Flor – Por Lisandro Silvestre

Un día como cualquier otro, caminando por el parque sin dirigirme a lugar alguno, de casualidad, me encontré con una flor. Esta era hermosa, pequeñita, en apariencia frágil, sin embargo, fulgurante de vida. Su belleza me deslumbró de manera tal que no pude sino disponerme, con suma cautela, precaviendo de no quitarle ni un solo pétalo ni lastimar con mis uñas su delicado tallo, a llevármela. Cavé por alrededor hasta lograr aflojar la isla en que se mantenía orgullosamente enhiesta, previendo cualquier movimiento en falso de mis manos al untarse en la tierra húmeda. Cuando creí haber encontrado la profundidad y el diámetro adecuados me aproximé para extraer la flor. Agarré con ambas manos el terrón, procurando siempre la minucia de relojero. Dirigí hacia mis dedos mínimamente crispados un ápice de fuerza para retirarla del suelo. Para mi sorpresa las raíces seguían agarrando la tierra, aferrándose tensas, turgentes y fuertes. No era demasiado común ver raíces de semejante tamaño, menos aún para una flor. Un poco desganado debido al traspié, pero manteniendo algo de la esperanza inicial, flecté nuevamente mis piernas, embarré mis rodillas, arremangué mi camisa y seguí cavando.

Me es imposible precisar cuánto tiempo pasé afanado en la tarea, nublado del mundo. El insólito dolor de espalda, y del resto de mis extremidades, además del sudor que me pegaba al cuerpo la camisa, y las piernas ya hace tiempo dormidas deben ser evidencia clara de la prolongación de los minutos y hasta quizás horas. No había puesto atención a la calle ni al parque, que comenzaba ya a vaciarse. Se encendieron los focos todos a un tiempo. El vaho de mi respiración agitada fue adquiriendo su típica palidez en presencia del frío, tal como un adolescente se sonroja en presencia de su enamorada. Tan ávido estaba en el empeño de descubrir la profundidad de esas raíces. Al verme, las pocas personas que merodeaban cercanamente susurraban sorprendidas, burlescas, ahogaban risas en vano, por ese hombre tendido sobre el pasto, todo embarrado, escarbando como si le fuera la vida en ello, con la exaltación impresa en el rostro.

Ya era noche cerrada. El frío, la oscuridad apenas interrumpida por la insistencia de los faroles y el silencio, desde hacía un par de horas, se habían reconciliado luego de su habitual separación a tempranas horas de la mañana, cuando estudiantes y oficinistas cruzan el parque en dirección hacia sus paradójicas cárceles rutinarias. Apenas unos recesos, algunos más extensos que otros, pausaban por momentos mi labor, que se me había metido entre ceja y ceja sin yo haberme detenido, casi ni por un minuto, a cuestionarme su razón. Hasta ese momento:

¿A qué viene este súbito interés por adueñarme de esta flor?, ¿Por qué me esfuerzo tanto por conseguir algo de lo que ni siquiera tengo seguro un resultado?, ¿Cómo, hasta ahora, no me cuestioné el motivo de tan dudosa faena?

Tales dudas llenaban ahora mis pensamientos, congelando mis extremidades en la contemplación absoluta de estos, aún jóvenes, cuestionamientos. Por momentos me embargaba un desánimo, un desaliento que me incitaba a abandonar cualquier esfuerzo, que intentaba persuadirme de lo inútil de esta empresa infundada. En otros se sucitaba una débil esperanza, como la luz de una vela que intentaba iluminar una casa en la que la luz se ha ido. Y fluctuaban en debate ambas fuerzas mientras los minutos se alargaban y mi cuerpo inmóvil iba cediendo al frío.

Pero de a poco, muy gradualmente, al amparo de esa tenue luz de velita, el bombo en mi pecho comenzó a acelerar su frecuencia, volviendo a calentar mis brazos, mis manos, mis dedos, todo mi cuerpo.

Volvía la luz a la casa, la tímida llamita ahora rugía embravecida, y yo seguía alimentando ese calor.

Retomé la tarea, procurando vencer a cada mano de tierra llena ese fantasma que pugnaba por frenarme. Exultante, cada vez percibiendo con mayor veracidad la invitación a esa dicha verdadera, continuando mientras se hacía más corpórea esa mano que se tendía ante mí. No me importaban el sudor, el cansancio, la noche en vela, la camisa ni el pantalón ya hechos jirones, ni mis uñas rotas ni mis músculos doloridos, mi calor se iba fundiendo en ese otro calor hasta ahora desconocido, que se presentaba más y más como el sentido de mi existencia. Los pájaros comenzaron a cantar, sumándose a mi creciente alegría en un jolgorio de trinos multicolor, provenientes de todas partes, en una algarabía meliflua de maravillosa compañía. El frío, la oscuridad y el silencio regresaban a su habitual divorcio diurno, uno que ahora, claro que sí, sería concluyente, irrevocable, definitivo. Los estudiantes, las madres y los oficinistas retornaban a sus rutinas semanales. Comenzaba un nuevo día.

Por Lisandro Silvestre

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