{"id":5223,"date":"2024-04-26T13:44:23","date_gmt":"2024-04-26T16:44:23","guid":{"rendered":"https:\/\/revistaoropel.cl\/?p=5223"},"modified":"2025-04-22T15:22:22","modified_gmt":"2025-04-22T18:22:22","slug":"ese-mapa-hacia-ninguna-parte-sobre-cristales-de-adrian-agosta-por-manuel-duarte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2024\/04\/26\/ese-mapa-hacia-ninguna-parte-sobre-cristales-de-adrian-agosta-por-manuel-duarte\/","title":{"rendered":"Ese mapa hacia ninguna parte: Sobre Cristales de Adri\u00e1n Agosta \u2013 Por Manuel Duarte"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Supo haber una tarde del a\u00f1o 1813 en la que John Keats le\u00eda a Spencer cuando, de pronto, la cara se le transform\u00f3, y entonces Keats \u2014cuenta Fleur Jaeggy\u2014 \u201cse irgui\u00f3 en su peque\u00f1a estatura y parec\u00eda grande y poderoso mientras repet\u00eda los versos que lo hab\u00edan impresionado\u201d. Si la imagen se siente familiar es porque el retrato proyecta, a espaldas de Keats, tambi\u00e9n otro: el de ese ser enigm\u00e1tico, a la vez singular y universal, que es todo lector, por defecto la clase de persona convencida de que lee para buscar que le pasen cosas, y el tipo de creyente que aspira en la lectura a una felicidad que no puede atrapar del todo porque, de alcanzarla, no le pertenece a \u00e9l sino a su cuerpo que, como al de Keats, s\u00fabitamente se reconoce capaz de seguir sus propias ideas. Y si la privacidad de esa dicha acontece, se le agradece al libro por la epifan\u00eda vivida y la revelaci\u00f3n que a veces, con suerte, desemboca en ese reino obtuso y sobrevalorado llamado inspiraci\u00f3n, porque dentro de esa familia \u2014cuyos lazos de parentesco tienden al infinito\u2014 que es la literatura, cada libro se reconoce hijo de otro al cual se le adjudica haber generado las ganas de escribir; incluso las ganas de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">haber escrito<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">: el libro que se acaba de leer entonces se percibe \u2014se quiere percibir\u2014 como una extensi\u00f3n de uno mismo, y por tanto el autor admirado puede tomar la forma de una m\u00e1scara que a uno le gustar\u00eda probarse a\u00fan sea en la intimidad, como quien juega en soledad a hacer muecas frente al espejo de un ascensor.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando se present\u00f3 <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> (La Carretilla Roja, 2023) de Adri\u00e1n Agosta, dijo Mauro Quesada, el editor, lo que con probabilidad muchos sentimos: que era este un libro que le hubiese gustado escribir a \u00e9l. Un anhelo desde ya imposible. Pero no solo una imposibilidad del orden de no poder escribir como Adri\u00e1n, sino tambi\u00e9n moral, porque acaso una gran obra siempre envuelve al lector en el pudor: cu\u00e1n <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">injusto<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, me digo, cu\u00e1n injusto ser\u00eda que <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">lo hubiese escrito otra persona, porque solo Adri\u00e1n deber\u00eda poder, como en efecto pudo, escribir este libro de percepciones delicadas y delicadas reverberaciones; un libro raro y personal o personalmente raro, que se entrega para ser descifrado como un secreto o una sombra cuya historia se desconoce y en cuyo manto uno se amucha. Quiz\u00e1s porque un mundo donde todo est\u00e1 a la vista suele cobrar poco inter\u00e9s para la poes\u00eda es que el valor de un libro puede jugarse ah\u00ed, en su capacidad por oscurecer, por calibrar una iluminaci\u00f3n que no enceguezca por completo al lector pero s\u00ed lo suficiente para que experimente no el susto sino el asombro, la sorpresa. Bajo esa penumbra, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">es un libro que cuida a sus lectores no sin exigirles una lectura atenta, una escucha respetuosa, y respeto menos ante la \u201cautoridad\u201d del poema (porque leer es siempre desacatar) y m\u00e1s en solidaridad con su supervivencia: si hablamos muy fuerte, los poemas salen corriendo asustados.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">De all\u00ed que <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> transmita esa sensaci\u00f3n de cautela, de sigilo, de poemas que caminan por nuestras cabezas en puntas de pie. Como ropa heredada, los poemas de Adri\u00e1n visten de negro como Adri\u00e1n, pero antes que estilo heredaron un don: el saber conservar la privacidad sin dejar de ser amables, encantadores. Porque alguien que escribe, en el fondo o en la superficie, es un animal retra\u00eddo, asocial; prefiere que los libros hablen en su nombre visto que persigue dos deseos en apariencia incompatibles: acercarse a los dem\u00e1s (incluso si \u201clos dem\u00e1s\u201d solo viven dentro suyo) y desaparecer; producir un encuentro pero tambi\u00e9n esconderse (a\u00fan al nivel m\u00e1s dif\u00edcil del escondimiento, que es esconderse de uno mismo). Jean Cocteau dec\u00eda que si un artista \u201dhace escuela, en vez de permanecer solo, enigm\u00e1tico e inviolable de alg\u00fan modo, es que su obra conten\u00eda un elemento que puede alejarse de ella\u201d. Y lo \u00fanico que se aleja en <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> son los versos en el momento en que se subrayan. Esa\u00a0 curiosidad por buscar en las obras or\u00edgenes e influencias Adri\u00e1n parecer\u00eda ahorr\u00e1rsela al lector: las referencias al anim\u00e9 y los videojuegos, el trabajo con la an\u00e9cdota referenciando a lo barrial y las amistades, el gesto de\u00a0 utilizar el \u201chaha\u201d en reemplazo del \u201cjaja\u201d y\u00a0 la \u201c&amp;\u201d por la \u201cy\u201d, son elementos que hacen que <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">vaya, por voluntad propia, a inscribirse en eso que alzando la vista y mirando lo que a uno lo rodea podr\u00eda entenderse por \u201ccontempor\u00e1neo\u201d. Incluso <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">generacional<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, con toda la imprecisi\u00f3n que siempre conlleva hablar de generaci\u00f3n (la imprecisi\u00f3n, s\u00ed, pero tambi\u00e9n el golpe de efecto: Adri\u00e1n es de mi generaci\u00f3n; su libro me habla en tanto lector y en tanto nacido en el \u201893).<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">En su poema \u201cLa gran salina\u201d, Ricardo Zelaray\u00e1n se mofaba, con justa raz\u00f3n, de la palabra \u201cmisterio\u201d, esa palabra que se usa para \u201cno explicar lo inexplicable\u201d. Y la tentaci\u00f3n de usarla no es peque\u00f1a considerando que en los poemas de Adri\u00e1n prima no tanto la sensaci\u00f3n de no<\/span> <span style=\"font-weight: 400;\">entender (prejuicio corriente sobre la poes\u00eda) como de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">no poder tocar<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, de reconocer algo que se manifiesta para ser detectado pero no definido. Quincy Jones aseguraba que el secreto para grabar un buen disco era dejar en el estudio un 20% de espacio para que entre Dios. Se desconoce en <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> el porcentaje adjudicado pero el desfile de im\u00e1genes que se presentan va contorneando, por acumulaci\u00f3n, una deidad a la medida del mundo del libro, y el lector va acopiando sus rastros: las huellas de Toppers en el barro, tucas en el piso, sobrecitos de naranj\u00fa, latas de Fanta y de Kuwait; tambi\u00e9n fantasmas aferrados a ramas, olor a pescado mezclado con nafta; y adem\u00e1s ratones, omb\u00faes, benteveos, el Minecraft y hasta Zunesha, el elefante gigante de One Piece. Como buen ricotero que es, sabe Adri\u00e1n que <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Dios no est\u00e1 en los detalles de hoy<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> pero s\u00ed en los detalles del poema y, sobre todo, en el acto de imaginaci\u00f3n que los une para decir siempre una cosa en t\u00e9rminos de otra. \u00bfY no es esa la ense\u00f1anza elemental de la poes\u00eda? Todos los elementos puestos en juego en el libro, sean figuras, lugares, personajes u objetos, est\u00e1n al alcance de la mano del lector, pero no as\u00ed el m\u00e9todo que los semeja. En <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> es n\u00edtida la familia pero cr\u00edptica \u2014bellamente obtusa\u2014 su convivencia.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Si en rigor ning\u00fan mapa es copia fiel del territorio que se adjudica representar, los mapas que cartograf\u00eda la poes\u00eda tornan esa fidelidad a\u00fan m\u00e1s problem\u00e1tica: hechos de montajes, adivinanzas, ecos y adoraciones, acostumbran sus contornos a desplegarse a base de simetr\u00edas extra\u00f1as y proporciones caprichosas, de tal forma que los mapas en la poes\u00eda hablan menos de lugares y m\u00e1s sobre qu\u00e9 hacen \u2014pueden hacer\u2014 los poemas con ellos. Para Adri\u00e1n, como para Wallace Stevens, la vida parecer\u00eda ser un problema menos de personas que de lugares, de all\u00ed que en <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> los lugares se tratan <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">como<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> personas: el recorrido de la l\u00ednea 51 Ca\u00f1uelas; los cipreses en Adrogu\u00e9; la vuelta en remis en Lomas; la lluvia en calle Cairo y las plegarias en calle Retiro; y tambi\u00e9n Llavallol, su <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">pinturer\u00eda regalada<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">; Loma Verde, su Citroen sin ruedas; el vendedor de burbujeros en la peatonal Laprida y la reserva natural Sta. Catalina, donde se <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">cranean tonter\u00edas<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">. Siendo testigo de ver qu\u00e9 le pasa a un nombre propio cuando entra a un poema, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">va garabateando un mapa personal, y as\u00ed cada poema sugiere guardar la semilla de una experiencia o, cuanto menos, la evocaci\u00f3n de una vivencia que motiv\u00f3 la escritura (y que la escritura conserva a modo de tesoro, de confidencia). Algo de esta insistencia por lo que se manifiesta o aparenta manifestarse como biogr\u00e1fico ejercita al lector en un juego de distancias que lo pone a adivinar, en efecto, qu\u00e9 tanto espacio hay entre la vida del autor y su libro, lo que equivale a indagar en su imaginaci\u00f3n. Si acaso a la poes\u00eda de Adri\u00e1n le cabe el calificativo de \u201chonesta\u201d es porque demuestra saber mantenerse fiel a su imaginaci\u00f3n, en la certeza de que de ella depende la vida del poema.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Una poes\u00eda honesta, s\u00ed, y por extensi\u00f3n: una poes\u00eda personal. Ahora que es com\u00fan escuchar que \u201clo personal es pol\u00edtico\u201d no est\u00e1 de m\u00e1s recordar que esto es as\u00ed siempre y cuando lo personal, de alguna forma, pueda volverse impersonal. El recorte barrial que traza <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">tal vez vaya por ese lado: el propio barrio se vuelve, sino impropio, al menos extra\u00f1o. Pero la del libro de Adri\u00e1n es una extra\u00f1eza lograda en su m\u00fasica, am\u00e9n de un pulso sostenido en un juego: la b\u00fasqueda l\u00fadica de aliteraciones, es decir, de repeticiones de sonidos en palabras contiguas. Es curioso c\u00f3mo en la persistencia de este procedimiento se le tiende una trampa al lector respecto al tono del libro. Porque uno podr\u00eda creer que versos como \u201cla forma pura de la infancia vaci\u00e1ndose en el aire\u201d o \u201cla esperanza, ese mapa hacia ninguna parte\u201d o \u201c\u00bfCu\u00e1les habr\u00e1n sido las razones que nos apuraron a crecer?\u201d, hablan de que estos poemas son, por as\u00ed decir, poemas nost\u00e1lgicos y que, en tanto tales, caminan en c\u00edrculos guiados por la triste conciencia de todo lo que no se tiene pero que alguna vez se tuvo. Es cierto que el cruce constante que propone el libro entre una realidad exterior y una realidad mental invitan a leer la primera en t\u00e9rminos de la segunda y a hacerlo, s\u00ed, en clave de un duelo con el tiempo. No menos cierto es que, si bien pueden hablar <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">sobre<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> la nostalgia, los poemas de Adri\u00e1n <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">no piensan nost\u00e1lgicamente<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">: el ritmo los impulsa hacia adelante, y cada poema configura una especie de breve pero poderoso ejercicio de futuro. El acto de aliterar, igual que el de rimar, se vale de la memoria de lo ya dicho en el poema para proyectar las palabras y asociaciones siguientes. Todo<\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\"> Cristales <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">se regodea en ese juego como si los propios poemas pidieran por esas repeticiones, a punto tal que la adjetivaci\u00f3n en el libro queda sujeta menos a pulir una imagen que a copiar o imitar un sonido. Si leer es ver y o\u00edr al mismo tiempo, Adri\u00e1n toma partido inclin\u00e1ndose ante todo por lo segundo. Lejos de los rodeos por defecto circulares que suele dar la nostalgia, este amor por la consistencia de las palabras que <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> profesa destila una felicidad ac\u00fastica, picaresca y vertical que avanza y sabe que, al apoyarse en la aliteraci\u00f3n, debe repetir sonidos, volver a un pasado en el que no se quiere quedar: por eso los poemas de Adri\u00e1n quieren suceder, no ya haber sucedido. La extra\u00f1eza (lecci\u00f3n de pluralidad) del libro est\u00e1 ah\u00ed, en la fuerza de ese contraste gracias al cual el tema que el libro trata se contradice con la forma en que se expresa, como dos tonos, dos formas de ver el tiempo que se tachan entre s\u00ed.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Y si parte de dilucidar c\u00f3mo piensa un poema es tambi\u00e9n preguntarse a qu\u00e9 velocidad lo hace, y la puntuaci\u00f3n del texto marca lo que se suele llamar su respiraci\u00f3n, una decisi\u00f3n al respecto une a todos los poemas en <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">que es la de limpiarlos de puntos pero no por ello de may\u00fasculas. Uno se topa con la palabra en may\u00fascula sin ning\u00fan punto que la anteceda, lo cual lo pone a uno ante el dilema de o bien frenarse ante una may\u00fascula, imaginando el punto que \u201cdebiera\u201c existir, o bien leer el verso de corrido en consonancia con la ausencia de puntuaci\u00f3n. Que ambas opciones de lectura sean \u201ccorrectas\u201d hace de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> un libro ambiguo puesto que no le dice al lector c\u00f3mo lo tiene que leer, y deja a su criterio la decisi\u00f3n de la pausa o la continuidad. Hace sentido que Adri\u00e1n haya dicho que su b\u00fasqueda con el ritmo fue la de representar \u201cla falta de aire\u201d, y el ritmo entrecortado y la respiraci\u00f3n err\u00e1tica de los poemas habla de que, en efecto, Adri\u00e1n fue consecuente con aquel verso suyo: \u201cme mov\u00ed simulando quietud\u201d. Sin embargo, quiz\u00e1s al libro le cabe lo que Juan Andr\u00e9s Garc\u00eda Rom\u00e1n coment\u00f3 respecto de la poes\u00eda de Ra\u00fal Zurita, donde \u201cno se sabe si deseamos que el pu\u00f1ado de elementos (&#8230;) prosigan con sus variaciones o si m\u00e1s bien queremos todo lo contrario, que todo se detenga y encuentre una salida\u201d. Acaso el inconveniente de optar por un ritmo que no termina de definirse sea el de sembrar en el lector, a\u00fan sea involuntariamente, un deseo de resoluci\u00f3n cuyo riesgo, en el peor caso, sea desembocar en el hast\u00edo, precisamente porque esa resoluci\u00f3n no le va a ser retribuida. (Como fuere: insistir con un procedimiento es dar menos con una soluci\u00f3n que con un buen problema).<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">En tiempos de arte reducido a <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">contenido<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> y lectores a supuestos consumidores cansados, dispersos, sin tiempo ni atenci\u00f3n, cualquier desaf\u00edo o inconveniente que suponga la toma de riesgos de un libro no deber\u00eda oscurecer el propio valor de haberlos tomado y de haberlo hecho en nuestro nombre. Ya advert\u00eda Blanchot que \u201cel autor que escribe precisamente para un p\u00fablico, a decir verdad, no escribe: quien escribe es ese p\u00fablico y, por esta raz\u00f3n, ese p\u00fablico no puede ser ya lector\u201d. Escrituras como la de Adri\u00e1n creen en el lector porque, al confiar en su capacidad de inferencia, no someten las expectativas de \u00e9ste a negociaci\u00f3n o pacto alguno, sin que ello haga de las zonas oscuras de sus poemas un terreno herm\u00e9tico donde el autor solo hable consigo mismo. Muy por el contrario, si \u201cel mundo es un espect\u00e1culo agresivo\u201d, como dice uno de sus poemas, <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Cristales<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> ostenta la terca delicadeza que portan ciertos libros por salirse del mundo, pensar otro y, sobre todo, invitarnos a pasar. Un mundo donde el lector, tal vez, se adivina capaz de alcanzar la dicha, acaso \u201cla sutil intimidad de algo imaginado\u201d.<\/span><\/p>\n<p>Por\u00a0<strong>Manuel Duarte<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Sobre:<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-5227\" src=\"https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/04\/WhatsApp-Image-2024-04-26-at-13.42.49-687x1024.jpeg\" alt=\"\" width=\"350\" height=\"522\" srcset=\"https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/04\/WhatsApp-Image-2024-04-26-at-13.42.49-687x1024.jpeg 687w, https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/04\/WhatsApp-Image-2024-04-26-at-13.42.49-201x300.jpeg 201w, https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/04\/WhatsApp-Image-2024-04-26-at-13.42.49-768x1144.jpeg 768w, https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/04\/WhatsApp-Image-2024-04-26-at-13.42.49-1031x1536.jpeg 1031w, https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2024\/04\/WhatsApp-Image-2024-04-26-at-13.42.49.jpeg 1074w\" sizes=\"auto, (max-width: 350px) 100vw, 350px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Adri\u00e1n Agosta<br \/>\nCristales<br \/>\n<em>La Carretilla roja ediciones<\/em><br \/>\n2023<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Supo haber una tarde del a\u00f1o 1813 en la que John Keats le\u00eda a Spencer cuando, de pronto, la cara se le transform\u00f3, y entonces Keats \u2014cuenta Fleur Jaeggy\u2014 \u201cse irgui\u00f3 en su peque\u00f1a estatura y parec\u00eda grande y poderoso mientras repet\u00eda los versos que lo hab\u00edan impresionado\u201d. 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