{"id":1917,"date":"2021-04-05T03:10:29","date_gmt":"2021-04-05T06:10:29","guid":{"rendered":"http:\/\/revistaoropel.cl\/?p=1917"},"modified":"2021-04-06T07:15:17","modified_gmt":"2021-04-06T10:15:17","slug":"el-secreto-de-los-confines","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2021\/04\/05\/el-secreto-de-los-confines\/","title":{"rendered":"El secreto de los confines"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">A las cuatro cerraban el bar, y el reloj, ese antiguo de la Orange Crush que lleva treinta a\u00f1os colgado en ese antro, nos indic\u00f3 que faltaban cinco minutos y a\u00fan esper\u00e1bamos que el Rulo volviera del ba\u00f1o. Con lo que le costaba mear, dos minutos eran, con suerte, poco tiempo. \u00a1Dios m\u00edo, las que armaba en aquella \u00e9poca! Infaltable e inamovible pasaba la noche entera contando an\u00e9cdotas, cu\u00e1l de todas m\u00e1s fantasiosa. En fin, para que todos la pas\u00e1ramos bien, le dec\u00edamos que s\u00ed y lo alent\u00e1bamos: \u201cAp\u00farate, Rulo, ya van a cerrar y queremos seguir escuchando\u201d. El viejo, que para algunas cosas era sordo y para otras no, respond\u00eda \u201cya voy, p\u00eddanme otra y les cuento la \u00faltima&#8221;. Nosotros re\u00edamos a carcajadas. \u201c\u00a1Haz sonar ese g\u00fcater, Rulo!\u201d, pero el pobre viejo, nada, segu\u00eda ah\u00ed. Demor\u00f3 m\u00e1s de cinco minutos, pero daba igual; su cerveza ya estaba servida en la mesa, esper\u00e1ndolo. Sali\u00f3 por fin del destartalado ba\u00f1o, no se lo van a creer, rodeado de papeles.\u00a0<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">Una mano le acerc\u00f3 un cigarro al Rulo; y otra, fuego. Bebi\u00f3 un poco su cerveza, haciendo el gesto de quien se ajusta una corbata, imaginaria en su caso, y se larg\u00f3:<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-weight: 400;\">\u2014\u00bfLes cont\u00e9 de esa vez en que trabaj\u00e9 de cocinero en un barco? \u2014 Un silencio se pase\u00f3 entre nosotros dibujando una expresi\u00f3n de incredulidad, y unos segundos despu\u00e9s todos re\u00edamos, aunque a esa altura cualquier comentario nos hac\u00eda cagar de risa. \u2014\u00bfDe qu\u00e9 se r\u00eden? Diez a\u00f1os navegu\u00e9. Me agarr\u00f3 el escorbuto camino a Calcuta. Llevaba dos semanas sin salir del barco, hasta que pas\u00f3 lo de los somal\u00edes. Los malditos no nos tomaron rehenes, sino que nos robaron todo, salvo un saco que hab\u00edamos olvidado por meses en la bodega y que a nadie le importaba: ol\u00eda a papa podrida y nadie se met\u00eda all\u00ed. Ni yo me acordaba. Se hab\u00edan metido por todos los rincones esos desgraciados; nos dejaron sin aguardiente, carne seca ni arroz. Deb\u00edamos hacer inventario de las cosas que quedaban. Debilitado por la enfermedad, sent\u00ed el deber de ir por el saco, mientras que con una mano sosten\u00eda un pa\u00f1o rebosante de perfume a la altura de mi nariz. Ni el m\u00e1s rudo de los navegantes aguantaba ese hedor. El piso brillaba por el l\u00edquido putrefacto que sal\u00eda de las desfiguradas papas. Un pur\u00e9 toxico y maloliente; me bast\u00f3 inhalarlo un par de segundos para sentir c\u00f3mo mis cavidades temblaban de repulsi\u00f3n. Logr\u00e9 abrirme paso entre charcos y arrastrar el saco, para finalmente sacarlo de all\u00ed. Una vez fuera, busqu\u00e9 un pa\u00f1o para retirar el polvo y notar el s\u00edmbolo borroso de un molino; era un saco de veinte kilos. No quise abrirlo, pero mientras hab\u00eda hecho el esfuerzo de sacarlo, su textura alguna informaci\u00f3n me dio. Las horas pasaron, mientras, decepcionados por el poco inventario del cual dispon\u00edamos, el resto de la tripulaci\u00f3n se esmeraba por intercambiar cosas, probando si el trueque pod\u00eda salvarnos la vida. Yo como que esa ma\u00f1ana me levant\u00e9 con un \u00edmpetu que no se ve\u00eda todos los d\u00edas. La moral del barco andaba por los suelos, estaban todos cabreados. Que te roben y te dejen sin comida es una humillaci\u00f3n. Prefer\u00eda morir de una bala, pero no, al del escorbuto d\u00e9jenlo morir lentamente, como en las pel\u00edculas. Estaban tan convencidos de que no pasaba del mes como yo de que ese saco pod\u00eda salvarnos la vida&#8230; Bueno, les dec\u00eda, me agarr\u00f3 una inspiraci\u00f3n esa ma\u00f1ana. Tom\u00e9 una carretilla, fui por el saco y sal\u00ed del barco con la esperanza de que en el camino se me ocurriera algo. De hablar con los indios, nada, pero pod\u00eda arregl\u00e1rmelas con un par de se\u00f1as. Escond\u00ed la cadenita de cruz que llevo hasta el d\u00eda de hoy y me instal\u00e9 en la entrada a hacerle se\u00f1as a la gente que pasaba. No saben lo que me cost\u00f3 indicar que eran lentejas. \u00a1S\u00ed, muchachos, lentejas! Nunca fui bueno para los idiomas. Lo m\u00edo, en esa \u00e9poca, era la cocina. Con los a\u00f1os me limit\u00e9 a viajar y a beber, trabajando de lo que fuera. De pronto, un encantador de serpientes se abr\u00eda camino entre la multitud, otro con unos canastos nos ofrec\u00eda las m\u00e1s coloridas y surtidas especias. \u00a1Esos aromas, imposible olvidarse de ellos! Ca\u00ed en cuenta de donde estaba. Sin creer lo que estaban viendo, algunos observaban mi pelo y sus formas. Mi cara, m\u00e1s blanca que la de ellos, los pon\u00eda en alerta, aunque no dejaban de hacer lo que estaban haciendo. Los m\u00e1s cobardes gritaban cosas, pero no se acercaban: quiz\u00e1s cre\u00edan que era brit\u00e1nico. No me incomodaron mayormente, algo conoc\u00eda el mundo. El calor y la humedad, para un convaleciente como yo, eran fatales. Gritaba con aires cansados, exprimiendo toda la energ\u00eda de mis pulmones: \u201c\u00a1lentejas\u2026 lentejas!\u201d, pero nada; segu\u00edan las miradas y los gestos algo inc\u00f3modos hacia el extra\u00f1o hombre blanco en el que me hab\u00eda convertido. Los ni\u00f1os que se me acercaban, con esa inocencia propia de ellos, eran inmediatamente castigados por sus padres. Prob\u00e9 algunas palabras en mi ingl\u00e9s \u201ca lo Tarz\u00e1n\u201d, pero sus caras pasaron a ser de desprecio. Se me ocurri\u00f3 que pod\u00eda sacar un pu\u00f1ado y mostrarlo. Claro, ah\u00ed me iban a entender. Mientras el blanco no se manifieste, no hab\u00eda problema. Se me ocurri\u00f3 pasearme con la carretilla, ah\u00ed, en medio de todo. Poco a poco comenc\u00e9 a sentir fatiga, as\u00ed como que era capaz de comerme las lentejas si alguien me alcanzaba una olla y me prestaba su fog\u00f3n. Mis esfuerzos por venderlas o intercambiarlas y comprar algunas cosas que nos hac\u00edan falta comenzaron a flaquear. Si hasta las cucharas nos robaron; alcanzaron a llenar sus botes con pr\u00e1cticamente todo lo que ten\u00edamos para sobrevivir en el viaje. Seg\u00fan las historias y cr\u00f3nicas que se cuentan, ellos suelen cobrar un dinero importante por sus rescates, pero esta vez parece que nos vieron cara de cajero autom\u00e1tico. Se imaginaban ellos que \u00edbamos a morir de hambre. Nadie mostraba inter\u00e9s en mis lentejas, mientras me abr\u00eda paso entre la multitud. Avanc\u00e9 hasta casi salir de ese mercadito. Y como si nada, me perd\u00ed. Lo que pintaba para una aventura y mi gran salvaci\u00f3n para la tripulaci\u00f3n se hab\u00eda ido al carajo. No pod\u00eda creerlo, tan quemado que andaba. Si me instalaba con un circo por ah\u00ed, de seguro me compraba unos enanos y despu\u00e9s crec\u00edan. \u00a1La mala suerte pa\u2019 grande! Ya se estaba oscureciendo y no me acordaba del camino de regreso. Entre tanta gente, no sabr\u00eda explicarles si me met\u00ed por otro lado o si hab\u00eda agarrado un desv\u00edo. No ten\u00eda mapa, mi br\u00fajula estaba peor que yo. Me tir\u00e9 al suelo, a sentir c\u00f3mo me cruj\u00edan las entra\u00f1as en ese extra\u00f1o y gutural acento que tiene el hambre. Me habr\u00e9 quedado dormido, no s\u00e9, quiz\u00e1s unos veinte minutos. Estaba como en un delirio. So\u00f1\u00e9 algo as\u00ed como que de nuevo me encontraba con esos somal\u00edes del carajo, pero esta vez el escorbuto no me ten\u00eda cagado. Me hac\u00eda cargo de un par y logr\u00e1bamos llegar a Calcuta. A unos los llev\u00e1bamos amarrados y otros hab\u00edan muerto en el fondo del mar. El puerto nos recib\u00eda como dioses pr\u00e1cticamente, aunque no tengo cara de elefante ni mucho menos. Fuegos artificiales, por fin los somal\u00edes eran derrotados, y por unos marinos de Sudam\u00e9rica. \u00a1La celebraci\u00f3n que se arm\u00f3!&#8230; Me figuraba navegando por esa inmensidad, visitando parajes y lugares ex\u00f3ticos, aves de extra\u00f1a forma y tama\u00f1o, ruinas ancestrales de edades indeterminadas. Viaj\u00e1bamos al Kaphil Dara, en b\u00fasqueda de un tesoro lleno de gemas. Era un sue\u00f1o, y un m\u00e9rito siendo tan solo un cocinero, pensaba&#8230; De pronto todo se diluy\u00f3, el sue\u00f1o, el mar, los paisajes, las aves sobrevolando cuerpos de piratas flotando en el mar. Despierto y las lentejas no est\u00e1n. \u201c\u00a1Soy un idiota!\u201d, pens\u00e9. \u201cMe las robaron y ni si quiera me di cuenta\u201d. Ya se estaba haciendo de noche. Pens\u00e9 que iba a morir ah\u00ed mismo. De pronto, un muchachito flaquito y moreno me toc\u00f3 el hombro. Era parecido a los que quer\u00edan jugar conmigo cuando reci\u00e9n hab\u00eda llegado al mercado. Yo, cabizbajo ah\u00ed, lloraba de mala suerte o quiz\u00e1s re\u00eda, no recuerdo bien. La raz\u00f3n me estaba abandonando. El muchacho flaco me miraba mientras se rascaba el ombligo y sus dientes blancos le iluminaban el rostro, que adem\u00e1s de sonriente, parec\u00eda querer indicarme algo. Levant\u00e9 la cabeza y me acerc\u00f3 su pu\u00f1o, del que ca\u00edan, una a una, las lentejas. Yo lo miraba pensativo, \u201cotro ratero m\u00e1s, \u00bfpor qu\u00e9 me siguen?\u201d. Solo quer\u00eda regresar a casa. El ni\u00f1o repiti\u00f3 el gesto. De pronto, una muchacha envuelta en telas multicolores que brillaban con la luz de la luna me acerc\u00f3 un poco de agua. La beb\u00ed sin cuestionarme qu\u00e9 sabor pod\u00eda tener. Los dos ni\u00f1os se miraron y rieron entre ellos. Mientras hac\u00eda esfuerzos por levantarme intent\u00e9 buscar el saco, pero las risas me distrajeron. La ni\u00f1a me ofreci\u00f3 su mano y me llev\u00f3 a la carretilla. El muchacho, que a esa altura me parec\u00eda que era su hermano, me envolvi\u00f3 en una manta y me dej\u00f3 caer lentamente al interior de esta. Intent\u00e9 indicarles que quer\u00eda m\u00e1s agua, pero sus risas no les permit\u00edan darse cuenta de mi necesidad. Entre los dos me llevaron, haciendo una pausa cada tanto. Yo insist\u00eda en que quer\u00eda agua, y el ni\u00f1o me mostr\u00f3, sonriente, el saco con un pu\u00f1ado de lentejas. Por primera vez en mucho tiempo, tambi\u00e9n sonre\u00ed.\u00a0<\/span><\/p>\n<p>Por <strong>Francisco Rojas V\u00e1squez<\/strong><\/p>\n<p>Fotograf\u00eda de Cecilia Mangini &#8211; Florencia, 1959.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A las cuatro cerraban el bar, y el reloj, ese antiguo de la Orange Crush que lleva treinta a\u00f1os colgado en ese antro, nos indic\u00f3 que faltaban cinco minutos y a\u00fan esper\u00e1bamos que el Rulo volviera del ba\u00f1o. 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