{"id":3230,"date":"2022-01-24T10:40:51","date_gmt":"2022-01-24T13:40:51","guid":{"rendered":"http:\/\/revistaoropel.cl\/?p=3230"},"modified":"2023-03-28T14:43:51","modified_gmt":"2023-03-28T17:43:51","slug":"el-ultimo-alarido","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2022\/01\/24\/el-ultimo-alarido\/","title":{"rendered":"El \u00faltimo alarido \u2013 Por Guillermina Tenenbaum"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">Hasta el momento no ha habido una sola ma\u00f1ana en que no me haya despertado sobresaltada por los ladridos de los perros. No hablo de un simple ladrido: primero el portazo, luego un enorme perro subiendo torpemente por las escaleras de madera, clavando sus u\u00f1as en la curva del abismo, resbalando su equilibrio hasta la puerta del balc\u00f3n para anunciarle a sus pares su erosionante sonoro. As\u00ed son las ma\u00f1anas que me han tocado, perturbantes, mis enemigas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y por las noches, vale aclarar, uno se duerme entre la turbulencia de la destiler\u00eda que jam\u00e1s para. Eso que se siente como aviones de madrugada, que nunca terminan de despegar y quedan dando vueltas entre las casas, son la panza de un monstruo que se alimenta de bet\u00fan antiguo y hormigas. La llamarada de la antorcha industrial me se\u00f1ala desde mi balc\u00f3n y mis amigos cuando la ven, dicen que ese lugar, que antes se llamaba La casa de Bombas, se parece a Mordor; yo les contesto que s\u00ed, que es la bomba del tiempo que un d\u00eda va a explotar de verdad. Se va a llevar puesta a la ciudad entera, agrego, para ser generosa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A las seis de la ma\u00f1ana, cuando el infierno parece camuflarse con el rumor de una ciudad que despierta, los perros, gallos de las polis, comienzan con su verborragia arremetedora. Empieza uno, interrumpe la poca integridad de los amaneceres, le siguen los vecinos, le siguen todos, como r\u00e9plicas que indican alguna se\u00f1al, hasta llegar a la nota m\u00e1s aguda e insoportable del aullido. A partir del gran concierto matutino, aturdida, abro los ojos. Furiosa, con el coraz\u00f3n palpitante. No me interesa entender a los perros, no me interesa entender por qu\u00e9 los vecinos meten a sus olorosos canes en los inmuebles de la modernidad, que no son m\u00e1s que cajas de cartones amontonadas, una encima de la otras, mal llamadas departamentos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No me interesa. Me despierto con el impulso voraz de los odiadores que son capaces de cometer el m\u00e1s p\u00e9rfido de los cr\u00edmenes: el de matar a un animal. No a cualquier animal, no a un elefante, no a una ardilla, sino al subordinado m\u00e1s querido. Con el pu\u00f1o cerrado me doy unos golpecitos en la frente e intento consolarme, buscando que alguna imagen de los libros me ayude a pensar, a no echarles la culpa. Encuentro dos relatos necesarios en el momento que me inspiran ilusoriamente: en uno, un tipo tiene que matar a palazos a un perro; en el otro, alguien siente olor a <em>eso <\/em>quemado. Empiezo a revisar todo lo que tengo en mi casa mientras ladran y ladran y ladran por horas. S\u00ed, tengo un bate softball, tambi\u00e9n alcohol y encendedor. No me falta nada para ser un personaje valiente como esos que me salvan el desayuno, pero, en el peor de los casos, soy uno bien cobarde.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No se callan. Los enumero. Cinco en la casa de la derecha, dos en la casa de la izquierda. Uno en el departamento de arriba, dos en el de abajo. En el edificio del frente, en el patio de la planta baja, vive el caniche estulto de una pareja de jubilados. Arriba, a la altura de mi peque\u00f1o palco, se ven las plantas colgantes en el balc\u00f3n de una chica, quiz\u00e1s de unos a\u00f1os m\u00e1s que yo, a la que observo bastante seguido, porque me queda de pasada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Alguien toca un timbre, y ladran. Una moto se aproxima a la cuadra, y ladran. Todos juntos, una y otra vez. Mando mensajes de audio, sobre todo, y el eco rimbombante de los ladridos se cuela como un virus virtual. Ayer, un amigo me pregunt\u00f3 si adopt\u00e9 a una jaur\u00eda, y yo respond\u00ed, con el pulso tembloroso, apretando los dientes hasta que me sangraron las enc\u00edas que los detesto, los detesto, los detesto, los detesto, los detesto. Y as\u00ed, como la Historia, los d\u00edas se repiten sin sentido ni salida. Interrupci\u00f3n y repetici\u00f3n, interrupci\u00f3n y repetici\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00bfQu\u00e9 ser\u00e1? No lo s\u00e9. Como todas las ma\u00f1anas, me levanto rabiosa. Preparo el mate y prendo la computadora para trabajar. S\u00ed, ya empezaron. Salgo al balc\u00f3n para verlos ladrar. Los miro desde arriba, los miro a los ojos, me muestran los dientes y yo les muestro el dedo m\u00e1s grande de mi mano. Por el momento es lo \u00fanico que puedo hacer. De paso, levanto la vista para verla a ella, que tiene el pelo casi ondulado hasta los hombros. Saca una reposera para tomar mate, agarra una tostada, le unta algo y come sin tiempo. Miro las paredes de cemento de mi patiecito alto que se sostienen con las sombras de otros edificios. Comparo nuestros balcones. Est\u00e1 bien, igual me gusta la noche, pero aun as\u00ed busco su cara, es como un campo de girasoles receptivo a la luz primera. Todo parece estar bien de ese lado. Invento una vida para ella: no tiene perros, pero seguro tiene novio, que es lo mismo. Se para a saludar a los vecinos de abajo, a los viejos jubilados y a su perro caniche bueno para nada que, como era de esperar, empieza a moverle la cola y a ladrarle. No me saluda a m\u00ed. Y todo contin\u00faa en su orden: los ladridos acumulados, el murmullo tumultuoso de la f\u00e1brica.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Agacho la cabeza. Me frustro. Vuelvo a mirar el v\u00f3rtice que se desprende de la chimenea y me concentro en el zumbido que se esconde por debajo de esta ci\u00e9naga progresista que, como toda ciudad mentirosa, sabe lo que esconde. Entr\u00e9 al living, cerr\u00e9 de un portazo el ventanal y me sent\u00e9 a esperar a mi psicoanalista. Estoy cansada, le digo, no puedo dormir bien, quiz\u00e1s deba tomar algo. Mis brazos se apoyaron en mi cara y llor\u00e9 algunas l\u00e1grimas algunos segundos. En el medio de la sesi\u00f3n escuch\u00e9 c\u00f3mo las ventanas empezaron a tiritar, como si sintieran fr\u00edo o miedo. Dije algo, mi psicoanalista anot\u00f3, y los perros otra vez. Mir\u00e9 m\u00e1s all\u00e1 de la ventana. Afuera todo normal, la vecina que sabe que es linda, toma sol. Yo no pod\u00eda comprender c\u00f3mo todos continuaban sus rutinas con tanto ruido insoportable. La psic\u00f3loga me dice algo, \u00bfBel\u00e9n, me o\u00eds? Yo, dubitativa, le respondo que s\u00ed, que puede ser.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Que s\u00ed, que ya mismo podr\u00eda ir a comprar un kilo de carne picada y repartir una bolita envenenada a aquellos mejores amigos del hombre. S\u00ed, puede ser. Enseguida, el tiritar de las ventanas toc\u00f3 el piso y sent\u00ed un leve temblor en mis pies, en mi casa. Me ajust\u00e9 al micr\u00f3fono y le dije que cre\u00ed sentir un principio de sismo. Se cae un poco la conexi\u00f3n, lo normal en estos tiempos y espero la alerta de los bomberos que en cualquier momento se dispara. Pienso en que nadie puede empatizar con la sirena de los bombardeos. Pero ya est\u00e1 sonando. Las cosas comenzaron a moverse, escucho golpes, pero no escucho ninguna queja de nadie.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Me intrigaba el mundo afuera. Entonces me acerqu\u00e9 a la ventana, donde terminaba todo. Mi vecina, la linda, sosten\u00eda el gesto tr\u00e9mulo de su cara con su mano derecha. Ten\u00eda la boca abierta, parec\u00eda estar gritando, pero no la escuchaba. Era como si su grito estuviese atragantado, como aquel rastro que deja la m\u00fasica cuando todo se apaga y uno puede imaginar la canci\u00f3n dentro de s\u00ed mismo, pero no la canta. El rubor le subi\u00f3 del cuello hasta la cabeza, y apretaba con tanta fuerza la reja que separa su vida del corto precipicio, tan fuerte, que pude verle los huesos de los nudillos queriendo romper la piel. \u00bfQu\u00e9 ser\u00e1? Yo tambi\u00e9n me asom\u00e9 al abismo y pude contemplar la obra.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Vi a Nikito, el perro que me mostraba los dientes cada vez que me quer\u00eda sentar afuera, despatarrado al sol. Un hilo de sangre le brotaba en el hocico. \u00bfQu\u00e9 ser\u00e1? El caniche tambi\u00e9n, reventado. El de arriba, los dos de abajo, los dos de la izquierda, los cinco de la derecha, apilados en silencio. Incluso algunos p\u00e1jaros hab\u00edan ca\u00eddo, los que aun volaban, daban vueltas en bandadas ajenas, como perdidos en su cielo. Vi c\u00f3mo la gente se sorprend\u00eda o lloraba o cruzaba los dedos de las manos. No s\u00e9 qu\u00e9 ser\u00e1, aun as\u00ed, no pod\u00eda escuchar nada. Solo vi el fuego atr\u00e1s de todo, all\u00e1 a lo lejos, en el reino del oro negro que ahora era un pantano de humo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En fin. No ha habido un solo d\u00eda, hasta entonces. Y el silencio fue tal, que apenas pude salir de la cama la ma\u00f1ana siguiente. En consecuencia, opt\u00e9 por un desayuno completo en mi balc\u00f3n, ahora iluminado. Ya no hab\u00eda perros. A cambio, ten\u00eda un paisaje de caras desconsoladas que anticipaban haber descubierto algo, algunos helic\u00f3pteros pasajeros y una capital crispada. El goce era inevitable.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Con mi caf\u00e9 me sent\u00e9 frente al may\u00fasculo sol. Puse los pies en otra silla. Todo parece estar bien de este lado. De ac\u00e1 los miro. Ahora, si pueden, intenten juzgarme.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Por <strong>Guillermina Tenenbaum<\/strong><\/p>\n<p>La fotograf\u00eda pertenece a la obra del artista visual Vicente Girardi Callafa<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hasta el momento no ha habido una sola ma\u00f1ana en que no me haya despertado sobresaltada por los ladridos de los perros. 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