{"id":4272,"date":"2023-03-02T15:02:18","date_gmt":"2023-03-02T18:02:18","guid":{"rendered":"https:\/\/revistaoropel.cl\/?p=4272"},"modified":"2023-03-07T13:08:45","modified_gmt":"2023-03-07T16:08:45","slug":"alberto-romero-precursor-de-la-novela-social-chilena","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2023\/03\/02\/alberto-romero-precursor-de-la-novela-social-chilena\/","title":{"rendered":"Alberto Romero: precursor de la novela social chilena \u2013 Por Felipe Reyes"},"content":{"rendered":"<blockquote>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>M\u00e1s alto que bajo, el rostro p\u00e1lido, meditativo, reflejo, acaso, de <\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>un <\/em><em>mundo interno atormentado por la aventura de su propio <\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>descubrimiento, la mirada vaga, Alberto Romero conduc\u00eda el <\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>amargo fardo espiritual de sus personajes.<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Nicomedes Guzm\u00e1n<\/p>\n<\/blockquote>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Una vez terminada la jornada laboral, robando horas al descanso, un pulcro y perfumado empleado de la Caja de Cr\u00e9dito Hipotecario camina por las calles Morand\u00e9 o Teatinos, baja por Bandera hasta el Mapocho, o se pierde lentamente aguzando el o\u00eddo por las ventanas abiertas de las fachadas continuas del barrio Matadero o Estaci\u00f3n Central. Vuelve al centro, agazapado en los oscuros y malolientes resquicios de los edificios: escucha, observa, libreta en mano, a los vagabundos y borrachos, a las prostitutas, a los \u2018lanzas\u2019 y \u2018pelusas\u2019 de la ciudad para captar \u2013<em>in situ<\/em>\u2013 sus c\u00f3digos y el habla de los que luego ser\u00edan sus personajes literarios. As\u00ed, de las anotaciones de vidas miserables y tragedias cotidianas como materia prima, en 1918 aparece <em>Memorias de un amargado<\/em>, su primera novela, \u201csimple, como un diario, que nos habla de existencias grises, fatales, llenas de pesadumbre\u201d, como la describi\u00f3 Nicomedes Guzm\u00e1n en el diario <em>La Naci\u00f3n<\/em>. El libro ven\u00eda acompa\u00f1ado de un pr\u00f3logo del escritor criollista Mariano Latorre, y una ilustraci\u00f3n de Romero del poeta Carlos Pr\u00e9ndez Sald\u00edas. De esta forma, el autor de tan triste t\u00edtulo grab\u00f3 su nombre de manera definitiva en la escena literaria de la \u00e9poca: Alberto Romero.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En una nota de febrero de 1929 en <em>El Mercurio<\/em>, Gonz\u00e1lez Vera atestigu\u00f3 sobre aquel m\u00e9todo de trabajo: \u201cMientras dura el d\u00eda trabaja. Y por calles asfaltadas, relucientes, ricas hasta el desaf\u00edo, camina hacia su escritorio. Durante la jornada ve y escucha a los funcionarios correctos, impecables, dignos en todo de los bronces y m\u00e1rmoles que magnifican el palacio; pero apenas readquiere su libertad; \u00a1es cierto que ya el sol se ha ido! Haciendo malabarismo con su bast\u00f3n y uniendo un paso a otro, deja atr\u00e1s las calles asfaltadas, las luces, las plazas quietas, y penetra por calles ahitadas de penumbra, de voces graves, de altas canciones y de posibles tragedias\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Romero hab\u00eda nacido en Santiago un 20 de junio de 1896, y su afici\u00f3n por la escritura comenz\u00f3 cuando era alumno de los Sagrados Corazones, en cuya revista escolar public\u00f3 su primer relato: \u201cVacaciones Aristocr\u00e1ticas\u201d, t\u00edtulo que da cuenta de su infancia de <em>regal\u00f3n<\/em>, como anota el cr\u00edtico Manuel Vega en 1930 en el desaparecido <em>Diario Ilustrado<\/em>, pues el ni\u00f1o Romero gozaba de una ni\u00f1ez \u201cdulce, apacible, que se completaba con detalles curiosos: Albertito ten\u00eda cuenta corriente en una confiter\u00eda de Santiago y para ferear [festejar] a sus camaradas de travesuras pod\u00eda girar\u2026 casi sin medida\u201d. Hijo del abogado y Fiscal de la Caja de Cr\u00e9dito Hipotecario, y posteriormente Ministro de Justicia e Instrucci\u00f3n P\u00fablica, Alberto Romero Herrera, secretario de estado del gobierno de Juan Luis Sanfuentes, Albertito era un se\u00f1orito que disfrutaba de las bondades de la clase alta en los inicios del siglo XX que ostentaba sus lujos por el viejo Santiago de la Belle \u00e9poque criolla, por eso Albertito \u201ciba al colegio en coche americano, de negra caja y rayas verdes, el \u00fanico en la ciudad que ten\u00eda ruedas de goma por aquellos d\u00edas\u201d. Esos mismos d\u00edas en los que el pa\u00eds se preparaba para las onerosas celebraciones del centenario patrio en las que el pueblo, los que habitaban los ro\u00f1osos conventillos y los oscuros cit\u00e9s sin alcantarillado ni agua potable, no estaban invitados. Esos mismos ni\u00f1os, mujeres y hombres que despu\u00e9s poblaron las novelas de ese ni\u00f1o mimado que narr\u00f3 a los maltratados. Y como miembro del oficio de la escritura, Romero intent\u00f3 compartir con su gremio algo de su favorable condici\u00f3n heredada; el escritor Fernando Santiv\u00e1n recordaba: \u201cPretend\u00eda yo un puesto en la Biblioteca Nacional. Los puestos en aquel tiempo y quiz\u00e1s tambi\u00e9n hoy, se consegu\u00edan por \u201cempe\u00f1os\u201d. Era necesario acumular cartas y recomendaciones personales para sitiar a los dispensadores de empleos hasta rendirlos, hasta aburrirlos, probablemente.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00bfQui\u00e9n podr\u00eda darme una carta para el Ministerio de Instrucci\u00f3n? No lo conoc\u00eda y mi puesto se alejaba entre las brumas de las cosas inaccesibles. Hasta que, preguntando, preguntando, alguien me respondi\u00f3:<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013\u00bfPero que no conoces a Alberto Romero? Es hijo del ministro Alberto Romero \u00bfTe acuerdas? \u00a1Albertito, hombre!<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y esa misma tarde Albertito, muchacho que se asomaba a la adolescencia con su misma cara de \u00e1ngel regordete, me introdujo al escritorio de su pap\u00e1 en su casa de la calle Santo Domingo, esquina de Teatinos\u2026 y al d\u00eda siguiente ten\u00eda el nombramiento en el bolsillo\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>\u201cEn la selva de la letra impresa\u201d<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">En el invierno de 1916, el elitista ambiente cultural chileno se solaza comentando la ceremonia de inauguraci\u00f3n del grupo de \u2018Los Diez\u2019 en la Biblioteca Nacional, en la que el escritor y arquitecto Pedro Prado lee el manifiesto \u2018Somera iniciaci\u00f3n al Jels\u00e9\u2019, en el que declaran que \u201ccon su amor a la vida total, donde la belleza vive m\u00e1s c\u00f3modamente, Los Diez, a pesar de sus rarezas, aspiran a hacer obras que perduren, tomando la vida con un amor que no huye de melancol\u00edas y dolores, que no reniega de la broma y la seriedad, y que no desprecia ninguno de los ideales y ocupaciones en que los hombres consumen esta existencia pasajera\u201d. En dicha cita la tropa da por inaugurada su actividad, la que adem\u00e1s inclu\u00eda una editorial y una revista hom\u00f3nima. Mientras, el joven Alberto Romero concluye el servicio militar en el regimiento Buin de Santiago, e ingresa como funcionario administrativo en la Caja de Cr\u00e9dito Hipotecario (en la que su padre ejerc\u00eda el cargo de Fiscal), donde hizo carrera y se jubil\u00f3 como subgerente en 1951. Sin embargo, pese a esa prolongaba vida de bur\u00f3crata, su primer libro publicado, <em>Memorias de un amargado<\/em>, ya le hab\u00eda otorgado un espacio como colaborador permanente en la revista Zig\u2013Zag con cr\u00f3nicas y relatos, y un breve puesto diplom\u00e1tico en Buenos Aires, ciudad en la que funda y dirige la publicaci\u00f3n cultural <em>Revista de Chile<\/em>, en la que difundir\u00e1 al otro lado de la cordillera a los creadores nacionales del momento, a la vez que despachar\u00eda desde la capital argentina columnas y cr\u00f3nicas para el diario <em>La Naci\u00f3n<\/em> y <em>El Mercurio<\/em>.\u00a0 \u201cEl ni\u00f1o regal\u00f3n de la calle Santo Domingo, el chiquillo despierto, sensible a lo que suced\u00eda en el mundo de los adultos, en el pa\u00eds de los muebles y las piernas grandes, que dispon\u00eda de un juguete vivo para jugar al fusilamiento, ha encontrado ya su camino en la selva de la letra impresa, un rumbo que algunos no encuentran muy feliz, pero que no ha de carecer de goces cuando tantos queman su propia vida en pos de la inasible quimera\u201d, dir\u00e1 el escritor Luis Merino Reyes.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ya de vuelta en Santiago, Romero volcar\u00e1 sus andanzas porte\u00f1as en el volumen de cr\u00f3nicas <em>Buenos Aires espiritual<\/em> (1921), el que se imprime en la imprenta de la Penitenciar\u00eda. Ah\u00ed est\u00e1 la atenta mirada del caminante que aguza los sentidos por las calles, bares y caf\u00e9s, atento a los aromas, colores y personajes bonaerenses, en la senda de lo desarrollado algunos a\u00f1os despu\u00e9s por Roberto Arlt en sus <em>Aguafuertes Porte\u00f1as<\/em> (1928). Ah\u00ed narrar\u00e1 su encuentro con la joven poeta Alfonsina Storni, en el que el novato escritor heteronormado interroga:<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\u201c\u2013\u00bfTiene usted novio, Alfonsina?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013\u00bfNovio, dice? Creo que s\u00ed, tuve un novio; pero mejor ser\u00eda llamarle amor a esa pasi\u00f3n que nunca lleg\u00f3 a personificar dentro de los ritos humanos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013Y ahora, \u00bfpiensa usted casarse? No es una indiscreci\u00f3n, me parece: a su edad las muchachas buscan y obtienen el matrimonio para darnos a los hombres un poquito de cari\u00f1o\u2026 \u00a1Son ustedes tan abnegadas!<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013\u00a1Eso nunca! \u2013respondi\u00f3 la se\u00f1orita Storni melanc\u00f3licamente\u2013 \u00a1Ser\u00eda demasiado para amante y muy poco para mujer\u201d!<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">***<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Pronto, su afici\u00f3n a observar los bajos fondos santiaguinos y las historias m\u00ednimas que lo componen lo hacen regresar a la novela con <em>La Tragedia de Miguel Orozco<\/em> (1929). Luego publicar\u00eda en Buenos Aires la que para muchos es su obra m\u00e1s importante, <em>La viuda del conventillo<\/em> (1930), una breve novela situada en las inmediaciones de la Estaci\u00f3n Central, en el antiguo Chuchunco, un intento por territorializar el relato, situ\u00e1ndolo en un ecosistema que determina las caracter\u00edsticas y circunstancias de sus personajes, conformando una precursora tentativa de una literatura urbana en oposici\u00f3n al campo como espacio ficcional que dominaba en su \u00e9poca, lo que germin\u00f3 a\u00f1os despu\u00e9s en gran parte de las obras de la \u2018generaci\u00f3n del 38\u2019.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En la novela de Romero, la joven viuda Eufrasia Morales \u2013\u201cquerendona por naturaleza y simple y sufrida por temperamento\u201d\u2013 monta un precario comercio de fritangas para enfrentar el prematuro fallecimiento de su marido, el \u201cpintor, alba\u00f1il y ga\u00f1\u00e1n al d\u00eda\u201d, Fidel Astudillo. As\u00ed, la mujer comienza su dura jornada con las primeras luces del alba para esperar a los hombres que viene del campo a la Vega Central, y que hacen una parada en su casa para comprar sopaipillas o pequenes (especie de empanada que contiene principalmente cebolla, muy com\u00fan entre los m\u00e1s pobres de la \u00e9poca, un s\u00edmil de nuestras actuales sopaipillas callejeras) y comer algo antes de llegar a vender sus vegetales. Para el cronista Luis Alberto Mansilla, las historias de Romero \u201celevaron el realismo m\u00e1s all\u00e1 de la mera fotograf\u00eda y penetraron en seres tiernos y violentos, simples y complejos, abandonados a su suerte, pero no resignados, chilenos en su identidad esencial pero tambi\u00e9n ciudadanos del mundo en sus esperanzas sobre un mundo m\u00e1s justo y fraternal\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En 1935, Alberto Romero publica <em>La mala estrella de Perucho Gonz\u00e1lez<\/em>, una novela que nos introduce en las andanzas de un pelusa de la calle Placer, en el barrio Franklin, que va creciendo bajo la ley de la calle. Como Tarz\u00e1n en la selva, Perucho se abre espacio en aquel medio donde vive y del cual ni siquiera es posible escapar. Es un hombre antes de siquiera dejar de ser un ni\u00f1o, y sin darse cuenta, como en un destino inevitable, como un designio de su origen, ya est\u00e1 en la c\u00e1rcel. Como en todas sus novelas, Alberto Romero despliega un notable repertorio de personajes marginales, como tambi\u00e9n del ambiente carcelario y los c\u00f3digos de convivencia \u2013y sobrevivencia\u2013 del arrabal capitalino, sin embargo, nunca abandon\u00f3 sus colaboraciones en la prensa, de la que fue acumulando una considerable obra dispersa en diarios y revistas nacionales en las que encontramos cuentos, cr\u00f3nicas y art\u00edculos. Para entonces, el se\u00f1orito Romero ya hab\u00eda comprendido que el oficio que lo apasionaba requer\u00eda de una dedicaci\u00f3n de tiempo completo, trabajaba de d\u00eda y de noche. En una entrevista con el escritor Fernando Santiv\u00e1n en el diario <em>El Sur<\/em> de Concepci\u00f3n, Romero confesaba: \u201cYa ve, mi amigo \u2013me dijo cierto d\u00eda, con voz de molinillo para moler caf\u00e9\u2013, de d\u00eda tengo que trabajar como un galeote amarrado a la galera, y solo me queda la noche para dedicarme a mi obra literaria. \u00bfImaginar\u00e1 usted la vida absurda que vengo llevando? Vea usted. Despu\u00e9s de la oficina, me acuesto a dormir. A las 9 o 10 de la noche despierto, como y salgo a dar una vuelta por la ciudad. De 12 a 2 de la ma\u00f1ana duermo otro poco, y en seguida me pongo a escribir hasta que sale el sol. Nadie creer\u00e1, cuando al d\u00eda siguiente me ven salir de camino a la oficina, que he pasado una noche en ruda batalla con la tinta y el papel\u201d. De esta forma, rob\u00e1ndole horas al sue\u00f1o, al ocio o al descanso, nacer\u00edan sus ocho novelas, dos vol\u00famenes de cr\u00f3nicas y decenas de art\u00edculos, conformando una obra de profunda mirada, ternura por sus personajes y su universo narrativo anclado en los bajos fondos de Santiago, en el hacinamiento y la miseria.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>\u201cNo produc\u00edan sue\u00f1o sino insomnio\u201d<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquellas historias y personajes maltratados que habitan la ciudad y sus m\u00e1rgenes, fueron quiz\u00e1 las caracter\u00edsticas que cautivaron al joven Carlos Droguett, quien a\u00f1os despu\u00e9s remecer\u00eda la literatura nacional con su prosa torrencial. En su texto \u201cDi\u00e1logo con Alberto Romero\u201d, el autor de <em>Patas de perro<\/em> declara: \u201cAlberto Romero fue mi maestro, mi primero y \u00fanico maestro y voy a decir, o tratar de decir, c\u00f3mo. Fue, adem\u00e1s, con toda seguridad, el incre\u00edble y portentoso caso de un maestro que desde un principio no convers\u00f3 conmigo desnivelado y que, sin embargo, o por eso mismo, me dijo m\u00e1s experiencia y trascendencia. Por eso lo recuerdo, por eso no puedo dejar de recordarlo y exponerlo como una tesis, una teor\u00eda, una ret\u00f3rica y una forma de enfermarse sin apuro y profundamente. Tambi\u00e9n como un consuelo y una loter\u00eda para los solitarios de mi patria cargados de trabajos, de insomnios y de l\u00e1grimas\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Droguett se detiene en el efecto que la lectura de Romero le caus\u00f3: \u201cYo hab\u00eda le\u00eddo a Alberto Romero, tal vez antes de leer a Baldomero Lillo, que hizo pedazos mi visi\u00f3n inmovilizada de la vida, pero Alberto Romero la hab\u00eda estado ya resquebrajando. Hab\u00eda un mundo desolado, castigado, implacable para el d\u00e9bil, el pobre, el solo, el enfermo. Si, no eran alegres, no produc\u00edan sue\u00f1o sino insomnio, no dejaban tranquilo ni apacible sino odioso, furioso, se sobreentend\u00eda, al correr sus p\u00e1ginas, al releer sus pasajes m\u00e1s conmovedores, que lo que contaba no lo hab\u00eda sino mirado, una misma atm\u00f3sfera de inmovilidad, de maldad establecida rodeaba a sus creaturas, impidi\u00e9ndoles vivir en paz, morir en paz, sumidos en la tinieblas de la tierra o del conventillo sus h\u00e9roes, sus desventurados h\u00e9roes estaban siempre se\u00f1alados, marcados por el siniestro destino\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Luego, el autor de <em>Patas de perro<\/em> despliega un \u00edntimo retrato de Romero y la atenci\u00f3n mostrada hacia su primer libro publicado, <em>Los asesinados del Seguro Obrero<\/em>, sus encuentros y conversaciones: \u201cCuando se public\u00f3 el libro, del cual no se vendi\u00f3, que yo sepa, ni un solo ejemplar, le envi\u00e9 ejemplares a varios escritores o a alguna gente que yo cre\u00eda escritores. No ten\u00eda mucha esperanza de respuesta, no, no esperaba nada, ni agradecimiento ni carta. Pero hab\u00eda cierto presentimiento de que, por lo menos, uno, uno a quien admiraba mucho, no dejar\u00eda sin respuesta un libro que hab\u00eda escrito verdaderamente emocionado\u201d, escribe Droguett. \u201cS\u00ed, mi iniciaci\u00f3n literaria, enlutada y sensualizada, transcurri\u00f3 sola, tan sola como el ni\u00f1o que hab\u00eda sido yo y el estudiante universitario y periodista nocturno que ser\u00eda hacia el a\u00f1o 30. Pero no tan solo ni olvidado. Porque un mediod\u00eda, de regreso de la universidad, me esperaba en mi cuarto, junto a la acostumbrada carta de mi novia porte\u00f1a, otra carta, esta de Alberto Romero. Pocas veces en mi vida he estado maravillado, tan incr\u00e9dulo y tan nervioso. La carta de Romero yo la esperaba, la hab\u00eda estado llamando. Yo le hab\u00eda enviado el libro a su casa, pero ignoraba d\u00f3nde estaba esa calle. \u00c9l me dec\u00eda escuetamente que lo fuera a ver su oficina, que quer\u00eda conversar conmigo, que me esperar\u00eda\u201d.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Su entusiasmo y energ\u00eda, sin embargo, parec\u00edan no extinguirse. En 1937, en un contexto internacional antifascista, se produce una unidad entre radicales, comunistas y socialistas, a los que se suma la Confederaci\u00f3n de Trabajadores. A imagen de los Frentes Populares europeos se consolida el Frente Popular, que alcanza el gobierno con Pedro Aguirre Cerda en 1938. Pablo Neruda regresa al pa\u00eds y junto a Romero, Rosamel del Valle, Volodia Teitelboim y Benjam\u00edn Subercaseaux, entre otros escritores, estudiantes y profesionales de sectores medios, fundan la Alianza de Intelectuales de Chile, en la que se agruparan \u201clos escritores, artistas y periodistas interesados en la lucha contra el fascismo y la defensa de los valores permanentes de la cultura\u201d, organizaci\u00f3n que Romero lleg\u00f3 a dirigir, lo mismo que har\u00eda posteriormente gracias al apoyo de sus compa\u00f1eros de oficio en la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), o en el Pen Club y la Comisi\u00f3n Chilena de Cooperaci\u00f3n Intelectual, una activa y reconocida labor gremial y literaria que adem\u00e1s le significar\u00eda ser nombrado como miembro de la Academia Chilena de la Lengua.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por aquellos d\u00edas, Hitler se ha replanteado el l\u00edmite de sus fronteras y ocupa Austria. Un a\u00f1o despu\u00e9s estallar\u00e1 la Segunda Guerra Mundial, y en Espa\u00f1a Franco ya habr\u00e1 aplastado a la Rep\u00fablica. Mientras, en Viena el padre del psicoan\u00e1lisis, Sigmund Freud, intenta escapar de la persecuci\u00f3n nazi y la Asociaci\u00f3n Psicoanal\u00edtica Internacional organiza su huida de la capital austriaca. Mientras cruzaba la frontera, los nazis quemaban sus libros en Salzburgo. Cinco a\u00f1os antes, cuando la hoguera ya hab\u00eda comenzado en Berl\u00edn, a\u00fan era optimista: \u201cEl nazismo austriaco no ser\u00e1 tan brutal como el alem\u00e1n\u201d. Su m\u00e9dico de cabecera, Max Schur, tambi\u00e9n psicoanalista, escribi\u00f3 en sus memorias: \u201cFreud olvidaba que Hitler era austriaco\u201d. Poco despu\u00e9s, cuatro de sus cinco hermanas fueron asesinadas en campos de concentraci\u00f3n. En Chile, Alberto Romero se entera del inminente peligro nazi sobre Freud y hace gestiones para traerlo al pa\u00eds, gesto solidario que no obliteraba el importante aporte cultural y cient\u00edfico que significaba su estad\u00eda entre los nuestros. Toma contacto con su c\u00edrculo cercano; busca apoyos, env\u00eda cartas a organismos p\u00fablicos y privados para conseguir los recursos para asilar al padre del psicoan\u00e1lisis y su familia, pero la petici\u00f3n no encuentra acogida y no logra concretarse. En una carta del 3 de junio de 1938, el vicerrector de la Universidad de Chile, Arturo Alessandri Rodr\u00edguez, le transmite a Romero la resoluci\u00f3n de la universidad:<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">El Consejo Universitario tom\u00f3 conocimiento, en sesi\u00f3n del 1 de junio, de su oficio del 31 de mayo, en que Ud. Transcribe a la Universidad de Chile un voto relativo al eminente sabio vien\u00e9s, Dr. Sigmund Freud, aprobado por la Sociedad M\u00e9dica de Valpara\u00edso y que la Sociedad de Escritores de Chile ha hecho suyo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La Corporaci\u00f3n concuerda con las dos instituciones nombradas en la apreciaci\u00f3n elogiosa que el voto en referencia hace de la personalidad, eminente dentro del campo de la ciencia contempor\u00e1nea, del profesor Freud, y lamenta no encontrarse financieramente en condiciones de invitar al fundador del psicoan\u00e1lisis a establecerse en Chile por el resto de sus d\u00edas, en conformidad a los deseos de la Sociedad de su presidencia, que Ud. ha puesto en conocimiento de esta Rector\u00eda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">(\u00bfHabr\u00e1 considerado Freud en alg\u00fan momento de desesperaci\u00f3n este posible remoto destino?)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Finalmente, el psicoanalista se estableci\u00f3 en Londres junto a su familia. Al a\u00f1o siguiente, el 23 de septiembre de 1939, muy deteriorado f\u00edsicamente y torturado por el insoportable dolor que le produc\u00eda el c\u00e1ncer de paladar, le record\u00f3 a Max Schur su promesa de sedaci\u00f3n terminal para evitarle el sufrimiento de la agon\u00eda. Despu\u00e9s de tres inyecciones de morfina Freud muri\u00f3. Fue incinerado en el crematorio laico de Golders Green, ah\u00ed permanecen sus cenizas junto a las de su esposa Martha.\u200b<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Romero continu\u00f3 con su labor gremial, en su gesti\u00f3n como presidente de la SECH se volc\u00f3 a la organizaci\u00f3n de la primera Feria Nacional del Libro \u2013la que se realiz\u00f3 en plena Alameda en 1940\u2013; el inmediato reconocimiento que organiz\u00f3 junto a la Alianza de Intelectuales al profesor y escritor Carlos Sep\u00falveda Leyton en el sal\u00f3n de Honor de la Universidad de Chile, cuya temprana muerte trunc\u00f3 una promisoria voz narrativa que dur\u00f3 apenas cinco a\u00f1os en los que public\u00f3 toda su obra, la <em>Trilog\u00eda normalista<\/em> (1934-1938), y las decididas gestiones para la creaci\u00f3n del Premio Nacional de Literatura, que finalmente se concret\u00f3 en 1942, ocasi\u00f3n en que se le otorg\u00f3 el justo reconocimiento a Augusto D\u2019Halmar (\u201cel hermano errante\u201d). Un premio que nunca le fue concedido, a pesar de haber sido uno de sus primeros candidatos. Pero su relaci\u00f3n y pr\u00e1ctica del oficio comprend\u00eda una mirada \u2013y una lectura\u2013 m\u00e1s all\u00e1 de todo <em>establishment<\/em> literario, camarillas, fuegos artificiales medi\u00e1ticos y entelequias jer\u00e1rquicas, pues parec\u00eda fundado en una convicci\u00f3n a toda prueba, en la camarader\u00eda, bandera y lucha en la fiebre permanente de un \u2018enfermo de literatura\u2019 (en el que cada incidente o acontecimiento de la vida, por nimio que sea, se relaciona a una frase le\u00edda, a un texto recordado), un escritor habitado por lo que Onetti llamar\u00e1 posteriormente \u201cliteratosis\u201d, una incontinencia biblioman\u00edaca, capaz de transformar la observaci\u00f3n del movimiento de la cola de una gato en la duda de Hamlet y reconstruir de paso la biblioteca del mundo en ese acontecimiento habitual.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hasta que paso del tiempo cay\u00f3 sobre Romero y lo llev\u00f3 al obligado retiro, abandonando el trabajo gremial y toda sociabilidad literaria. Luego vino el golpe de Estado y la oscura dictadura y la destrucci\u00f3n y borramiento de obras de la bota milica sepult\u00f3 parte importante de la literatura social chilena, y con ellos su obra, publicada y reeditada en su mayor\u00eda por Nascimento y Quimant\u00fa. Entonces, Romero se traslad\u00f3 a Vi\u00f1a del Mar donde vivi\u00f3 sus \u00faltimos a\u00f1os. Muri\u00f3 el 21 de noviembre de 1981 a los ochenta y cinco a\u00f1os de edad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">Por <strong>Felipe Reyes F.<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n<p style=\"text-align: justify;\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>M\u00e1s alto que bajo, el rostro p\u00e1lido, meditativo, reflejo, acaso, de un mundo interno atormentado por la aventura de su propio descubrimiento, la mirada vaga, Alberto Romero conduc\u00eda el amargo fardo espiritual de sus personajes. 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