{"id":6437,"date":"2026-01-22T11:54:56","date_gmt":"2026-01-22T14:54:56","guid":{"rendered":"https:\/\/revistaoropel.cl\/?p=6437"},"modified":"2026-05-28T15:35:41","modified_gmt":"2026-05-28T18:35:41","slug":"bravo-derivas-en-torno-al-aplauso-por-felipe-reyes","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2026\/01\/22\/bravo-derivas-en-torno-al-aplauso-por-felipe-reyes\/","title":{"rendered":"\u00a1Bravo! Derivas en torno al aplauso \u2013 Por Felipe Reyes"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Acosado por los tent\u00e1culos del insomnio, busco el sue\u00f1o en un t\u00edpico programa de televisi\u00f3n en el que un sujeto sentado en algo parecido a un escritorio o a la recepci\u00f3n de un hotel, despliega sus herramientas comunicacionales y emotivas para lograr que los invitados sientan que ese es el lugar indicado para escupir <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">su verdad<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Pero de pronto comienzo a notar que todo intento por dormir se va desvaneciendo por el exceso insoportable de aplausos del p\u00fablico.\u00a0\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">\u00bfPor qu\u00e9 aplauden todo?<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Aplauden el saludo inicial del conductor, el nombre del auspiciador, una frase ingeniosa que no alcanza a ser un chiste, un chiste que todav\u00eda no termina, un chiste que claramente no era un chiste. Aplauden incluso cuando alguien dice algo que no se entiende del todo, pero que intuyen que <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">merec\u00eda<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> un aplauso. Como si existiera un mandato t\u00e1cito, una cl\u00e1usula invisible: si hay c\u00e1maras, hay palmas.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Barthes escribi\u00f3 que el gesto es una \u201ccita del cuerpo\u201d, una forma en que el cuerpo habla antes que el lenguaje. El aplauso, entonces, ser\u00eda una cita repetida hasta el cansancio, una muletilla corporal. No decimos <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">me gust\u00f3<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">estoy de acuerdo<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> o <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">no supe qu\u00e9 hacer con este silencio<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">: aplaudimos. Es un idioma primitivo y eficaz, como si las manos entendieran antes que la cabeza. Elias Canetti, obsesionado con las masas, escribi\u00f3 que el individuo, al fundirse con el grupo, pierde el miedo a tocar y ser tocado. El aplauso es eso: una peque\u00f1a masa instant\u00e1nea. Muchas manos convertidas en una sola intenci\u00f3n r\u00edtmica.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El problema surge cuando el aplauso se adelanta. No hay nada m\u00e1s inc\u00f3modo que un aplauso a destiempo. Es el equivalente sonoro a tropezar en una ceremonia solemne. Un mal int\u00e9rprete que entra antes de la nota. El chiste a\u00fan respira, el remate viene en camino, y alguien \u2014un entusiasta, un ansioso, un alma obediente\u2014 rompe el silencio con dos palmas solitarias que obligan al resto a sumarse por pura compasi\u00f3n. El conductor sonr\u00ede, el chiste muere, el aplauso se expande como una mancha de aceite.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Algo parecido ocurre en la m\u00fasica. En los conciertos de m\u00fasica cl\u00e1sica, territorio sagrado del silencio, siempre hay alguien que aplaude entre movimientos. Theodor W. Adorno ve\u00eda en estos gestos una se\u00f1al de la cultura convertida en consumo r\u00e1pido: la incapacidad de esperar, de sostener la tensi\u00f3n. El aplauso interrumpe porque no tolera el vac\u00edo. El silencio, hoy, nos resulta sospechoso. Hay que llenarlo. Aunque sea con ruido de manos.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El pianista Glenn Gould detestaba el aplauso del p\u00fablico. Lo consideraba un automatismo inmoral. Luis Sagasti cuenta que, en un concierto en que interpret\u00f3 <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">El arte de la fuga<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, Gould pidi\u00f3 al auditorio que no aplaudiera y que las luces se fueran apagando lentamente hasta oscurecer la sala. Despu\u00e9s, el pianista escribi\u00f3 un texto titulado \u201cPlan Gould para la abolici\u00f3n del aplauso y demostraciones de todo tipo\u201d.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Pero \u00bfpor qu\u00e9 aplaudimos, incluso cuando no hay nadie a quien aplaudir?<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Como las personas que aplauden en el cine, por ejemplo. El aplauso cinematogr\u00e1fico es una de las formas m\u00e1s desconcertantes de comunicaci\u00f3n humana. Aplaudirle a una pantalla es un gesto que bordea lo metaf\u00edsico. Uno aplaude sabiendo que el director y los actores est\u00e1 probablemente en sus casas o donde sea, que nadie escucha, pero alguien aplaude. El aplauso se contagia como una tos nerviosa. En segundos, la sala entera aplaude con entusiasmo una pel\u00edcula que, si somos sinceros, no provocaba euforia. Aplaudimos por respeto, por cansancio, por miedo a parecer insensibles. Aplaudimos porque levantarse e irse en silencio ser\u00eda demasiado honesto.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Susan Sontag escribi\u00f3 que el cine es una forma de educaci\u00f3n sentimental. Quiz\u00e1s el aplauso sea un examen mal rendido: la respuesta autom\u00e1tica ante una emoci\u00f3n que no alcanzamos a procesar. En vez de pensar, aplaudimos. En vez de sentir, cerramos el gesto.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">En el teatro la cosa es peor, porque el aplauso <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">s\u00ed<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> tiene destinatario, pero no siempre acierta el momento. Aplaudir antes del apag\u00f3n final es casi un delito moral. Es decirle al actor: <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">ya entendimos, puedes dejar de sufrir<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. El dramaturgo Harold Pinter defend\u00eda el silencio como parte esencial del drama; cada aplauso anticipado es una interrupci\u00f3n violenta, un sabotaje al ritmo de la obra. Pero, aun as\u00ed, las manos se adelantan. No soportan la tensi\u00f3n. No saben esperar.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">En algunas culturas, el aplauso no es la reacci\u00f3n principal. En Jap\u00f3n, por ejemplo, el silencio atento puede ser la forma m\u00e1s alta de respeto. En algunos rituales africanos, el reconocimiento se expresa con movimientos del cuerpo o sonidos guturales. En la Antigua Roma, el aplauso estaba jerarquizado: exist\u00edan distintos tipos \u2014<\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">bombus<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">imbrices<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">testae<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014 seg\u00fan la intensidad y el prestigio del destinatario. Aplaudir mal, incluso entonces, era un error p\u00fablico.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">En algunos encuentros sociales, educacionales, laborales y hasta familiares, ocurre lo mismo. El orador concluye \u2014o parece concluir\u2014 alguna emotiva intervenci\u00f3n. Habla del dolor, del esfuerzo o de la memoria. Se produce una pausa. Un segundo m\u00e1s de lo necesario. Y entonces alguien, incapaz de sostener ese silencio denso, aplaude. No porque lo dicho lo amerite, sino porque el cuerpo ya no aguanta la quietud. Las palmas vibran, el temblor sube por los brazos, invade el torso. Aplaudir es una descarga. Un espasmo socialmente aceptado (antes, en los aviones se aplaud\u00eda la destreza del piloto durante el aterrizaje: el alivio de sentirse en tierra firme).\u00a0\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Beckett escribi\u00f3 en <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Final de partida<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">: \u201cNada es m\u00e1s real que nada\u201d. Quiz\u00e1s aplaudimos para no enfrentarnos a eso. Para no quedarnos a solas con la nada que deja una frase inconclusa, un silencio prolongado, una emoci\u00f3n que no sabemos d\u00f3nde poner. Aplaudimos para cerrar, para clausurar, para pasar a otra cosa.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El antrop\u00f3logo Marcel Mauss entend\u00eda los gestos como hechos sociales totales. El aplauso lo confirma: no es solo ruido, es convenci\u00f3n, es presi\u00f3n, es miedo al rid\u00edculo. Aplaudimos para no quedar fuera, para no romper el pacto invisible.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Y aquella noche de insomnio, en ese programa de televisi\u00f3n las manos cumplen su destino. Aplauden lo bueno, lo regular y lo francamente olvidable. Aplauden porque alguien se los pide, porque todos lo hacen, porque no hacerlo ser\u00eda una forma de rebeld\u00eda dif\u00edcil de explicar. Tal vez el aplauso no sea un gesto de entusiasmo, sino de obediencia. O peor: de alivio.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando las luces se apagan y el p\u00fablico se va, las manos descansan. Afuera, en la calle, nadie aplaude al chofer del bus ni al sem\u00e1foro que funciona, como en el poema <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">\u201cEl fin y el principio\u201d<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">,<\/span> <span style=\"font-weight: 400;\">de Wislawa Szymborska, en el que describe c\u00f3mo, despu\u00e9s de la guerra, alguien debe limpiar los escombros, barrer, recomponer lo cotidiano, lo que merece un aplauso.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Quiz\u00e1s, en el fondo, aplaudir sea un punto final hecho con las manos. El problema es que casi nunca sabemos exactamente d\u00f3nde ponerlo. Y entonces aplaudimos de m\u00e1s, a destiempo, al vac\u00edo, a una pantalla, a un silencio que ped\u00eda otra cosa.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Las manos, al final, no tienen la culpa. Les ense\u00f1aron a reaccionar antes de pensar. Y, como buenos ciudadanos, obedecen.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Por <strong>Felipe Reyes F.<\/strong><\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Fotograf\u00eda de Chim (David Seymour)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Acosado por los tent\u00e1culos del insomnio, busco el sue\u00f1o en un t\u00edpico programa de televisi\u00f3n en el que un sujeto sentado en algo parecido a un escritorio o a la recepci\u00f3n de un hotel, despliega sus herramientas comunicacionales y emotivas para lograr que los invitados sientan que ese es el lugar indicado para escupir su [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":77,"featured_media":6619,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[8],"tags":[],"class_list":["post-6437","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-apuntes"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6437","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/77"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=6437"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6437\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":6440,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/6437\/revisions\/6440"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/6619"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=6437"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=6437"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=6437"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}