{"id":1061,"date":"2019-10-14T19:54:52","date_gmt":"2019-10-14T22:54:52","guid":{"rendered":"http:\/\/revistaoropel.cl\/?p=1061"},"modified":"2019-10-14T19:55:17","modified_gmt":"2019-10-14T22:55:17","slug":"recorrido-de-una-mancha","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistaoropel.cl\/index.php\/2019\/10\/14\/recorrido-de-una-mancha\/","title":{"rendered":"Recorrido de una mancha"},"content":{"rendered":"<p>El cuerpo de Josefa es peque\u00f1o en comparaci\u00f3n con su cabeza. Al momento de nacer, la partera dec\u00eda que la ni\u00f1ita ten\u00eda pinta de ser prematura, pero la compa\u00f1era le dec\u00eda que no, que todas las fechas hab\u00edan resultado bien. Tiene completito los 9 meses, sali\u00f3 cabezona nom\u00e1s. Pero con el pasar de los d\u00edas, tanto los brazos, las piernas junto con el t\u00f3rax, se fueron expandiendo a paso lento, sobre todo por las noches. Su padre, en las horas de insomnio, cree ver c\u00f3mo la piel de la ni\u00f1a se estira lentamente mientras duerme arropada bajo las s\u00e1banas de su peque\u00f1a cuna. Josefa tiene dos lunares peque\u00f1os, uno en el antebrazo derecho y otro en el muslo izquierdo. Rodrigo acostumbra tomar una c\u00e1mara y graba con cuidado las manchas cut\u00e1neas de su hija, luego pasa las grabaciones a su computadora y se queda observando el avanzar del tiempo a c\u00e1mara lenta. Los lunares se extienden como peque\u00f1as rosas giratorias, como tuercas calidosc\u00f3picas o como aquellos torbellinos que se forman en la corteza de los \u00e1rboles. Mi hija crece r\u00e1pido, escribe Rodrigo en una libreta que lleva siempre consigo. Mi hija crece sana, es una flor ex\u00f3tica a la que apenas s\u00e9 cuidar debidamente. Dios se apiade de mi ni\u00f1a.<\/p>\n<p>Josefa ha cumplido 9 a\u00f1os y es una chica hiperactiva. Sus dos pasatiempos favoritos son dibujar dinosaurios y mirar revistas de superh\u00e9roes. Un d\u00eda le muestra a su padre uno de sus \u00faltimos trabajos: un dinosaurio con una capa al estilo de Superman que lucha contra una villana de cuerpo reptil. El dibujo que sostiene la ni\u00f1a parece demasiado grande, como si en cualquier momento la fuera a aplastar. Rodrigo recuerda haber le\u00eddo que es as\u00ed como lucen las obras maestras. Trozos de papel manufacturado que superan la propia medida del autor. Sus notas en el colegio son sobresalientes, tiene muchas amigas. Algunas noches trae a la casa dos o tres de sus compa\u00f1eras y se pasan en vela jugando por los pasillos. Mientras tanto, los padres charlan y r\u00eden en la mesa de seis patas que ocupa el sal\u00f3n. La noche transcurre al ritmo de una cinta corredora a m\u00e1xima potencia. El reloj marca las tres de la madrugada. Los padres sacan a sus hijas durmiendo en brazos. Josefa queda recostada en su cama, abandonada entre las s\u00e1banas revueltas. Rodrigo se acerca y con mucho cuidado, quita el cabello del rostro de su ni\u00f1a flor de madera (es as\u00ed como a ella le gusta que la llamen). Sus lunares giratorios se han desplazado desde el antebrazo hasta el cuello y del muslo hasta la altura de su vientre. Pap\u00e1, dice. Pap\u00e1, la Roc\u00edo dijo que cuando grande nos vamos a tener que morir. Las luces de la habitaci\u00f3n est\u00e1n apagadas, de la puerta entreabierta llega la luz del pasillo, en la ventana resplandece la luz de los autos a velocidad media. Es parte de estar viva, morir es parte de estar viva, no es nada del otro mundo, es el inicio de otra cosa. Hace un rato, Josefa no lo miraba. Ahora, los ojos somnolientos se clavan en el joven rostro de su padre. \u00bfDe qu\u00e9 cosa?, pregunta. No lo s\u00e9, eso tienes que descubrirlo t\u00fa. No quiero. Es una aventura, le dice Rodrigo, la mayor de todas. Los peluches dispersos por el suelo lo distraen por un rato. En penumbra, sus cuerpos parecieran caer de manera distinta. Desarticulados, desparramados, estas son las palabras que le llenan la cabeza. Cuando sea viejita no me quiero morir. Los peluches parecieran estar a punto de ponerse de pie. Rodrigo abraza el cuerpo delgado de su hija. Los peluches no logran hacer nada. Todos duermen mientras el padre, horrorizado, se aleja de la cama y cierra la puerta. Por primera vez, Rodrigo siente que teme por la vida de su ni\u00f1a.<\/p>\n<p>La joven Josefa de diecis\u00e9is a\u00f1os tiene un lunar en la mejilla derecha con la forma de un diente de le\u00f3n. Su otro lunar se oculta bajo la ropa, casi a la altura del diafragma; sigue pareciendo una flor, pero una desconocida, sin nombre. Del colegio regresa junto con sus amigas y algunos chicos interesados que viven por el barrio. Josefa los detesta, as\u00ed que se dedica a ignorarlos con excepci\u00f3n del momento de la despedida, donde junta su mejilla con la de los hombres sin estirar la boca. Rodrigo ha encontrado trabajo en una oficina en el centro de Santiago como recepcionista. Sale junto a su hija por las ma\u00f1anas y luego la vuelve a ver al comienzo de la noche. Josefa llega varias horas antes a casa, por tanto, a esa altura ya se encuentra encerrada en su habitaci\u00f3n. Rodrigo la saluda, le pregunta que tal la escuela, hablan un rato y se despiden. La ni\u00f1a flor de madera, en el silencio de su cuarto, observa su cuerpo desnudo delante de un espejo, buscando la ruta que los lunares han hecho por su piel. Del antebrazo a mi cuello, de mi cuello a la cara. Del muslo a mi ombligo, de mi ombligo a la boca del est\u00f3mago. Con un plum\u00f3n se pinta cuatro lunares, en la posici\u00f3n donde antiguamente estaban sus manchas de flores. Salta, contorsiona su cuerpo sobre la cama, r\u00ede, baila. A la hora de la comida se viste y se sienta a la mesa con su padre. Pan, tomate y palta. A Josefa le gusta la palta al igual que Rodrigo. Los tomates quedan olvidados. Hoy d\u00eda una compa\u00f1era de trabajo estaba hablando de que se robaban ni\u00f1as por su barrio, arriba de una furgoneta \u00bfHas escuchado algo de eso? No, le contesta Josefa. Tiene pinta de ser mentira. \u00bfPor qu\u00e9? No s\u00e9, muy exagerado, si hicieran algo as\u00ed lo har\u00edan m\u00e1s secreto. Rodrigo la mira y cae en cuenta de la forma reveladora de su rostro. Cuando era peque\u00f1a, estaba convencido de que incluso pod\u00eda ver el giro de sus lunares sobre la piel. Ahora, ni si quiera se ha dado cuenta de c\u00f3mo ha avanzado el tiempo. Me gustar\u00eda que anduvieras con m\u00e1s cuidado hija, tienes celular y casi nunca me llamas. S\u00ed, obvio, nunca me vengo sola. \u00bfPero me pod\u00ed llamar al menos? Josefa lo observa de reojo, luego se mira el reverso de sus manos. Sipo, obvio pap\u00e1, desde ma\u00f1ana te puedo empezar a llamar. Las ventanas del comedor est\u00e1n abiertas. El viento, con delicadeza, recorre las paredes, los muebles, el suelo, el polvo acumulado, la mesa, el mantel y los cubiertos. El cabello de Josefa se agita como el follaje de los arbustos frondosos. Qu\u00e9 bueno que corre viento, as\u00ed se ventila el olor de encierro de esta casa. Y se levanta, torpemente se levanta. Entra a su pieza y cierra la puerta. Y la brisa del incipiente verano ventila, limpia y se lleva todas las cosas.<\/p>\n<p>La chica de flores y de madera tiene diecinueve a\u00f1os. Sus lunares cambiaron de color. Antes eran profundamente marrones, ahora parecieran ser peque\u00f1as pintas de tinta morada. Uno se encuentra al filo de su oreja, justo a la altura de la patilla. El otro luce destellante en su cuello, por encima de la clav\u00edcula. Su mejor amiga, al pr\u00f3ximo d\u00eda, cumplir\u00e1 veinte. Vive a dos horas de su casa y su padre, por un momento, se niega rotundamente a que vaya. Al rato, sin mayor esfuerzo, cambia de opini\u00f3n. Anochece, asciende nuevamente el sol. Josefa se despide y Rodrigo se queda en casa, de cabeza en los formularios de su trabajo que debe revisar. Pasa una, dos horas, enciende el televisor y sintoniza una pel\u00edcula de vaqueros. Los rostros arrugados de los hombres rudos lo agobian. Nunca antes hab\u00eda sentido de forma tan terrible el paso del tiempo. Apaga el televisor, observa los cuadros que adornan la casa. Pasan tres, cuatro horas. Rodrigo cocina arroz con vienesas y se sienta a comer, mientras busca nervioso alg\u00fan mensaje de Josefa en su celular. Recorre la pantalla al menos unas diez veces, sin darse cuenta de que en realidad no est\u00e1 viendo nada. Pasan cinco, seis horas. Josefa se quedar\u00e1 a dormir en casa de su amiga, lo acaba de leer en un mensaje. Rodrigo se relaja y se tumba en su cama. Cae dormido, pensando en c\u00f3mo los cuadros de la casa parec\u00edan haber cambiado de posici\u00f3n. Es un augurio, dice en su mente, antes de entrar en los sue\u00f1os. Pasan siete, ocho, nueve horas. Amanece. El hombre se levanta y sale a su trabajo. Saluda a sus compa\u00f1eros. Oye los mismos rumores, las mismas tragedias que hacen retumbar su cabeza. Pasan algunos minutos. Por alguna raz\u00f3n, no siente ning\u00fan deseo de volver a casa. Llama entonces a Josefa, pero no contesta. Pasa media hora. Llama a Josefa tres veces y no contesta. Una compa\u00f1era de trabajo lo saluda y pega un salto por el susto. Le ofrecen agua. La rechaza. Pasa casi una hora. La amiga de Josefa llama a su celular y dice que la trae consigo a su casa, que va en camino y que llegar\u00e1 en unos cuantos sonidos fuertes del reloj. Rodrigo pide permiso en su trabajo y toma un taxi en direcci\u00f3n a su hogar. Recuerda nuevamente la posici\u00f3n de los cuadros, el rostro de los vaqueros, los terribles formularios esparcidos por encima de la mesa. En qu\u00e9 momento mi casa se ha vuelto un infierno, se pregunta, sintiendo verg\u00fcenza, no sabiendo en realidad las cosas que dice. Baja del auto, busca sus llaves y las guarda. La puerta est\u00e1 entreabierta. Josefa y su amiga est\u00e1n sentadas al borde del sill\u00f3n. Una abraza a la otra, una tiembla y la otra calla. Rodrigo observa, se mueve, retrocede. Josefa tiene oculto el rostro, por debajo de los pelos que le caen de la cabeza. Rodrigo la busca, persigue sus ojos y no la encuentra. Que pas\u00f3, le pregunta, que fue lo que te pas\u00f3. No s\u00e9, le dice, no s\u00e9 lo que me pas\u00f3. Y los lunares, como nunca antes, se han vuelto una marca terrible entre la ropa revuelta. En esta casa ya nadie sabe lo que verdaderamente pasa. Todo est\u00e1 cubierto por una terrible mancha.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Por\u00a0<strong>V\u00edctor Gonz\u00e1lez Astudillo<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El cuerpo de Josefa es peque\u00f1o en comparaci\u00f3n con su cabeza. Al momento de nacer, la partera dec\u00eda que la ni\u00f1ita ten\u00eda pinta de ser prematura, pero la compa\u00f1era le dec\u00eda que no, que todas las fechas hab\u00edan resultado bien. Tiene completito los 9 meses, sali\u00f3 cabezona nom\u00e1s. 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