{"id":1947,"date":"2021-04-09T00:42:45","date_gmt":"2021-04-09T03:42:45","guid":{"rendered":"http:\/\/revistaoropel.cl\/?p=1947"},"modified":"2021-04-09T15:45:04","modified_gmt":"2021-04-09T18:45:04","slug":"roberto-arlt-una-critica-de-la-economia-literaria","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2021\/04\/09\/roberto-arlt-una-critica-de-la-economia-literaria\/","title":{"rendered":"Roberto Arlt: Una cr\u00edtica de la econom\u00eda literaria"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><strong>I. La escritura desacreditada<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En el pr\u00f3logo a <em>Los lanzallamas<\/em> Arlt se hace cargo de las condiciones de producci\u00f3n de su literatura: puesta en escena de la situaci\u00f3n material en la que se genera un relato, este texto intenta definir el lugar desde donde se quiere ser le\u00eddo. Al establecer una relaci\u00f3n entre el lujo y el estilo, de entrada refiere lo que cuesta <em>tener<\/em> una escritura: el ejercicio de la literatura aparece ligado al derroche, trabajo improductivo que no tiene precio, se legaliza &#8220;en la vida holgada, en las rentas&#8221; de una clase que puede practicarla desinteresadamente. Para Arlt, en cambio, escribir es contraer cierta deuda, cr\u00e9dito que debe ser reconocido en el mercado. &#8220;Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo&#8221; porque hay que lograr que el lector pague con dinero el inter\u00e9s: en este pago, diferido, se abre el espacio incontrolable de la demanda y la circulaci\u00f3n. &#8220;Palabra inefable&#8221; (como la llama Arlt) la escritura &#8220;no tiene explicaci\u00f3n&#8221;: se la encuentra donde ya no est\u00e1, en el intercambio que sobre la escena del mercado, resuelve el valor en el precio. Convertida en mercanc\u00eda, la ley de la oferta y la demanda parece ser lo \u00fanico que permite, desde el consumo, darle &#8221; razones&#8221; a la producci\u00f3n literaria. En la nota que concluye <em>Los lanzallamas<\/em>, Arlt escribe: &#8220;Dada la prisa con que fue terminada esta novela, pues cuatro mil l\u00edneas fueron escritas entre fines de septiembre y el 22 de octubre (y la novela consta de 10.300 l\u00edneas) el autor se olvid\u00f3 de consignar en el pr\u00f3logo que el t\u00edtulo de esta segunda parte de <em>Los siete locos<\/em> que primitivamente era <em>Los monstruos<\/em>, fue sustituido por el de <em>Los lanzallamas<\/em>, por sugerencia del novelista Carlos Alberto Leumann&#8221;. En la urgencia del mercado, se olvida un pr\u00e9stamo: este lapsus, es el s\u00edntoma mismo de esa deuda que se contrae al ejercer \u2015con un t\u00edtulo prestado\u2015 la escritura. A trav\u00e9s del recuento minucioso de las cifras y las fechas, la demanda hace saber sus exigencias: hay un contrato que impone cierto plazo y fija los l\u00edmites. Como el pr\u00f3logo y la nota, est\u00e1 al final y al comienzo del relato: lo sostiene, lo emplaza. &#8220;Con tanta prisa se termin\u00f3 esta obra que la editorial imprim\u00eda los primeros pliegos mientras que el autor estaba redactando los \u00faltimos cap\u00edtulos.&#8221; La demanda financia le escritura y la dirige: hace de ese compromiso, un destino. (&#8220;<em>El amor brujo<\/em> -anuncia Arlt- aparecer\u00e1 en agosto de 1932&#8243;). De alg\u00fan modo, al ponerle un plazo, Arlt debe &#8220;alquilar&#8221; su escritura, lograr que le paguen <em>mientras<\/em> escribe: parece que el mercado continuara en el relato hasta &#8220;entrar&#8221; en el texto. En esta obligaci\u00f3n hay al mismo tiempo una promesa, cierto suspenso y el reconocimiento de una deuda: escribir deja de ser un lujo, un derroche, para convertirse en una fatalidad, o mejor, en una necesidad (material).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>El valor del estilo<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El follet\u00edn es la expresi\u00f3n l\u00edmite y el modelo de esta escritura financiada: el texto mismo es un mercado donde el relato circula y en cada entrega crece el inter\u00e9s. Este aplazamiento, que decide a la vez el estilo y la t\u00e9cnica, se funda en el suspenso, cr\u00e9dito que hace de la an\u00e9cdota la mercanc\u00eda -siempre postergada- que el lector reci\u00e9n logra tener al final. &#8220;Me devoraba las entregas&#8221;, dice Astier al narrar esta lectura en <em>El juguete rabioso<\/em>: en realidad se trata de lograr que sea el lector quien &#8220;se entregue&#8221;, &#8220;devorado&#8221; por el inter\u00e9s. Econom\u00eda literaria que convierte al lector en un cliente endeudado, se vive la ilusi\u00f3n de que una cierta necesidad material enlaza el texto y su lectura.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Escritura donde todo se paga, este procedimiento define, al mismo tiempo, el espacio literario de Arlt y su &#8220;moral&#8221; de escritor. &#8220;Se dice de m\u00ed que escribo mal. Es posible&#8221;: esta confesi\u00f3n es ambigua. Como vimos, para escribir &#8220;bien&#8221; hay que disponer de &#8220;ocio, rentas, vida holgada&#8221;, hacerse responsable del derroche que significa cultivar un estilo. En Arlt, este lujo se paga caro, el desinter\u00e9s elimina la oferta: se escribe por nada, para nada. &#8220;No tendr\u00eda ninguna dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes \u00fanicamente leen correctos miembros de su familia.&#8221; Escriben bien: nadie los lee. \u00bfEscriben bien porque nadie los lee? En realidad, lo que sucede es que nadie paga por esa lectura: le\u00eddos en familia, no hay lazos econ\u00f3micos, el dinero est\u00e1 excluido. Arlt invierte los valores de esa moral aristocr\u00e1tica que se niega a reconocer las determinaciones econ\u00f3micas que rigen toda lectura, los c\u00f3digos de clase que deciden la circulaci\u00f3n y la apropiaci\u00f3n literarias. Entre el texto y el lector no habr\u00eda ninguna interferencia: la cultura ser\u00eda justamente ese &#8220;vac\u00edo&#8221; donde se disuelve cualquier relaci\u00f3n material para que la ideolog\u00eda dominante ocupe el sitio del trabajo productivo que la mantiene. En Arlt, al contrario, escribir bien es hacerse pagar, en el estilo, un cierto &#8220;bien&#8221; que alguien es capaz de comprar. S\u00f3lo a costa del lector se puede costear el inter\u00e9s por la literatura: ser le\u00eddo es saldar una deuda, encontrar el sentido de ese trabajo &#8220;misterioso&#8221;, &#8220;inefable&#8221; que no tiene explicaci\u00f3n en una sociedad que funda su raz\u00f3n en la ganancia. As\u00ed, en Arlt, el dinero que aparece como garant\u00eda, que hace posible la apropiaci\u00f3n y el acceso a la literatura, es a la vez, el resultado que decide y legitima su valor. De este modo, al nombrar lo que todos ocultan, desmiente las ilusiones de una ideolog\u00eda que enmascara y sublima en el mito de la riqueza espiritual la l\u00f3gica implacable de la producci\u00f3n capitalista.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Los c\u00f3digos de clase<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Escritura que se sabe desacreditada, los textos de Arlt han debido pagar el precio de la devaluaci\u00f3n que provocan. Para una econom\u00eda literaria que hace del misterio de sus razones el fundamento de su poder simb\u00f3lico, el reconocimiento expl\u00edcito de los lazos materiales que la hacen posible, se convierte en una transgresi\u00f3n a ese contrato social que obliga a acatar &#8220;en silencio&#8221; las imposiciones del sistema. Basta releer el art\u00edculo que Jos\u00e9 Bianco le dedicara en 1961 para ver de qu\u00e9 modo Arlt transgrede un espacio de lectura. En este caso, el c\u00f3digo de <em>Sur:<\/em>\u00a0lectura de clase que refiere -justamente al rev\u00e9s de Arlt- el acceso fluido a una cultura &#8220;familiar&#8221;. En realidad lo que se lee por debajo del texto de Bianco es la definici\u00f3n de esa propiedad que es necesario exhibir para poder escribir: &#8220;Arlt no era un escritor sino un periodista, en la acepci\u00f3n m\u00e1s restringida del t\u00e9rmino. Hablaba el lunfardo con acento extranjero, ignoraba la ortograf\u00eda, qu\u00e9 decir de la sintaxis&#8221;. La insistencia sobre las <em>faltas<\/em> de Arlt no son otra cosa que las marcas de un descr\u00e9dito: manejar mal la ortograf\u00eda, la sintaxis es de hecho una se\u00f1al de clase. Se usan mal los c\u00f3digos de posesi\u00f3n de una lengua: los errores son \u2014otra vez\u2014 el lapsus, se pierden los t\u00edtulos de propiedad y se deja ver una condici\u00f3n social. &#8220;Hemos visto -insiste Bianco- que le falta no s\u00f3lo cultura, sino sentido po\u00e9tico, gusto literario.&#8221; Sentido po\u00e9tico, gusto literario: el discurso liberal sublima, espiritualizando. Habr\u00eda una carencia &#8220;natural&#8221;, irremediable: una fatalidad. Arlt se encarga de recordar que esta carencia es econ\u00f3mica, de clase: en esta sociedad, la cultura es una econom\u00eda, por de pronto se trata de <em>tener<\/em> una cultura, es decir, poder pagar. Por su lado, Bianco funda su lectura en la desigualdad y al universalizar las posesiones de una clase hace de sus &#8220;bienes&#8221; las cualidades espirituales en que se apoya un sistema de valor. &#8220;Y hacia esa misma \u00e9poca -escribe- aunque Roberto Arlt conservara todav\u00eda lectores no creo que infundiera respeto a ning\u00fan intelectual de verdad&#8221; (sic). El respeto es un reconocimiento: en este caso hay ciertos t\u00edtulos de los que Arlt carece. M\u00e1s bien hay ciertos t\u00edtulos que Arlt admite haber recibido en pr\u00e9stamo: no son de \u00e9l y esta deuda la debe pagar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ahora bien, \u00bfy si esto que sirve para desacreditarlo fuera justamente lo que \u00e9l no quiso dejar de exhibir? Quiero decir, \u00bfy si el m\u00e9rito de Arlt hubiera sido mostrar lo que no hay, hacer notar la deuda que se contrae al practicar -sin t\u00edtulos- la literatura? En este sentido, sus carencias van m\u00e1s all\u00e1 de s\u00ed mismo: marcan los l\u00edmites concretos de una cierta lectura, la frontera -desvalorizada, empobrecida- de un espacio que es la literatura argentina.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><em>El juguete rabioso<\/em> es el mejor ejemplo de las condiciones de esta lectura: historia de una apropiaci\u00f3n en el juego de los intercambios, los desv\u00edos, las sustituciones que constituyen el texto se narra el trayecto que es necesario recorrer para ganarse una escritura. El dinero financia la aventura y en los canjes que generan el relato, una cierta relaci\u00f3n con la escritura es registrada a partir de los c\u00f3digos sociales y de la clase que decretan su circulaci\u00f3n y hacen posible su uso. &#8220;Me inici\u00f3 en los deleites y afanes ele la literatura bandoleresca&#8221;: en esta frase que recuerda una lectura (primera frase de su primer libro) comienza el texto arltiano. Se trata de ver qu\u00e9 sigue a esa <em>iniciaci\u00f3n<\/em> para tratar de descifrar de qu\u00e9 modo en la pr\u00e1ctica de su escritura, Arlt propone una teor\u00eda de la literatura donde un espacio de lectura y ciertas condiciones de producci\u00f3n son exhibidos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>II. Cr\u00edtica a la lectura liberal<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Desde el principio, Astier act\u00faa los efectos acumulados de una lectura (&#8220;Yo ya hab\u00eda le\u00eddo los cuarenta y tantos tomos que el vizconde Ponson du Terrail escribiera acerca del hijo adoptivo de mam\u00e1 Fipart, el admirable Rocambole, y aspiraba a ser un bandido de alta escuela&#8221;): su experiencia es la repetici\u00f3n de un texto que a cada momento es necesario tener presente. Este canje entre lectura y experiencia hace avanzar la narraci\u00f3n: en el camino de su aprendizaje, para enfrentar los riesgos, se sostiene de la literatura. Llueve la noche de su primer robo, pero alguien recuerda: &#8220;Mejor. Estas noches agradaban a Montparnasse y a Tenardhier. Tenardhier dec\u00eda: M\u00e1s hizo Juan Jacobo Rousseau&#8221;, etc.; al probar sus conocimientos de f\u00edsica frente a los militares: &#8220;Y en aquel instante antes de hablar, pens\u00e9 en los h\u00e9roes de mis lecturas predilectas y la catadura de Rocambole, del Rocambole con gorra visera de hule y sonrisa canalla en la boca torcida, pas\u00f3 por mis ojos incit\u00e1ndome al desparpajo y a la actitud heroica&#8221;; por fin, cuando vacila antes de delatar al Rengo: &#8220;En realidad soy un locoide con ciertas mezclas de pillo; pero Rocambole no era menos: asesinaba, y yo no asesino&#8221; etc. Robar, inventar, delatar: nudos en el aprendizaje de Astier, momentos de viraje en la estructura de la novela, en los tres casos hay un pasaje, un cierto proyecto -fracasado\u2014 que se realiza desde la literatura. Frente a cada movimiento del relato, otro relato le\u00eddo, sirve de apoyo. Vigilado en ese otro texto, Astier reconoce el eco &#8220;ya vivido&#8221; de una lectura: no hay otra iniciaci\u00f3n que \u00e9sa, repetici\u00f3n que en el escenario falsificado de la literatura permite representar el efecto de los textos le\u00eddos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En este caso, el exceso de una cierta lectura, m\u00e1s que fundar una legibilidad -como en el ejemplo cl\u00e1sico de<em> El Quijote<\/em>-decide los derechos &#8220;legales&#8221; para acceder a la propiedad de la literatura. Por un lado, una relaci\u00f3n muy particular sostiene la lectura y la hace posible: Astier debe alquilar los libros para poder leer (&#8220;Por algunos centavos de inter\u00e9s me alquilaba sus libracos&#8221;). En ese pr\u00e9stamo se paga el inter\u00e9s por la literatura: financiada, alquilada, la lectura nunca es gratuita. Al mismo tiempo, el dinero no alcanza para tener los textos, se costea con \u00e9l cierto tiempo de lectura. Esta posesi\u00f3n, provisoria, es un simulacro de la propiedad (&#8220;Observando que le llevaba un libro me gritaba a modo de advertencia: &#8216;Cuidarlo ni\u00f1o que dinero cuesta'&#8221;) lectura vigilada, en los &#8220;cuidados&#8221; que requiere la propiedad se advierte la carencia. Despose\u00eddo, Astier buscar\u00e1 legitimar la posesi\u00f3n a trav\u00e9s del desv\u00edo, imaginario, de la literatura. (&#8220;No recuerdo por medio de qu\u00e9 sutilezas y sinrazones llegamos a convencernos de que robar era acci\u00f3n meritoria y bella&#8221;). Rocambole, doble literario, le sirve de modelo en apropiaci\u00f3n m\u00e1gica y sin ley. Delito privilegiado, &#8220;acci\u00f3n bella&#8221;, crimen literario, transgresi\u00f3n que enlaza experiencia y dinero, el robo es la met\u00e1fora misma de la lectura arltiana. Se roba como se lee, mejor: robar es como leer. No es casual que en la primera acci\u00f3n del &#8220;club de los caballeros de la medianoche&#8221; se roben: libros. &#8220;Trat\u00e1bamos <em>nada menos<\/em> (subrayo yo) que de despojar a la biblioteca de una escuela&#8221;. Si hay que pagar para (poder) leer, el inter\u00e9s por la literatura justifica el costo del delito: \u00bfse roba porque se ley\u00f3 o se roba para leer?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Legalidad y coacci\u00f3n social: la biblioteca<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8220;Sacando los vol\u00famenes los hoje\u00e1bamos, y Enrique que era algo sabedor de precios dec\u00eda: &#8216;No vale&#8217; o &#8216;Vale&#8217;. \u00bfY esto? \u00bfC\u00f3mo se llama? Charles Baudelaire. Su vida. Parece una biograf\u00eda. No vale nada&#8221;. Toda la escena funciona, en realidad, como una lectura econ\u00f3mica de la literatura: es el precio quien decide el valor y esta inversi\u00f3n viene a afirmar que no hay un sistema de valor independiente del dinero. Al mismo tiempo se roba &#8220;<em>nada menos<\/em>&#8221; que una biblioteca, es decir, ese lugar que parece estar afuera, m\u00e1s all\u00e1 de la econom\u00eda, zona neutra donde la lectura &#8220;al alcance de todos&#8221; se realiza contra las leyes de la apropiaci\u00f3n capitalista. En este sentido, la met\u00e1fora del robo muestra, en el acceso ilegal, que este espacio a primera vista tan abierto, est\u00e1, sin embargo, clausurado: por de pronto hay que forzar &#8220;<em>cuidadosamente<\/em>&#8221; la entrada (v\u00e9ase p. 57). Infranqueable, bloqueada, para Arlt, la biblioteca no es el lugar pleno de la cultura, sino el espacio de la carencia. &#8220;Lila para no gastar en libros tiene que ir todos los d\u00edas a la biblioteca&#8221;. La falta de dinero impide tomar posesi\u00f3n de los libros salvo a pr\u00e9stamo, en el plazo fijo de una lectura vigilada. Al invadir para robar, Astier hace entrar en ese espacio &#8220;gratuito&#8221;, un inter\u00e9s (econ\u00f3mico) por la literatura que se funda justamente en la toma de posesi\u00f3n (&#8220;Che, sabes que es hermos\u00edsimo, me lo llevo para casa&#8221;, dice Astier refiri\u00e9ndose a la biograf\u00eda de Baudelaire). El precio interfiere en el acceso a &#8220;la belleza&#8221;: s\u00f3lo en el desv\u00edo de esta apropiaci\u00f3n ilegal es posible tener un texto. En este sentido toda la situaci\u00f3n puede ser le\u00edda como una cr\u00edtica a la lectura liberal; no hay lugar donde el dinero no llegue para criticar el valor en el precio. Signo de toda posesi\u00f3n, garantiza la legibilidad, es decir, la posibilidad misma de acceder a la literatura. De all\u00ed que, en el vaiv\u00e9n entre el pr\u00e9stamo y el alquiler, el robo funciona como esa lectura que debe pagar con el delito, la inversi\u00f3n de un cierto c\u00f3digo cultural.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Precisamente, el mito liberal de la biblioteca p\u00fablica intenta sublimar la violencia de esta apropiaci\u00f3n; se repite, perfeccionada, la operaci\u00f3n que en el mercado, borra las relaciones de producci\u00f3n y la lucha de clases, para imaginar una relaci\u00f3n de libre concurrencia entre propietarios en un pie de igualdad. Hace falta admitir que las &#8220;necesidades&#8221; (en este caso econ\u00f3micas) est\u00e1n distribuidas equitativamente: en cuanto a los medios para satisfacerlas, la biblioteca ser\u00eda ese espacio socializado, propiedad colectiva de acceso libre que garantiza la posibilidad de una lectura universal. La biblioteca vendr\u00eda a disolver la propiedad poniendo la cultura como un bien com\u00fan a disposici\u00f3n de todos los lectores. De hecho este bien com\u00fan, igual que otros &#8220;bienes comunes&#8221; (entre ellos el lenguaje) est\u00e1 desigualmente repartido. Es el acceso a la lectura lo que est\u00e1 trabado por el dinero (esto es, las relaciones de producci\u00f3n expresadas por el dinero). Toda lectura es una apropiaci\u00f3n que se sostiene en ciertos c\u00f3digos de clase: la legibilidad no es transparente y la &#8220;literatura&#8221; s\u00f3lo existe como &#8220;bien simb\u00f3lico&#8221; (aparte de su car\u00e1cter de bien econ\u00f3mico) para quien posee los medios de apropi\u00e1rsela, es decir, de descifrarla. Es esta propiedad lo que se trata de ocultar, disimulando la coacci\u00f3n que las clases dominantes ejercen para imponer como &#8220;naturales&#8221; las condiciones sociales que definen la lectura. El &#8220;gusto literario&#8221; (del que habla Bianco) no es gratuito: se paga por \u00e9l y el inter\u00e9s por la literatura es un inter\u00e9s de clase. En este sentido, para Astier en toda la novela, no hay otro &#8220;delito&#8221; que ese inter\u00e9s por la literatura: deuda que perpetuamente hay que saldar, no habiendo t\u00edtulo que lo legitime, el mismo acto de leer ya es culpable.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8220;Cierto atardecer mi madre me dijo: &#8216;Silvio es necesario que trabajes&#8217;. Yo que le\u00eda un libro junto a la mesa levant\u00e9 los ojos mir\u00e1ndola con rencor. Pens\u00e9: trabajar, siempre trabajar&#8221;. Esta interrupci\u00f3n (que el texto registra varias veces) ordena uno de los vaivenes del relato: conecta simb\u00f3licamente con el robo y la aventura, la lectura es el reverso de la producci\u00f3n. El trabajo, destino que el dinero hace presente, es lo que se trata de negar: &#8220;No hable de dinero, mam\u00e1, por favor. No hable, c\u00e1llese&#8221;. Silencio forzado, para acceder &#8220;sin interrupciones&#8221; a la lectura hay que olvidar la realidad: y a la inversa, en &#8220;los deleites y afanes de la literatura&#8221; se sostiene -imaginariamente- el desv\u00edo que lo aleja de su clase.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A esta altura se produce una cierta transacci\u00f3n que define un nuevo movimiento del relato: despu\u00e9s de algunas vacilaciones Astier se decide, ir\u00e1 a trabajar. Tratar\u00e1, sin embargo, de no perder el sentido de esa b\u00fasqueda que marca su iniciaci\u00f3n: &#8220;en una librer\u00eda, <em>mejor dicho<\/em> (subrayo yo) en una casa de compra y venta de libros usados&#8221;. Alquilar, robar, vender libros: en la aventura de esta ambigua relaci\u00f3n con la propiedad, <em>El juguete rabioso<\/em> va definiendo el camino de su propia g\u00e9nesis.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Libros usados: entre el sacrilegio y el consumo <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8220;El local era m\u00e1s largo y tenebroso que el antro de Trofonio. Donde se miraba hab\u00eda libros: libros en las mesas formadas por tablas encima de caballetes, libros en los mostradores, en los rincones, bajo las mesas y en el s\u00f3tano&#8221;. Espacio degradado, este &#8220;sal\u00f3n inmenso, atestado de vol\u00famenes&#8221; es el lugar mismo de la apropiaci\u00f3n capitalista: el dinero establece el orden y regula la lectura. En esta acumulaci\u00f3n confusa la lectura, regida por la ley de la oferta y la demanda, pierde su aire privado: desvalorizados, los textos ya &#8220;usados&#8221; son sometidos a un canje indiscriminado donde todo se mezcla. Opuesto al orden suntuoso de la biblioteca (&#8220;Majestuosas vitrinas a\u00f1ad\u00edan un decoro severo y tras los cristales, en los lomos de cuero, de tela y de pasta, reluc\u00edan las guardas arabescas y t\u00edtulos dorados de tejuelos&#8221;) este lugar al que vienen a parar los restos de una cultura es el espacio donde se realiza la lectura de Astier. Agravaci\u00f3n grotesca del inter\u00e9s por la literatura que se viene pagando desde el comienzo, no es casual que uno de sus trabajos sea tocar &#8220;un cencerro&#8221; para despertar el inter\u00e9s de los clientes. Es un cierto modo de tratar la lectura lo que Arlt pone en escena y en el exceso de esta oferta desesperada la literatura se extingue.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aparece m\u00e1s claro, entonces, el gesto l\u00edmite con el que Astier cierra este circuito de apropiaci\u00f3n: &#8220;sin vacilar, cogiendo una brasa, la arroj\u00e9 al mont\u00f3n de papeles que estaba en la orilla de una estanter\u00eda cargada de libros&#8221;. Busca incendiar la librer\u00eda, es decir, <em>consumirla<\/em>: al provocar la extinci\u00f3n reconoce su imposibilidad de poseer. &#8220;El acto de consumo -ha escrito Baudrillard- no es s\u00f3lo una compra sino tambi\u00e9n un gasto, es decir, una riqueza manifestada y una destrucci\u00f3n manifiesta de la riqueza.&#8221; En Astier, como vimos, ninguna &#8220;riqueza&#8221; puede manifestarse: alquilar, robar, vender, nunca llega a ser el propietario leg\u00edtimo. Los libros est\u00e1n en sus manos, pero no le pertenecen: intento de consumir lo que no se puede tener, la decisi\u00f3n de incendiar la librer\u00eda es el paso final en esta desposesi\u00f3n. Acto suntuario, lujoso, en el incendio, la riqueza es negada; esta transgresi\u00f3n reproduce, exasperando, el acto capital de la sociedad que lo excluye: consumo gratuito, sacrificio, se destruye para tener.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>El fuego y el robo<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En este sentido, el intento de quemar la librer\u00eda es hom\u00f3logo al robo de la biblioteca. Dos caras de una misma moneda, estos lugares son espacios simult\u00e1neos de una sola lectura: la biblioteca acomoda lo que el mercado desordena y su pr\u00e9stamo legal, sublima el canje brutal que se desencadena en las casas &#8220;de compra y venta&#8221;. Del orden al desorden, la literatura circula regida por las leyes de la apropiaci\u00f3n capitalista: al robar la biblioteca, Astier niega toda separaci\u00f3n, lleva el precio a donde el valor dice reinar fuera de la econom\u00eda. A la vez, quemar la librer\u00eda es consumir &#8220;gratuitamente&#8221; ese lugar desvalorizado, donde los libros &#8220;usados&#8221;, s\u00f3lo valen lo que se paga por ellos, en el canje que decide el precio. Se hace entrar, violentamente, el inter\u00e9s econ\u00f3mico al recinto desinteresado de una lectura gratuita y se intenta destruir el lugar mismo donde el dinero, en el intercambio, se hace visible y act\u00faa como una cierta lectura. Se produce una exasperaci\u00f3n de la ley que rige, en secreto, la apropiaci\u00f3n: el robo parece ser el momento l\u00edmite del alquiler simb\u00f3lico de la biblioteca y a su vez el incendio cierra el consumo indiscriminado, salvaje, de la librer\u00eda de usados.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Un desplazamiento que podr\u00edamos llamar &#8220;perverso&#8221; recorre todo el procedimiento: es &#8220;normal&#8221; robar una librer\u00eda donde se puede encontrar el dinero y se conoce (desde Erostrato hasta las pesadillas borgeanas) el mito de la biblioteca incendiada. En ese caso se respeta cierto orden: se busca el dinero donde se sabe que est\u00e1 y en el incendio se destruyen, simb\u00f3licamente, los c\u00f3digos de una cultura. En Arlt, las cosas son distintas: no busca negar, sino invertir: del mismo modo que el robo afirma la propiedad, el incendio es un intento -desesperado- de posesi\u00f3n. Contraeconom\u00eda fundada en la p\u00e9rdida y en la deuda, en el incendio se busca destruir el fantasma del precio, la presencia de la econom\u00eda que desordena la literatura; y el robo de la biblioteca hace saber que el espacio simb\u00f3lico de la literatura est\u00e1 prohibido para el que no tiene dinero.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Si robar una biblioteca es llamar la atenci\u00f3n sobre las clausuras que encierran a una lectura en los c\u00f3digos de clase, incendiar los libros usados es querer hacer ver bajo esa luz brutal, en el precio el misterio del valor. As\u00ed, el robo es la met\u00e1fora de una lectura ilegal, desacreditada, que en la transgresi\u00f3n encuentra acceso y posibilidad de apropiaci\u00f3n; mientras que en el intento de incendiar la librer\u00eda el fuego vendr\u00eda a echar luz para ayudar a ver -y a destruir simb\u00f3licamente- el mal (econ\u00f3mico) que disuelve la cultura. Actos sacr\u00edlegos, doble inversi\u00f3n de los valores de la cultura y la riqueza, en este desv\u00edo hacia la prohibici\u00f3n se encuentra la g\u00e9nesis misma de la escritura de Roberto Arlt.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>III. En busca del texto perdido<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Como el robo, el incendio fracasa: acto fallido marca el final de este circuito de apropiaci\u00f3n. Para encontrar el pasaje que de la transgresi\u00f3n, lleva a la ley y a la escritura, hay que detenerse en la escena clave del libro, en el momento en que Astier, hacia el final, decide delatar al Rengo. &#8220;En realidad -no pude menos que decirme- soy un locoide con ciertas mezclas de pillo; pero Rocambole no era menos: asesinaba&#8230; yo no asesino. Por unos cuantos francos le levant\u00f3 falso testimonio a &#8216;pap\u00e1&#8217; Nicolo y lo hizo guillotinar. A la vieja Fipart que le quer\u00eda como una madre la estrangul\u00f3 y mat\u00f3&#8230; mat\u00f3 al capit\u00e1n Williams, a quien \u00e9l deb\u00eda sus millones y su marquesado. \u00bfA qui\u00e9n no traiciono \u00e9l?&#8221;. Una vez m\u00e1s el delito se apoya en la literatura: todo es posible si una legibilidad da las razones. La traici\u00f3n de Rocambole le hace posible otras traiciones, las legaliza. En este caso, adem\u00e1s, la transgresi\u00f3n es ambigua: al impedir el robo se ayuda a encarcelar a un &#8220;delincuente&#8221;, se defiende la propiedad. Hay un c\u00f3digo doble y el repudio moral (&#8220;\u00bfpor qu\u00e9 ha traicionado a su compa\u00f1ero? y sin motivo. \u00bfNo le da verg\u00fcenza tener tan poca dignidad a sus a\u00f1os?&#8221;, le dice el ingeniero a quien avisa del robo) no hace m\u00e1s que afirmar el car\u00e1cter legal de este acto socialmente &#8220;positivo&#8221;: nueva inversi\u00f3n, Astier hace el mal por el bien, y en la confesi\u00f3n, el relato anticipa el crimen, legaliz\u00e1ndose.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">De este modo Astier queda -como en toda la novela- atrapado en esa ambig\u00fcedad que constituye el centro de su aprendizaje. Antes, como vimos, la literatura sosten\u00eda la entrada del delito, en este caso, se sale del delito por la literatura. En el momento de delatar, Astier fija &#8220;los ojos en una biblioteca llena de libros&#8221;: frente a esa biblioteca la iniciaci\u00f3n se cierra y comienza su relato. Relato del crimen, al anticipar el robo, constituye un destino (&#8220;El Rengo fue detenido a las nueve de la noche&#8221;) para que act\u00fae la ley. En este sentido, podr\u00edamos decir que la delaci\u00f3n es la expresi\u00f3n misma de la escritura arltiana: se trata de decirlo todo y esa &#8220;sinceridad&#8221; hace de la confesi\u00f3n una forma privilegiada de la literatura. &#8220;Al escribir mis memorias&#8221; dice Astier al comienzo: memoria de una lectura y sus dificultades en el juego de las sustituciones, los canjes, las p\u00e9rdidas, <em>El juguete rabioso<\/em> exhibe -oculto en las met\u00e1foras que lo encubren- ese trabajo que empieza cuando todo termina. Como el objeto perdido del que habla el psicoan\u00e1lisis, lo encontramos en todos lados sin reconocerlo en ninguna parte. &#8220;Busco un poema que no encuentro&#8221;, dice Astier: cargada de referencias literarias, dividida en cap\u00edtulos cuyos t\u00edtulos (&#8220;Los ladrones&#8221;, &#8220;Judas Iscariote&#8221;, &#8220;Los trabajos y los d\u00edas&#8221;) son citas de otros libros, el relato muestra las huellas de esa b\u00fasqueda. En el recuerdo del fragmento de Ponson du Terrail que hace posible la delaci\u00f3n, el texto, se detiene para registrar el momento en que la transgresi\u00f3n se realiza en el lenguaje: en esa cita doble (con la literatura, con la ley) la historia se cierra sobre s\u00ed misma y la novela puede ser escrita. O mejor, en el doble juego de los textos citados (el relato del robo, el texto de Rocambole), texto en el texto, relato en el relato, nace la posibilidad misma de escribir. En este sentido, habr\u00eda que decir que en este libro no hay otro juguete rabioso que la literatura.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por otro lado, un procedimiento se perfecciona: la lectura que sirve de apoyo a la experiencia se hace visible, se cristaliza hasta terminar apoy\u00e1ndose en un texto. &#8220;De pronto record\u00e9 con nitidez asombrosa este pasaje: Rocambole olvid\u00f3 por un momento sus dolores f\u00edsicos. El preso cuyas espaldas estaban acardenaladas por la vara del capataz, se sinti\u00f3 fascinado: pareci\u00f3le ver desfilar a su vista como un torbellino embriagador, Par\u00eds, los Campos El\u00edseos, el Bulevar de los Italianos, todo aquel mundo deslumbrador de luz y de ruido en cuyo seno hab\u00eda vivido antes&#8221;. La lectura constituye una escritura, define otro texto en el texto. Esta cita a la vez muestra el momento en el que se escribe una lectura, marca una propiedad y legitima una traici\u00f3n. A su vez, la delaci\u00f3n, crimen parasitario que debe injertarse en otro crimen, es tambi\u00e9n una cita: con la ley, con la justicia. Se comprende, ahora, el desv\u00edo de Astier: citar es tomar posesi\u00f3n de un texto, esta apropiaci\u00f3n por fin legal, se ha fundado en el delito: al delatar, Astier no hace otra cosa que &#8220;literatura&#8221;.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>Escribir una lectura<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Lugar donde se intercambian los libros &#8220;usados&#8221;, la cita marca el pasaje de la lectura a la escritura: consumo productivo, se trata no ya de leer, sino de escribir esa lectura. En el caso de Astier el rodeo de su acceso (alquilar, robar, vender, incendiar) ha devaluado su apropiaci\u00f3n: en el texto &#8220;pobre&#8221; de Ponson se leen al mismo tiempo, las dificultades de una lectura y sus protocolos. De todos modos, esta lectura desacreditada es su \u00fanico respaldo para poder garantizar una escritura: no s\u00f3lo porque marca \u2014como vimos\u2014 el momento en que esa lectura se constituye en texto, sino porque adem\u00e1s, releyendo la cita, se encuentra, junto con los signos de la lectura cuyas desventuras hemos recorrido (literatura &#8220;barata&#8221;, follet\u00edn, delito) el r\u00e9gimen mismo de su estilo. &#8220;Acardenaladas, pareci\u00f3le, torbellino embriagador, mundo deslumbrador&#8221;: en realidad, detr\u00e1s de ese lenguaje crispado se ve aparecer al mismo Arlt. Estilo sobreactuado, de traductor, alude continuamente a ese otro texto en el que nace y por momentos es su propia parodia: en este sentido habr\u00eda que decir que cuando Arlt confiesa que escribe mal, lo que hace es decir que escribe desde donde ley\u00f3 o mejor, desde donde pudo leer. As\u00ed, &#8220;las horribles traducciones espa\u00f1olas&#8221; de las que habla Bianco son el espejo donde la escritura de Arlt encuentra &#8220;los modelos&#8221; (Sue, Dostoievski, Ponson, etc.) que quiere leer. Esta interferencia, se\u00f1ala los l\u00edmites de un espacio de lectura del que la cita de Rocambole es apenas una marca.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No es casual que en esta apropiaci\u00f3n degradada las palabras lunfardas se citen en comillas: idioma del delito, debe ser se\u00f1alado al ingresar en la literatura. En este sentido, Arlt act\u00faa incluso como un &#8220;traductor&#8221; y las notas al pie explicando que &#8220;jetra&#8221; quiere decir &#8220;traje&#8221;, o &#8220;yuta&#8221;, &#8220;polic\u00eda secreta&#8221; son el signo de una cierta posesi\u00f3n. Si como se\u00f1ala Jakobson, el biling\u00fcismo es una relaci\u00f3n de poder a trav\u00e9s de la palabra, se entienden las razones de este simulacro: \u00e9se es el \u00fanico lenguaje cuya propiedad Arlt puede acreditar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A la inversa, en la escena con la &#8220;mantenida&#8221; a la que Astier le lleva &#8220;un paquete de libros&#8221;, el lenguaje se enlaza con la prohibici\u00f3n y la p\u00e9rdida. Inaccesible, ajena, esa mujer que habla franc\u00e9s y de pronto lo besa sin que Astier alcance a comprender, est\u00e1 &#8220;en otro mundo&#8221;. Esa distancia que el idioma remarca es una distancia de clase: se trata como siempre del acceso -prohibido, culpable- a la &#8220;belleza&#8221; y en este caso el lenguaje sirve de soporte al deseo y a la propiedad. Los di\u00e1logos en franc\u00e9s pasan a ser las marcas &#8220;incomprensibles&#8221; de la sexualidad y la riqueza, en el mismo sentido que -por ejemplo\u2014 las frases en italiano (&#8220;strunsso, la vita e denaro&#8221;) convocan el universo de la necesidad y el trabajo. En esto Arlt se maneja en una direcci\u00f3n homologa al sa\u00ednete y al grotesco: palabras en italiano, en idisch, en franc\u00e9s, en alem\u00e1n, en el relato el idioma extranjero es tratado -al igual que el lunfardo\u2014 como si fuera un jerga de clase que remite a las relaciones sociales. Es esta estratificaci\u00f3n la que el lenguaje vac\u00edo, sintagm\u00e1tico de la traducci\u00f3n viene a cubrir, clich\u00e9s, lugares comunes, en el vocabulario y los giros &#8220;literarios&#8221; de la traducci\u00f3n, Arlt encuentra un lenguaje escrito a partir del cual construir \u2014en la lectura- su &#8220;propia&#8221; escritura. Apropiaci\u00f3n de la literatura, lectura escrita, la traducci\u00f3n define, un cierto espacio de lectura donde el texto de Arlt encuentra un lugar que lo condiciona y lo descifra.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><strong>El escritor fracasado<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Escritura que paga en &#8220;condiciones bastante desfavorables&#8221; la deuda de su origen, en \u00faltima instancia, en Arlt el fracaso es el \u00fanico que permite realizar el deseo ileg\u00edtimo, &#8220;imposible&#8221;, de escribir. Por un lado, Astier encuentra la literatura en la transgresi\u00f3n y el delito. Al mismo tiempo, entre la vida de Baudelaire, poeta maldito, que &#8220;no vale nada&#8221; cuyos &#8220;hermos\u00edsimos versos&#8221;, expropiados durante el robo a la biblioteca, tambi\u00e9n sufren la devaluaci\u00f3n del traductor (&#8220;Yo te adoro <em>al igual que de<\/em> la b\u00f3veda nocturna&#8221;, subrayo yo); y la visita del poeta parroquial, elogiado en Time, traducido al italiano, frente a quien Astier admite -por \u00fanica vez en toda la novela- su relaci\u00f3n con la literatura (&#8220;\u00bfEscribe? S\u00ed, prosa&#8221;, v\u00e9ase en este mismo n\u00famero de Los libros, p. 20), el relato va construyendo una cierta met\u00e1fora del escritor: en todos la &#8220;raz\u00f3n de ser&#8221; es el fracaso y este destino, &#8220;inevitable&#8221;, culmina con el cuento del Escritor fracasado. En este sentido habr\u00eda que decir que en esa historia se cierra el proyecto de escritura cuya g\u00e9nesis narra <em>El juguete rabioso<\/em>: Los dos textos pueden ser le\u00eddos como un solo relato en el que &#8220;los deleites y afanes de la literatura&#8221; se realizan en la destrucci\u00f3n y la p\u00e9rdida, en esa &#8220;nada infinita&#8221; que concluye el relato.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por un lado, para Arlt el fracaso es la condici\u00f3n misma de escritura, pero a la vez -en el rev\u00e9s de la trama -se entiende que la visita al poeta parroquial, haya sido sustituida en versi\u00f3n final de El juguete rabioso por el encuentro con Vicente T. Souza, experto en &#8220;ciencias ocultas y dem\u00e1s artes teos\u00f3ficas&#8221;. El canje sustituye al poeta por el mago: los dos cap\u00edtulos tiene la misma estructura y el mismo sentido &#8220;inici\u00e1tico&#8221;, pero el desplazamiento viene a resolver imaginariamente las dificultades concretas, que marcan los l\u00edmites sociales de una pr\u00e1ctica. De este modo, paralelamente se puede encontrar en Arlt una propuesta del escritor como ladr\u00f3n, delator, inventor, poeta maldito (una mezcla de Edison, Rocambole, Napole\u00f3n y Baudelaire) que est\u00e1 m\u00e1s all\u00e1 del bien y la raz\u00f3n. Acceso m\u00e1gico a la belleza y al lenguaje, negaci\u00f3n de las determinaciones del trabajo y del dinero, en esta imagen invertida se hacen ver, justamente, las prohibiciones y las carencias que el relato describe al narrar los tropiezos de su propia gestaci\u00f3n. Esta ambig\u00fcedad define la ideolog\u00eda literaria de Roberto Arlt: en el vaiv\u00e9n entre la omnipotencia y el fracaso una cierta significaci\u00f3n imaginaria hace a la vez, de la riqueza y de la p\u00e9rdida, el s\u00edmbolo de la escritura. \u00bfQu\u00e9 hay que tener para poder escribir?: puesta en escena de una literatura y de sus condiciones el relato de Arlt no hace otra cosa que repetir esa pregunta que le da lugar. &#8220;\u00bfQu\u00e9 era mi obra? \u00bfExist\u00eda o no pasaba de ser una ficci\u00f3n colonial, una de esas pobres realizaciones que la inmensa sandez del terru\u00f1o endiosa a falta de algo mejor?&#8221;, esta duda del Escritor fracasado, remite directamente a los c\u00f3digos de lectura que al decidir el valor y la propiedad de &#8220;lo literario&#8221;, permiten explicar la fatalidad social de un fracaso inevitable.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">S\u00edntoma de esas circunstancias, en el trayecto de Astier se narra las interferencias que se sufre, desde una determinada clase, para <em>llegar<\/em> a la escritura; al mismo tiempo en el texto se van definiendo las condiciones de producci\u00f3n de una literatura. Condiciones de producci\u00f3n, c\u00f3digos de lectura, es esta relaci\u00f3n la que ahora es preciso reconstruir para encontrar -en el pasaje de la traducci\u00f3n a la legibilidad- el nudo de esa situaci\u00f3n particular a partir de la cual se ordena el sistema literario en la Argentina: la dependencia.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Por <strong>Ricardo Piglia<\/strong><\/p>\n<p>Extra\u00eddo de la revista argentina Los Libros, n\u00ba29, marzo-abril de 1973, archivada y digitalizada gracias a AHIRA, a quienes agradecemos enormemente.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>I. La escritura desacreditada En el pr\u00f3logo a Los lanzallamas Arlt se hace cargo de las condiciones de producci\u00f3n de su literatura: puesta en escena de la situaci\u00f3n material en la que se genera un relato, este texto intenta definir el lugar desde donde se quiere ser le\u00eddo. 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