{"id":4646,"date":"2023-08-02T12:34:44","date_gmt":"2023-08-02T15:34:44","guid":{"rendered":"https:\/\/revistaoropel.cl\/?p=4646"},"modified":"2023-08-02T12:58:00","modified_gmt":"2023-08-02T15:58:00","slug":"la-tentacion-de-no-volver-por-matias-serra-bradford","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2023\/08\/02\/la-tentacion-de-no-volver-por-matias-serra-bradford\/","title":{"rendered":"La tentaci\u00f3n de no volver \u2013 Por Mat\u00edas Serra Bradford"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El arte de volverse invisible sol\u00eda ser una de las virtudes que se le solicitaban a un escritor y uno de los destinos que le cab\u00edan en suerte, dentro y fuera de la p\u00e1gina. Ya no. Un mundo como el actual, que hace del exhibirse una materia no optativa, y una literatura contempor\u00e1nea que alienta la exacerbaci\u00f3n de un \u201cyo\u201d que termina pareci\u00e9ndose a todos, convierten a la reticencia, a la renuencia a mostrarse, en potestades que, por mera oposici\u00f3n a lo reinante, son relativamente f\u00e1ciles de ejercer. El planeta ten\u00eda otro semblante hace unos a\u00f1os y desparecer ten\u00eda un valor y una resonancia distintos. Hoy desaparecer, as\u00ed sea por un lapso breve, se asemeja a un juego de ni\u00f1os, un truco f\u00e1cil, el modo m\u00e1s accesible de \u2013as\u00ed lo creemos\u2013 volverse autom\u00e1ticamente m\u00e1s interesante. Como si verse con otros no lo permitiera, ni para uno mismo ni para los dem\u00e1s.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El lector, por tanto, se volvi\u00f3 espectador. No hay g\u00e9nero que se haya difundido m\u00e1s que la entrevista, y que haya facilitado m\u00e1s \u2013casi hasta anularla\u2013 la tarea de la cr\u00edtica. Desaparecer o no provoca el mismo efecto: el lector medio de estos d\u00edas es un curioso impertinente. Como si ya no quisiera leer bien, es decir olvidado de la figura del autor. Desea verle la cara. Esa cara de la que el propio escritor quiere huir. Su ansia de fugarse es la de darse un descanso de s\u00ed mismo, abandonar por un tiempo el peso de una vocaci\u00f3n que ni siquiera parece elegida. La diferencia b\u00e1sica entre los escritores parece ser la siguiente: quienes aspiran a evaporarse y quienes pierden la cabeza si se vuelven invisibles ante los dem\u00e1s.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">La tentaci\u00f3n del borramiento por iniciativa propia tal vez provenga de la disparidad entre el reconocimiento que se cree ameritar y el real, sea justa o no la apreciaci\u00f3n del resto. En <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">La caja de Houdini<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, Adam Phillips se\u00f1ala: \u201cSi uno quiere huir de alguien, es que este se ha vuelto muy importante\u201d. Si un escritor desaparece a veces puede facilitarles a los otros la indiferencia \u2013que mejora la concentraci\u00f3n hacia la obra propia\u2013, y a veces \u2013J.D. Salinger, Thomas Pynchon\u2013 produce el efecto contrario, el de la persecuci\u00f3n m\u00e1s fan\u00e1tica.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">En principio el ocultamiento busca, o finge, privilegiar la obra pero termina llamando m\u00e1s la atenci\u00f3n sobre el artista. El m\u00e1ximo desaf\u00edo ser\u00eda el camino inverso: el del escritor que cuanto m\u00e1s disponible y visible est\u00e1, m\u00e1s misterioso se vuelve. La desaparici\u00f3n de un escritor tiene una taxonom\u00eda colorida: se esconde, se suicida, pierde la vida en un testimonio o un enfrentamiento, se interna en un bosque, se desconoce su paradero, abandona las letras, se abandona. En casi todos los casos legendarios se trata de ausencias desprovistas de coqueter\u00eda, de estrategia, de pose. La desaparici\u00f3n tiene modos y modales. El caso del que se recluye es, parad\u00f3jicamente, el m\u00e1s discutido, el m\u00e1s expuesto. Otra vez: Salinger, Pynchon, Blanchot. La silla vac\u00eda del presente-ausente, aquel que sabemos riega plantas de interior detr\u00e1s de persianas bajas.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Desaparecer equivale en esos casos a negarse a la foto actuada, a la sonrisa por encargo, a pedido de un jefe de prensa que aprendi\u00f3 su nombre una hora atr\u00e1s. No es dif\u00edcil dejarse guiar por la creencia de que \u00fanicamente qued\u00e1ndose solo se es el escritor que uno estaba destinado a ser. \u00bfQui\u00e9n no trabaja en secreto? Quien no trabaja en secreto es su enemigo \u00edntimo.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">En literatura, como en otros \u00e1mbitos, el silencio es un recurso siempre a mano, siempre poderoso, siempre renovable. Hay libros que una vez escritos son para el autor una oportunidad de desaparecer del mundo. Todos los casos aut\u00e9nticos demuestran que para retirarse hay que haber escrito un libro que, \u00e9l solo, induzca al autor a borrarse. Basta pensar en el <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Tractatus<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> de Wittgenstein, en <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">El paseo<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> de Robert Walser. Desertores c\u00e9libes: \u00bfs\u00f3lo una sombra sin hijos puede pasar a la invisibilidad?\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El modelo a seguir se plante\u00f3 hace siglos, cuando el propio Shakespeare actu\u00f3 de fantasma en las primeras funciones de Hamlet. El inasible dramaturgo fue un prodigio tal que decenas llegaron a preguntarse si un solo nombre no encubrir\u00eda el de un elenco, un pu\u00f1ado de firmas que se extinguieron al precio de la gloria. La brumosa muerte de otro isabelino, Christopher Marlowe, fue motivo de amenas teor\u00edas. Un caso igual de precoz y no menos inquietante fue el de Rimbaud, que necesit\u00f3 irse al Africa para probar suerte con un enroque de armas. Lo que llama la atenci\u00f3n en el poeta no es que haya abandonado la escritura sino que abandonara la lectura. Por un lado porque no lo hizo del todo \u2013sigui\u00f3 leyendo, pero eran sobre todo libros t\u00e9cnicos, pr\u00e1cticos, did\u00e1cticos, acerca de oficios y materias muy variados\u2013 y porque invita a preguntarse si aquella lectura pura que s\u00ed hab\u00eda practicado con intensidad no fue encarada tambi\u00e9n de un modo utilitario, en funci\u00f3n del escritor que intu\u00eda que ser\u00eda o podr\u00eda ser. \u00bfNo se tratar\u00eda de una facilidad \u00fanica para aprender oficios \u2013incluido el de la poes\u00eda\u2013, para pasar por ellos, fulgurar, y dejarlos atr\u00e1s? \u201cAqu\u00ed no hay nadie, y sin embargo hay alguien\u201d, anunciaba el de mirada ciega, aficionado a \u201ccomerciar con lo desconocido\u201d. \u00bfSe desaparece para no cederle la iniciativa a la muerte? En buena parte de los casos se trat\u00f3 de pr\u00f3fugos involuntarios, accidentales.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El mito de su desaparici\u00f3n es no s\u00f3lo la mejor obra del poeta y boxeador Arthur Cravan, tal vez sea la \u00fanica. Se embarc\u00f3 a los treinta y un a\u00f1os desde M\u00e9xico hacia el puerto de Buenos Aires y se hizo humo, o agua, en el golfo de Tehuantepec. Cravan reedit\u00f3 el caso del poeta rom\u00e1ntico Shelley, a quien en julio de 1822 lo sorprendi\u00f3 una tormenta a bordo de una goleta en el golfo de La Spezia. El viajero de inmejorable prosa Kevin Andrews muri\u00f3 nadando en el Peloponeso. Saint-Exup\u00e9ry anticip\u00f3 su fin en el Mediterr\u00e1neo, cerca de Marsella, derribado durante una misi\u00f3n hacia el final de la segunda guerra. Otro esp\u00edritu esquivo localizado en M\u00e9xico fue B. Traven, cuyo verdadero nombre todav\u00eda se disputa. Una breve carrera de actor lo entren\u00f3 en el libreto de quien adopta y convive con una m\u00e1scara.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El cambio de nombre es una recurrente maniobra de desertor, como lo prueban los ejemplos de los peruanos Mart\u00edn Ad\u00e1n y C\u00e9sar Moro. La locura es una forma infalible y ostensible de desaparecer: as\u00ed lo demuestran el propio Ad\u00e1n, Jorge Cuesta y Samuel Rawet. Curiosamente, Ad\u00e1n, Rawet y Robert Walser compartieron la deferente y envenenada costumbre de internarse solos en un psiqui\u00e1trico. No pocos compatriotas lo acusaron de demente a Yukio Mishima \u2013otro seud\u00f3nimo\u2013 despu\u00e9s de una muerte programada, sin atenuantes, a los cuarenta y cinco a\u00f1os. La muerte prematura prestigia y mitifica (la literatura se especializa en muertes inoportunas). En este sentido los casos de W.G. Sebald y Roberto Bola\u00f1o son tristemente elocuentes. Glorificaci\u00f3n por cese anticipado.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El alcohol y el tabaco no eran suficientes como modo de esfumarse para Fernando Pessoa, cuya compulsi\u00f3n por el uso de seud\u00f3nimos le sugiri\u00f3 patentar una nueva categor\u00eda \u2013el heter\u00f3nimo\u2013, que termin\u00f3 poblando una obra entera con las voces que propagaba su m\u00e9todo. Bajo su sombrero anidaba una comitiva: a\u00f1adirse m\u00e1s y m\u00e1s nombres para perderse con m\u00e1s facilidad. Al modo del mago Houdini, Pessoa se dej\u00f3 atar de manos \u2013por la clase de proyecto en que se embarc\u00f3\u2013 para despu\u00e9s desanudarse, precisamente por medio de aquello que consigui\u00f3 escribir.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Otro que recalar\u00eda en barrancos mexicanos ser\u00eda Ambrose Bierce, que termin\u00f3 sus d\u00edas en 1914 durante una guerra civil, o ejecutado por esp\u00eda. Uno de los traductores \u2013especialistas en sigilo\u2013 del <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Diccionario del diablo<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> fue Rodolfo Walsh, que demostr\u00f3 que la desaparici\u00f3n puede ser un \u00faltimo acto de coraje, no de cobard\u00eda. Un d\u00eda de 1955 encontraron el auto del poeta Weldon Kees, con las llaves puestas, al lado del puente de San Francisco. En una nota dec\u00eda que se iba a M\u00e9xico \u2013que a esta altura parece el abracadabra del desvanecimiento\u2013 y nunca m\u00e1s se lo vio.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El autor de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Las ense\u00f1anzas de Don Juan<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, Carlos Castaneda, era el hombre que quer\u00eda volverse invisible y termin\u00f3 por invadir su obra; su juego de ausencias se volvi\u00f3 imprescindible. Borr\u00f3 su biograf\u00eda para provocar una falacia m\u00e1s rentable para la literatura: un mito. Desaparecer, s\u00ed, pero a d\u00f3nde: esa es la pregunta del viajero, el fugitivo profesional. No pocos de los mejores relatos de desaparici\u00f3n son cr\u00f3nicas de viajes, como las de Norman Lewis, Gavin Young y Redmond O\u2019Hanlon. El caso de quien se pone en riesgo de borrarse sin que ese sea su objetivo, o que registra una desaparici\u00f3n en el momento mismo en que sucede.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Buenos ejemplos provee el andariego Duncan Fallowell en los cinco relatos de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">How to Disappear<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, que insin\u00faan entre l\u00edneas que la clave es en qu\u00e9 ocasi\u00f3n se reaparece. Es una instancia que a menudo deciden otros, cuando solventan una operaci\u00f3n de rescate. Hay escritores que se eclipsan por largas d\u00e9cadas: Roland Camberton, Alexander Baron y Derek Raymond se beneficiaron con los buenos oficios de ese revisionista serial que es Iain Sinclair, que ha dedicado un sinf\u00edn de p\u00e1ginas a caritativas obras de resurrecci\u00f3n. Sinclair fue uno de los defensores de David Seabrook y su notable <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">All the Devils are Here<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, que concluye diciendo: \u201cMe habr\u00e9 ido hace tiempo, y los que queden estar\u00e1n mirando expertamente en la direcci\u00f3n incorrecta, como en las viejas pel\u00edculas mudas\u201d. A los cuarenta y nueve a\u00f1os, Seabrook fue hallado muerto en su departamento, despu\u00e9s de publicar un libro sobre un ausente serial, Jack el destripador. Es un hecho, un sinn\u00famero de los m\u00e1s interesantes fueron los que desaparecieron solos, sin esfuerzo, sin plan, como por gracia de la obra \u2013de la clase de obra que concibieron\u2013, incluso despu\u00e9s de gozar de cierto renombre.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Se trata de aquellos que viven en un limbo entre lo visible y lo velado, los que se disipan de a ratos, como las escritoras Angela Carter, Penelope Fitzgerald, Jean Rhys, Anna Kavan y Mary Butts. No dar la cara. Los animales favoritos del cineasta y escritor Chris Marker, que se negaba a ser retratado, son los que saben mirar: gatos y lechuzas. Tal vez por eso son un poco d\u00edscolos, buscan mirar sin ser vistos ni estorbados. Dejarse fotografiar \u2013dejarse publicar\u2013 es la condici\u00f3n indispensable de la fuga futura. (Cuando muri\u00f3 Salinger aparecieron fotos por todas partes.)\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Hans Blumenberg, el fil\u00f3sofo que no se dejaba fotografiar, ahonda en <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Descripci\u00f3n del ser humano<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> en aquello de \u201cestar absolutamente a merced de la visibilidad\u2026 pi\u00e9nsese en los ni\u00f1os que cierran los ojos cuando no quieren ser vistos\u201d. Para el autor de <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">Teor\u00eda del mundo de la vida<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> \u201cesconderse no sirve de nada si uno sigue siendo el mismo, y no s\u00f3lo para s\u00ed mismo\u201d. Sobre las m\u00e1scaras venecianas, Blumenberg apunta algo bastante sugerente: \u201cSe adopta el aire de alguien que tiene algo que esconder porque se est\u00e1 harto del aburrimiento de no tener nada que esconder\u201d. Es posible que Blumenberg haya dado en el centro de la cuesti\u00f3n de la negativa a fotografiarse: \u201cLa visibilidad y la opacidad se superponen en un punto del cuerpo humano: la cara. Constituyen la singularidad de lo que es una cara, de lo que significa tenerla y de lo que significa perderla. Es el lugar tanto de la sinceridad como de la hipocres\u00eda, que ocurren all\u00ed incluso sin la palabra hablada\u2026 La cara tambi\u00e9n es el lugar de la m\u00e1xima involuntariedad, de completa p\u00e9rdida de s\u00ed, de permeabilidad para los movimientos m\u00e1s vehementes que son los que menos puede ocultar: el dolor y la ira, la verg\u00fcenza y la arrogancia, el entusiasmo y el desaliento.\u201d\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">El rostro nunca capturado de Maurice Blanchot \u2013hasta que muri\u00f3, cuando apareci\u00f3 una buena cantidad de im\u00e1genes, como si la muerte fuera la condici\u00f3n indispensable que autorizara el <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">revelado<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">\u2013 era el de un hur\u00f3n que se dedic\u00f3 a escribir \u201ccomo sin nombre\u201d. Lo tentaba la idea de la literatura como disoluci\u00f3n: \u201cLa literatura va hacia s\u00ed misma, hacia su esencia que es la desaparici\u00f3n\u201d.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Es altamente improbable que la lectura pierda su lugar: el modo m\u00e1s sublime y m\u00e1s discreto de esfumarse. La literatura tiene margen para seguir siendo esa traves\u00eda por el Sahara en la que los viajeros son testigos de c\u00f3mo los objetos van apareciendo y desapareciendo por efecto de la luz.<\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Por\u00a0<strong>Mat\u00edas Serra Bradford<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Foto de portada: J.D. Salinger por Antony Di Gesu, San Diego Historical Society.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft  wp-image-4648\" src=\"https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2023\/08\/WhatsApp-Image-2023-07-27-at-4.51.56-PM.jpeg\" alt=\"\" width=\"465\" height=\"688\" srcset=\"https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2023\/08\/WhatsApp-Image-2023-07-27-at-4.51.56-PM.jpeg 616w, https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2023\/08\/WhatsApp-Image-2023-07-27-at-4.51.56-PM-203x300.jpeg 203w\" sizes=\"auto, (max-width: 465px) 100vw, 465px\" \/><\/p>\n<p>La ingratitud del monstruo \u2013 Ensayos y excursiones (2003\u20132023)<\/p>\n<p>Mat\u00edas Serra Bradford<\/p>\n<p>Alquimia Ediciones Argentina<\/p>\n<p>2023<\/p>\n<p>204 pp.<\/p>\n<p>M\u00e1s informaci\u00f3n en <a href=\"http:\/\/alquimia.ar\/?p=227\">http:\/\/alquimia.ar\/?p=227<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El arte de volverse invisible sol\u00eda ser una de las virtudes que se le solicitaban a un escritor y uno de los destinos que le cab\u00edan en suerte, dentro y fuera de la p\u00e1gina. 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