{"id":1821,"date":"2021-03-10T14:00:13","date_gmt":"2021-03-10T17:00:13","guid":{"rendered":"http:\/\/revistaoropel.cl\/?p=1821"},"modified":"2021-03-10T14:48:41","modified_gmt":"2021-03-10T17:48:41","slug":"el-sexo-de-los-libros","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2021\/03\/10\/el-sexo-de-los-libros\/","title":{"rendered":"El sexo de los libros"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\">En una habitaci\u00f3n de departamento del barrio de Balvanera, iluminada por una vela y cuyas paredes estaban cubiertas en toda su extensi\u00f3n por citas literarias al igual que una <em>cave<\/em> existencialista, yo sol\u00eda posar de lectora. Y, cualquiera fuese la posici\u00f3n que adoptase ante el libro, siempre pod\u00eda divisar la puerta donde un coraz\u00f3n dibujado con tiza encerraba los nombres de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Ese gesto digno de la historieta <em>Susy, secretos del coraz\u00f3n<\/em> no era una rareza. Es que, antes de Mayo del 68, los amores \u2013los de todos los que echaban manotazos de ahogado para encontrar im\u00e1genes soberanas en las que templar la adolescencia\u2013 estaban atravesados por el molde de ese par mesi\u00e1nico. Los <em>m\u00e9nage \u00e0 trois<\/em> aderezados por confesiones laicas que se extend\u00edan hasta la madrugada, la pose del alcohol y de la boina, el gusto considerado antiburgu\u00e9s por la oscuridad y los locales sin ventanas, me hac\u00edan acceder a una filosof\u00eda a trav\u00e9s de su parte m\u00e1s sencilla: la superficie. Virgen, me pon\u00eda del lado de una pareja abierta que no ten\u00eda nada de abierta y sol\u00eda cerrar sus fronteras tras el pase de unos pocos notables de ambos sexos, y no se enunciaba a la americana, seg\u00fan los c\u00f3digos de las comunidades de la California de los a\u00f1os sesenta, ni de los consumidores de avisos <em>swinger<\/em> o de los capitalistas libertinos del Club M\u00e9diterran\u00e9e. Yo sol\u00eda recitar, manteniendo los muslos apretados bajo mi bombacha blanca de algod\u00f3n, que para el existencialismo cada conciencia capaz de lograr su libertad es una perpetua superaci\u00f3n de s\u00ed misma hacia otras libertades. Como sab\u00eda dibujar, hac\u00eda mi caricatura vestida de presidiaria y con el pie apoyado en un ejemplar de <em>El segundo sexo<\/em>. En la pared de la celda dibujada hab\u00eda un grafiti que dec\u00eda: \u201cAmor es el compromiso de una libertad\u201d. Luego regalaba mis dibujos a mis compa\u00f1eros del nocturno, que se disputaban t\u00edmidamente el trofeo de mi himen. Me persuadieron de que Simone era \u201chomo\u201d y, como le daba verg\u00fcenza, de eso no hablaba. Yo respond\u00eda que ten\u00eda derecho a no decirlo todo. Que no se trataba de una \u00e9pica de la carne como la de Henry Miller, cuyos textos mis provocadores sol\u00edan leerme en voz alta para hacerse los libertinos pero, sobre todo, para ver si pod\u00edan calentarme.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y si <em>El segundo sexo<\/em> se fue convirtiendo para m\u00ed poco a poco en algo as\u00ed como el <em>Libro rojo<\/em> de la nueva feminidad, las autobiograf\u00edas de Simone de Beauvoir (<em>Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas <\/em>y<em> Final de cuentas<\/em>) me permit\u00edan una lectura parad\u00f3jica de la vida que a\u00fan no viv\u00eda, al mismo tiempo como una elecci\u00f3n y como una profec\u00eda. Esa historia contada en tomos voluminosos a tono con d\u00e9cadas de convulsiones pol\u00edticas, fervor de las causas y tri\u00e1ngulos amoroso con agenda \u2013viajar fuera de la ciudad con el tercero de turno, bajo la forma del amante, la hija adoptiva o la albacea espiritual, figuras que a menudo coincid\u00edan en la misma persona, parec\u00edan convertir a Par\u00eds en el sagrado lecho conyugal\u2013 hab\u00eda pretendido acercarme tanto a su autora que aprend\u00ed a tratarla sin miramientos, como a alguien que se conoce muy bien.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Me comportaba como una fan, pero sin la posibilidad de seguir a mi \u00eddola a trav\u00e9s del mundo como hac\u00edan los seguidores de los Rolling Stones, cuyos discos yo rechazaba. Estaba satisfecha de volcarme un mech\u00f3n de pelo sobre un ojo y cantar con voz aguda los temas de Juliette Gr\u00e9co. Cuando le\u00ed que durante una entrevista ella hab\u00eda declarado \u201cDebo m\u00e1s a mis o\u00eddos que a mis ojos\u201d, no me di cuenta enseguida de que esa frase podr\u00eda haber sido pronunciada por m\u00ed.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Le\u00eda, claro, para construirme una personalidad, y textos de todos los g\u00e9neros, como si fueran guiones optativos para mi futuro. Mientras en el nocturno <em>Rayuela<\/em> se propagaba como una epidemia, yo segu\u00eda prefiriendo esos mamotretos de vida existencialista. \u00bfMe atrev\u00eda a confesar que <em>me reventaba<\/em> Cort\u00e1zar? Recuerdo las risotadas que me causaron frases como \u201co vendr\u00e1s lentamente hacia m\u00ed con las u\u00f1as manchadas de desprecio\u201d, la informaci\u00f3n de que las mu\u00f1ecas duermen bien entre camisas y guantes, y la r transformada en g del Cort\u00e1zar oral, que yo asociaba al afrancesamiento y no a una imposibilidad de pronunciaci\u00f3n. Que escribiera \u201cAhora mi paredro est\u00e1 en Londres con los muy\u201d no me parec\u00eda un desaf\u00edo a la lengua, ni una monada vanguardista, sino mera idiotez, juicio que yo hac\u00eda desde ese existencialismo <em>fashion<\/em> que consist\u00eda en usar pul\u00f3veres negros de <em>morley<\/em> sobre cuyos hombros me hubieran gustado unos toques de caspa, si este elemento hubiera podido alquilarse en las casas de vestuarios teatrales. Sin embargo, adopt\u00e9 la palabra \u201cparedro\u201d para definir amistades relevables, m\u00e1s basadas en la complicidad que en la reciprocidad. La Maga me provocaba desprecio en nombre de la Ivich de Sartre, en quien cre\u00eda reconocer a Olga, la amante en com\u00fan que ten\u00edan con Simone de Beauvoir y que, en la cave, se ped\u00eda un piperm\u00edn solo para mirar el color verde adentro de la copita, reprobaba ex\u00e1menes a prop\u00f3sito porque le daba asco que el profesor mencionara a los celenterados, llamaba a un intelectual \u201cescritor de domingo\u201d y se abr\u00eda la mano con un cuchillo para poder sentir el propio cuerpo. Sin embargo, tuve largos per\u00edodos adolescentes de viajes a Montevideo donde vagabundeaba en busca de no s\u00e9 qu\u00e9 huella de La Maga, venida del tango como \u201cLa uruguayita Luc\u00eda\u201d. Muchos a\u00f1os m\u00e1s tarde, sitiada por la mitolog\u00eda cortazariana, me sorprender\u00eda que algunos amigos militantes, que hablaban en siglas como cop (clase obrera peronista) o la (lucha armada), matizaran el elogio de los fierros con el uso del g\u00edglico, esa lengua infantil que cultivaba Oliveira con La Maga. Sin embargo, rescato todav\u00eda la potencia de la palabra \u201cpetiforro\u201d. Ya empezaba a advertir, a la salida del nocturno, que en los bares se seduc\u00eda diciendo si se prefer\u00eda <em>La autopista del sur<\/em> o <em>Las babas del diablo<\/em>. En las disquer\u00edas de la calle Corrientes, sonaba la voz de Cort\u00e1zar, redundante con esa erre enrulada que se repet\u00eda sopor\u00edferamente: \u201cBeb\u00e9 Rocamadour, beb\u00e9, beb\u00e9\u201d; me resultaba casi obscena, entonces impostaba un respingo de esc\u00e1ndalo calcado del que sent\u00eda Violette Leduc cuando Jacques Cocteau pon\u00eda panza arriba a su perra y, entre balbuceos mimosos, le acariciaba el sexo. Habr\u00eda que aclarar que en esas mitolog\u00edas el ni\u00f1ismo era crucial y quiz\u00e1s la divisa antiborgeana de Cort\u00e1zar, una exploraci\u00f3n de los signos emitidos por los llamados perversos polimorfos, aunque la mu\u00f1eca compartida por \u00e9l y Alejandra fuera la aut\u00f3mata de la condesa B\u00e1thory. Y yo, a ese ni\u00f1ismo, lo criticaba con mi pesado tomo de <em>El segundo sexo<\/em> y siempre, al leer el <em>ritornello<\/em> de las calles de Par\u00eds esparcido por <em>Rayuela<\/em>, ten\u00eda en la punta de la lengua la palabra comod\u00edn: <em>colonizado<\/em>. Mientras tanto: \u00a1Qu\u00e9 argenta me resultaba Simone de Beauvoir traducida por Silvina Bullrich!<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A veces mi familiaridad con ella se volv\u00eda excesiva, ya lo dije, y llegu\u00e9 a criticarla con el pensamiento, desde una supuesta experiencia callejera alimentada por las ofertas de libros usados, llegando a verla como a una revolucionaria de escritorio que sufr\u00eda durante los ex\u00e1menes, preocupada por las cucardas acad\u00e9micas y que, bien entrada en la juventud, comulgaba obedientemente, antes de volverse atea con la misma rigidez de los fan\u00e1ticos religiosos: bien pod\u00eda leerse, en sus largas confesiones met\u00f3dicas, el halo de una penitencia que no cesa.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y qu\u00e9 discreci\u00f3n burguesa en esa familia donde jam\u00e1s se levantaba la voz y los secretos se ocultaban tras el ruido de unos cubiertos de antemano inobjetablemente alineados, mientras que en casa, <em>nosotras<\/em> \u2013mi abuela, mi madre y yo\u2013 nos grit\u00e1bamos \u201cte odio\u201d con la soltura con que se dice un \u201chasta luego\u201d y, sin ning\u00fan Dios que nos vigilara, viv\u00edamos de unos rezagos de moral de los que nos re\u00edamos a puertas cerradas. Mi abuela calificaba a alguien de \u201cputa\u201d con desgano, como si recitara una lecci\u00f3n, mi madre lo hac\u00eda para atenuar la transgresi\u00f3n social \u2013de este modo pensaba que se integraba a la sociedad\u2013 por haber hecho una carrera de Qu\u00edmica desde la nada y estar separada de su marido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En <em>Una muerte muy dulce<\/em> me escandaliz\u00f3 que la se\u00f1orita De Beauvoir se precipitara al cuidado de su madre agonizante con la filosof\u00eda del trueque luego de acordar con su hermana Poupette que se trataba de un acto de justicia, porque esta se hab\u00eda ocupado del padre agonizante mientras ella lo hac\u00eda del mundo. Tambi\u00e9n la imagin\u00e9 tomando nota de cada pa\u00f1al sucio entrevisto en mano de la enfermera, de cada grito de su madre ante las constantes perfusiones, del fr\u00edo de esos dedos a los que entrelazaba los suyos con la rigidez del desapego puritano. Todo para <em>registrar<\/em> y luego escribir.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Antes del fin, del c\u00e1ncer descubierto a destiempo, <em>madame<\/em> De Beauvoir se hab\u00eda roto el f\u00e9mur y se las hab\u00eda arreglado para yacer cerca de un tel\u00e9fono, envuelta en un bat\u00f3n de terciopelo de cotel\u00e9 rojo, como si el deber del decoro la mantuviera alerta a la edad en que el qu\u00e9 dir\u00e1n suele ceder en nombre de la comodidad. Nadie entra en su muerte de mujer sola sin el desali\u00f1o de los que ya no cuentan con testigos. Mi abuela muri\u00f3 entre sus trapos negros de campesina y en su propia cama y, muchos a\u00f1os m\u00e1s tarde, mi madre morir\u00eda, dentro de la democr\u00e1tica bata de hospital, cuando su mente ya se hab\u00eda ido lejos, pero hasta hac\u00eda poco se enorgullec\u00eda de su pinta hecha de vestuarios ajenos, y siempre hab\u00eda sido ir\u00f3nica con los dictados de la moda seguidos por sus amigas fuera de toda edad de merecer.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Si para m\u00ed Simone de Beauvoir era una especie de pariente, a mi alrededor <em>todo la hab\u00eda le\u00eddo. El segundo sexo<\/em> inst\u00f3 a Silvina Bullrich a una interpretaci\u00f3n pragm\u00e1tica y burguesa que la llev\u00f3 a promover en sus obras la independencia sexual y la voracidad profesional (\u00bfun toque de Fran\u00e7oise Sagan?). Cuando la entrevist\u00e9 en 1981, me confes\u00f3 con naturalidad que sufr\u00eda de los juanetes y que por eso el auto le era tan necesario como a un gaucho su caballo. Entonces no advert\u00ed que esa franqueza para describir la decadencia f\u00edsica y la soledad ten\u00eda la marca de la Simone de Beauvoir de <em>La ceremonia del adi\u00f3s<\/em>, cuando expon\u00eda las vicisitudes de los esf\u00ednteres y las creaciones literarias de la aterosclerosis sartreana. El fresco de una familia a trav\u00e9s de una voz, durante la fiesta de cumplea\u00f1os de su patriarca en <em>Los burgueses<\/em>, podr\u00eda haber sido aprobada por Simone de Beauvoir. Durante la entrevista, mientras se miraba en el espejo para vigilar la ca\u00edda de la falda en un vestido de crep\u00e9 georgette turquesa, se hac\u00eda corregir las tablitas del plisado por una mucama de cofia y delantal. La escena ilustraba todo lo contrario del ascetismo existencialista que permit\u00eda, sin embargo, los lujos considerados pol\u00edticos, como el huipil, trabajado con refinad\u00edsimos bordados por manos ind\u00edgenas y que obsesion\u00f3 a Simone de Beauvoir en M\u00e9xico, a ella tan austera. Nelson Algren, su amante, se lo compr\u00f3, presionando de mala manera a su due\u00f1a, una vieja india que se resist\u00eda a venderlo (nadie es todo el tiempo antisistema).<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Las lecturas de los libros de Simone de Beauvoir alentaron a Beatriz Guido a imitar en su v\u00ednculo con Leopoldo Torre Nilsson una uni\u00f3n m\u00edsticointelectual y, en sus novelas, el sello del compromiso pol\u00edtico. Ambos fueron, como sus modelos, un ide\u00f3logo de dos cabezas que, en este caso, se explay\u00f3 en pel\u00edculas donde \u00e9l preservaba el lugar dominante \u2013el de director\u2013 mientras ella, poco a poco, se iba alejando de la escritura, salvo como guionista. \u00bfSacrificio o conciencia del cine como arte de masas por sobre la literatura? Ep\u00edgono m\u00e1s o menos original, Beatriz se rebel\u00f3 contra su modelo que ligaba la verdad a la sinceridad, cuando hizo de la mentira un g\u00e9nero literario que cultivaba con pasi\u00f3n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Por\u00a0<strong>Mar\u00eda Moreno<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft wp-image-1822 size-medium\" src=\"https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2021\/03\/Contramarcha-Frontal-203x300.jpg\" alt=\"\" width=\"203\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2021\/03\/Contramarcha-Frontal-203x300.jpg 203w, https:\/\/revistaoropel.cl\/wp-content\/uploads\/2021\/03\/Contramarcha-Frontal.jpg 679w\" sizes=\"auto, (max-width: 203px) 100vw, 203px\" \/>Este extracto corresponde al \u00faltimo libro escrito y publicado por Mar\u00eda Moreno, primero en la editorial argentina Ampersand el 2020 y luego en la editorial chilena Alquimia el presente a\u00f1o.<\/p>\n<p>Contramarcha<br \/>\nMar\u00eda Moreno<br \/>\nAmpersand 2020, Alquimia 2021.<br \/>\n184 pp.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En una habitaci\u00f3n de departamento del barrio de Balvanera, iluminada por una vela y cuyas paredes estaban cubiertas en toda su extensi\u00f3n por citas literarias al igual que una cave existencialista, yo sol\u00eda posar de lectora. 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