para bien y para mal, todo se ralentiza dentro de ellos, como si el tiempo no transcurriese fuera. \u00abLa gran ventaja de los hoteles es que son un refugio perfecto ante la vida dom\u00e9stica\u00bb, escribi\u00f3 Bernard Shaw en una frase que resalta lo terror\u00edfico y a la vez irremediablemente atractivo de la condici\u00f3n de estos edificios, el mismo lugar donde nos dejamos caer, sobre la cama, como yo ahora mismo, con el cuerpo abierto, moviendo las extremidades como los bichos que terminan<\/span> <span style=\"font-weight: 400;\">aplastados contra el parabrisas o los ni\u00f1os que dibujan \u00e1ngeles en la nieve. Un escondite donde podemos ser nadie, inventarnos otra identidad por unas horas: banqueros, futbolistas, ministros, azafatos, electricistas, abogados, empresarios, polic\u00edas, ladrones o escritores de \u00e9xito, que vienen a ser lo mismo. Un refugio donde vivir, solos o acompa\u00f1ados, al margen de la dictadura de los calendarios. Recuerdo esa m\u00e1gica palabra, \u00abtelo\u00bb, acu\u00f1ada en Argentina para hacer referencia a los hoteles de pareja o albergues transitorios, que viene del lunfardo, en el cual se invierten las s\u00edlabas y que se usa para describir una especie concreta de habit\u00e1culos. Hotelitos de toda una gama de categor\u00edas y precios, en los que se paga por turnos que pueden abarcar desde fracciones de horas a noches completas. Cuartos que no requieren registro y garantizan una total discreci\u00f3n y que suelen contar con servicios adecuados: espejos, luces atenuadas, bebida y otros artilugios. Donde se pod\u00edan realizar, en total secreto, encuentros furtivos entre los amantes o las parejas m\u00e1s j\u00f3venes, que viv\u00edan con sus padres, lograban experimentar por primera vez el amor fuera de las leyes del espacio y el tiempo: \u00abconocer a alguien es saber por qu\u00e9 debes abandonarlo\u00bb, dice Ben Marcus en una frase de su novela <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Norteamericanas ilustres<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> que, estoy seguro, pens\u00f3 cuando entraba o sal\u00eda de un hotel, despu\u00e9s de un par de noches con los ojos dando vueltas por el techo como un murci\u00e9lago.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Dejo de escribir y salgo un rato al pasillo. Bajo hasta la recepci\u00f3n y me siento en uno de los sillones de gasa y terciopelo burdeos. Las luces de los comercios se filtran ahora por los grandes ventanales de cristal. Pienso en una frase de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Hacer el amor<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, el libro de Jean-Philippe Toussaint que estoy terminando de leer: \u00abno nos dijimos nada en aquel taxi, y en la penumbra, la radio emit\u00eda sin cesar canciones japonesas enigm\u00e1ticas y alegres\u00bb, dice el protagonista en una escena en la que vuelve con Marie al hotel en el que est\u00e1n alojados, sabiendo que se acostar\u00e1n, pero tambi\u00e9n que ser\u00e1 la \u00faltima vez, si es que esa vez existe, que Tokio ser\u00e1 el testigo y la tumba de su amor: un ata\u00fad brillante de ne\u00f3n para enterrar lo que queda de sus sentimientos: \u00abY disfrutando de mi perspectiva excepcional sobre la ciudad, dese\u00e9 con todas mis fuerzas que llegara ese terremoto tan temido, que sobreviniera al instante, en aquel preciso segundo, que lo hiciera desaparecer todo all\u00ed mismo, ante mis ojos, y que redujera Tokio a cenizas, ruinas y desolaci\u00f3n, que acabara con la ciudad y con mi cansancio, con el tiempo y los amores muertos\u00bb, dice en otra escena poco despu\u00e9s, en la que ya se han acostado y \u00e9l la observa dormir con un ojo en la cama mientras con el otro contempla los enormes edificios de la capital nipona, que se levantan en la madrugada igual que monstruos. Me reclino, echo mi cabeza hacia atr\u00e1s, cierro los ojos y me dejo llevar. Saboreo estos fragmentos, acunado por el ruido de los coches que fuera parten la noche por la mitad, sonidos que se repiten durante horas al mismo ritmo y con la misma frecuencia: \u00abamanec\u00eda en Tokio y yo le met\u00eda a Marie un dedo en el culo\u00bb, como los que produce un cuerpo cuando ama a otro.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Me gusta imaginarme los pasillos vac\u00edos de los hoteles como la parte triste y decadente de una fiesta. Esa que llega, de manera irremediable, cuando se acerca el final. Pongo la mente en blanco y me quedo un rato ah\u00ed cuando no pasa nadie. Las luces de emergencia parecen una iluminaci\u00f3n a medida, sacada de una pel\u00edcula de David Lynch, de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Carretera perdida<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Mulholland Drive<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> o de uno de los cap\u00edtulos m\u00e1s tenebrosos de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Twin Peaks<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Miento: lo imagino, dejando que los t\u00f3picos surtan el efecto de una pastilla de MDMA en mi cerebro, como una mezcla entre eso y una tienda japonesa en la que solo venden ramen y cintas con v\u00eddeos porno. Cierro los ojos. Imagino un ritmo bajito y continuado, m\u00fasica techno e instrumental, insistente, como la que ponen en los ascensores de los hoteles de lujo para convertir en c\u00f3modo lo que a todas luces no lo es: un gringo loco con un mono o un p\u00e1jaro enorme en el hombro, una pareja que no se habla y se disculpa a la vez cuando sus brazos se rozan por inercia, un ni\u00f1o que no para de pedir cosas que no puede tener: un helado tan tarde, un deportivo de lujo, un pony, el mundo.<\/span> <span style=\"font-weight: 400;\">Un ruido de fondo que rompa ese silencio parecido al de los cementerios que reina a media noche aunque el edificio est\u00e9 en el centro de la ciudad, al que se instala por un rato largo, entre un tema y otro de un disco, en los viajes en coche de esas parejas en horas bajas, que pone letra a los sentimientos que ambos conocen, pero ninguno de los dos se atreve a insinuar.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><span style=\"font-weight: 400;\">***<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">\u00abTodo en la vida es una forma de olvidar\u00bb, escribe Ron Padgett en otro poema al que vuelvo en noches como esta, cuando no puedo dormir, para que suene parecido a esas melod\u00edas antiguas y repetitivas que nos sabemos de memoria: el ladrido de los perros como una larga conversaci\u00f3n a la hora de la siesta, el llanto de una madre camuflado con alguno de los programas de televisi\u00f3n, el sonido de las campanas de una iglesia cuando tocan a festivo nacional o a muerto. M\u00fasica nocturna recordada en la ma\u00f1ana, canciones electr\u00f3nicas para una banda sonora que ilumine un poco nuestra vida, que d\u00e9 ritmo a tanta oscuridad: sobre todo a la<\/span> <span style=\"font-weight: 400;\">que llevamos muy adentro. M\u00fasica como la que da vueltas en mi cabeza, mientras vuelvo a la habitaci\u00f3n y me siento en la cama. Mientras miro, fijamente, la ba\u00f1era en la que estuve tumbado hace un rato. Los restos de jab\u00f3n acumulados en la superficie parecen peque\u00f1as islas medio hundidas, ciudades bombardeadas por los aliados durante una de las grandes guerras vistas desde el aire, animales a los que les falta un trozo: un ojo, una mano, una oreja, una pierna. \u00abEs tiempo de entrenarte \/ para volver a dormir solo \/ y es est\u00fapidamente complicado\u00bb, escribi\u00f3 Richard Brautigan, tres versos en los que pienso de manera obsesiva cuando me toca dormir en un hotel, acurrucado como un gato en una esquina. Marco el \u00fanico n\u00famero de tel\u00e9fono que, desde hace mucho, se repite en mi mente quiera o no quiera. Cuando llegu\u00e9, lo dej\u00e9 anotado en el list\u00edn de direcciones que hab\u00eda sobre la mesita de noche. <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Usar solo en caso de emergencia<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, dice un cartelito que el hotel ha colocado justo encima para se\u00f1alar un peque\u00f1o martillo rojo con el que se pueden romper las ventanas de los pisos bajos en caso de incendio, igual que el que hay en los trenes de larga distancia, y que coincide con la posici\u00f3n exacta de la libreta. Siempre marcamos el mismo n\u00famero, una y otra vez, aunque no nos demos cuenta y perdemos el miedo que nos invade tras los primeros pitidos al comprobar que esa voz suave todav\u00eda sigue ah\u00ed, despu\u00e9s de tantos a\u00f1os, al otro lado.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\nPor\u00a0<strong>Juan Domingo Aguilar<br \/>\n<\/strong>Fotograf\u00eda de Greg Girard<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><b>*\u00abM\u00fasica nocturna recordada en la ma\u00f1ana\u00bb es el t\u00edtulo de un poema de Luis Chaves<\/b><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Estoy metido en la ba\u00f1era: una mano fuera sujeta un cigarro y los dedos de mis pies sobresalen del agua, arrugados y deformes, como esos peces que se esconden en el fondo marino. 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