{"id":3494,"date":"2022-05-03T10:00:42","date_gmt":"2022-05-03T13:00:42","guid":{"rendered":"http:\/\/revistaoropel.cl\/?p=3494"},"modified":"2022-05-01T22:47:55","modified_gmt":"2022-05-02T01:47:55","slug":"el-ruido-de-la-noche","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2022\/05\/03\/el-ruido-de-la-noche\/","title":{"rendered":"El ruido de la noche \u2013 Por Andr\u00e9s Lozano"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">La noche es una turbina constante que ronronea como gato bajo el ala de un avi\u00f3n, es esa mesita que se mueve al menor movimiento de una silla angosta, dura, inc\u00f3moda; es esa luz blanca que parpadea a los costados del techo, es esa otra luz amarilla que se esconde detr\u00e1s de un aviso de abrocharse el cintur\u00f3n y de no fumar que, adem\u00e1s, va acompa\u00f1ada por su respectivo \u201cding\u201d para que nadie quede indiferente con su aparici\u00f3n; son los pasos de las azafatas que van para all\u00ed, como hormigas en busca de comida o bebida para su reina, para all\u00e1, con vasos y platos mientras mantienen el equilibrio y esquivan bolsos, mantas y uno que otro pasajero que no aguanta m\u00e1s y se para al ba\u00f1o. La noche, el \u00faltimo refugio que cre\u00ed encontrar para distraerme y no pensar, no sentir, la ausencia de quien se fue sin haber estado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando ten\u00eda 6 a\u00f1os, mi abuela me llevaba a su casa para que lo visitara porque \u00e9l no pod\u00eda ir a ninguna parte. Hab\u00eda tenido un accidente con unos amigos, con alcohol, y casi pierde la vida, casi pierde una de sus piernas. Al final perdi\u00f3 su independencia, tuvo que irse a vivir con su mam\u00e1, mi abuela, quien llevaba ya un par de d\u00e9cadas tratando de enderezar su camino. Yo viv\u00eda en Bogot\u00e1, cerca del pueblo en que estaban ellos. Recuerdo muy bien c\u00f3mo los edificios quedaban atr\u00e1s, las filas y filas de carros y ella siempre sonriente cont\u00e1ndome chistes, diciendo malas palabras. Yo, mientras tanto, estaba tan nervioso por el encuentro que se aproximaba que trataba de distraerme con el paisaje. Recuerdo los grandes pinos, mon\u00f3tonos, uniformes, las vacas, los puestos de fruta, hasta que casi una hora despu\u00e9s tom\u00e1bamos otro camino de tierra y piedras, y as\u00ed lleg\u00e1bamos al port\u00f3n met\u00e1lico. Recuerdo la casa grande, el pasto, las flores, las uchuvas, los olores, los colores, las texturas. Recuerdo todo&#8230; casi todo. Pero no a \u00e9l.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u201cDing\u201d, un anuncio de abrocharse el cintur\u00f3n de seguridad me trae de vuelta. El avi\u00f3n se sacude un poco, tanto que el piloto habla, anuncia que estamos pasando por la cordillera, que se espera algo de turbulencia mientras la atravesamos. El anuncio parece dar vida a un enjambre de murmullos, de almohadas saliendo de sus bolsas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Sigo sin entender este viaje. Tal vez deb\u00ed ver una se\u00f1al de advertencia, de lo inutil que ser\u00eda, en la forma en que me comunicaron lo que estaba pasando: un audio en Facebook de una persona desconocida, luego un texto aclarando que se trataba de la \u201cse\u00f1ora que le hace el aseo a su abuela\u201d. Luego llamar y romper el silencio, escucharlos decir que s\u00ed, que fue hace 2 d\u00edas \u2014\u00a12 d\u00edas!\u2014 y sobre todo la aclaraci\u00f3n: no vale la pena que venga. Eso me hab\u00eda dicho mi t\u00edo, sin embargo le dije que no importaba, que lo iba hacer. Y as\u00ed viaj\u00e9 pensando que lo ver\u00eda, creyendo que su cuerpo me har\u00eda cerrar y curar las heridas; viaj\u00e9 para nada. Apenas llegu\u00e9 a Colombia sal\u00ed corriendo del avi\u00f3n, busqu\u00e9 un ba\u00f1o para ponerme la ropa correspondiente para este tipo de eventos, llam\u00e9 para pedir la direcci\u00f3n y me dijeron que estaban donde mi abuela, que fuera y luego ir\u00edamos a su casa. El desconcierto.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La carretera ha cambiado: menos pinos, menos curvas, m\u00e1s espacio. El camino que lleva a la casa tampoco es el mismo: menos tierra, m\u00e1s casas, m\u00e1s carros entrando y saliendo. El port\u00f3n met\u00e1lico de la entrada, en cambio, es el mismo. Me dicen que ah\u00ed pondr\u00e1n la urna la otra semana, cuando la entreguen. No, definitivamente no ver\u00e9 ni su cuerpo. Todo ser\u00e1 como siempre ha sido, casi sin su presencia. Nos bajamos, me dan la llave de la habitaci\u00f3n. Subo la rampa, trato de disimular que me pesan los pies. No quiero, no quiero. Meto la llave en la puerta, giro la cerradura, le doy un peque\u00f1o empuj\u00f3n, respiro profundo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La cama est\u00e1 unos pocos metros, en l\u00ednea recta, m\u00e1s all\u00e1 de la entrada. Est\u00e1 destendida. Su pijama est\u00e1 a un lado, en el piso. Recorro con la mirada el lugar: un perchero, un escritorio, su computador port\u00e1til, un almanaque. Me acerco, lo abro y, un mes atr\u00e1s, casi solitario veo mi nombre. Tambi\u00e9n, dos semanas atr\u00e1s, veo un 82. No s\u00e9 qu\u00e9 querr\u00e1 decir. Sigo retrocediendo en los meses y esos n\u00fameros siguen apareciendo: 85, 87, 90 y 92, este \u00faltimo con las \u201ckg\u201d. Pienso, siento, que es otra persona, que ese no puede ser su peso. En mi recuerdo \u00e9l ten\u00eda muchos m\u00e1s. Dejo el almanaque, giro la cabeza y, en la pared junto a la puerta unas fotos: fotos m\u00edas, fotos de mi hijo, que he puesto en redes sociales, impresas, pegadas all\u00ed.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u201cDing\u201d. La voz del capit\u00e1n rompe el silencio, el sol es una tenue insinuaci\u00f3n, pronto saldr\u00e1. La ciudad se divisa a lo lejos. Buenos Aires, casa.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Por<strong> Andr\u00e9s Lozano<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La noche es una turbina constante que ronronea como gato bajo el ala de un avi\u00f3n, es esa mesita que se mueve al menor movimiento de una silla angosta, dura, inc\u00f3moda; es esa luz blanca que parpadea a los costados del techo, es esa otra luz amarilla que se esconde detr\u00e1s de un aviso de [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":3495,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[382],"tags":[],"class_list":["post-3494","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-cronica"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3494","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/5"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=3494"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3494\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":3496,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/3494\/revisions\/3496"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media\/3495"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=3494"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=3494"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=3494"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}