Dos cartas para una película de policías

Nos conocimos este año en el seminario sobre crítica de cine de la revista mexicana Correspondencias. Hicimos juntos un ejercicio de escritura epistolar, el cual ponemos en práctica aquí para dialogar sobre Una película de policías (2021) del mexicano Alonso Ruizpalacios.

La película se pudo ver en algunos festivales de manera virtual, tanto en México como en Perú, antes de su estreno latinoamericano en Netflix. Nos pareció pertinente conversar sobre esta película no solo porque ambos la vimos en algún momento del 2021, como en la Berlinale o el Festival de Lima, sino también por su alcance en términos de la representación de una institución tan cuestionada como lo es la policía en Latinoamérica.

Sábado, 6 de noviembre de 2021 12:50 

Hola Alonso, espero que te encuentres muy bien.

Te escribo una nueva carta, a raíz de las conversaciones sobre cine que hemos mantenido en las últimas semanas y que me han permitido repensar algunas películas y cómo las he experimentado. Tuve la oportunidad de ver Una película de policías en Berlín a principios de este año y desde entonces tenía la idea de escribir algo sobre ella. Ahora que está disponible en streaming, volvieron a mí las primeras impresiones y pensé que lo mejor sería compartirlas contigo.

El tema, ser policía en México, es difícil de abordar. Me imagino que en Lima también tendrán su propia perspectiva, buena o mala, de los policías y el concepto que encarnan: la justicia (o la falta de ella). Acá en México hay mucha impunidad y, en la mayoría de las ocasiones, nos sentimos más seguros cuando no hay policías.

Estos pensamientos son con los que me adentré en Una película de policías. Ante todo, me pareció que la película es un juego de simulacros y representaciones. Tal vez sólo podemos acercarnos a la idea de ser policía a través de la experiencia de ser policía. ¿Pues acaso ser policía no es también una ficción? Una ficción de poder, una ficción de otredad. Una ficción que se impregna en el pensamiento de los aspirantes a través de sólo seis meses de estudio en la Academia de Policía y que nosotros mismos como ciudadanos hemos construido.

Todo esto me recuerda al concepto de lo policial de Michel Foucault en Vigilar y castigar, donde lo traduce como una vigilancia permanente capaz de hacer que todo sea visible, pero a condición de ser ella misma invisible, como una mirada sin rostro. Ser policía es tirarse al vacío para servir a un sistema, bajo la condición de dejar de existir como un ciudadano dentro de una sociedad.

Todo esto es real, todo esto no es ficcionable. O al menos eso me parece que dice Alonso Ruizpalacios cuando subvierte los dispositivos de la ficción y el documental. Tenemos al hombre y a la mujer y al policía, a la ficción y a la no ficción, y el momento desdibujado en el que los límites se borran y la dramatización nos falla. Pensaba que si lo ficticio es aparentar algo que no es cierto, entonces tal vez estemos ante una falsa ficción, si es que esto es posible. Ruizpalacios no inventa o niega una realidad, sólo la falsea para que nos sea más fácil llegar a ella. Las voces que escuchamos en el primer tramo de la película hablan de una verdad que tenemos que desentrañar y las voces de los actores no se presentan más que cuando se comunican directo con la cámara, sin el velo de la ficción. De pronto me resultó natural entrar con ellos a la academia de policías y escuchar sus cavilaciones al darse cuenta de lo que ser parte de esta película les estaba costando: ¿Por qué dije que sí a esta pinche película? ¿Qué necesidad tengo yo de saber qué pedo con un policía? Sólo así pude llegar a conocer a los verdaderos dueños de esas voces, Teresa y Montoya. Y pienso, que toda esta excavación era necesaria, tenía que deshacerme de esas gruesas capas de prejuicios y conceptos, de ficciones, para pensarlos como una mirada con rostro, como algo más que sólo policías.

Ahora me pregunto, ¿con qué pensamientos comienza a ver esta película alguien en Perú? ¿Viven esto de la misma forma? ¿Cuál es su percepción de la policía mexicana y de la propia? ¿Cambió algo en tu mirada?

Ojalá podamos conversar sobre esto, creo que es un tema que se vuelve más interesante desde unos ojos extranjeros.

Abrazo.

F.

Domingo, 7 de noviembre de 2021, 10:07

Hola, Fernanda,

Espero que también te encuentres bien. Primero, quería agradecerte por mantener el interés de continuar escribiéndonos. Me parece valioso que se puedan generar estos puentes de diálogo entre personas de entornos sociales distintos en tanto que, a través de este intercambio, se desprenden ideas y reflexiones que permiten matizar y complejizar nuestras lecturas y perspectivas no solo sobre la película de la cual se conversa, sino también del cine (y cómo lo entendemos) y la realidad social en la que ambos nos encontramos.

Dicho lo anterior, quisiera arrancar con que coincido contigo en que retratar a ciertos grupos sociales como la policía puede ser un reto muy desbordante en la medida que, pese a su presencia tan cotidiana en nuestras vidas, son percibidos como ajenos por su código y otros elementos distintivos como su vestimenta, sus armas, su modo de interactuar. En cierto sentido, en Una película de policías de Ruizpalacios, se percibe con notoriedad (sobre todo, en los dos primeros capítulos) la puesta en escena en un sentido más teatral que cinematográfico: la simulación, tal como tú la llamaste, se hace casi como un espectáculo, en donde Teresa y Montoya actúan como policías, pero por momentos también como ciudadanos comunes.

Eso me hizo pensar que no siempre somos una sola cosa, socialmente asumimos distintos roles y adoptamos los códigos de esos entornos para interactuar, con más o menos “naturalidad” que otros. De ahí que, pese a que esté de acuerdo con lo que planteas sobre la vigilancia y la reproducción de la disciplina a partir de Foucault, creo que, tal como se ve en la película, la estructura de la institución policial no agota la agencia de los individuos y los reduce únicamente a ser meros agentes del orden. Por ejemplo, hacia el final, se nos aclara que se les castiga por contravenir a un evento de corrupción en el que estaba involucrado un diputado. Por eso, creo pertinente tener en mente algunas de las ideas de Michel De Certau a partir de las cuales se puede tener en cuenta cómo, incluso, en la cotidianidad más restrictiva surgen posiciones de resistencia, aunque no siempre sean sistemáticas al punto de volverse acciones revolucionarias de un orden dado: ninguna estructura, ningún orden, es del todo cerrado, siempre hay vacíos que posibilitan ir contra las reglas establecidas, para bien o mal.

Esto último me hace pensar en que la “espectacularización” de la primera mitad de la película no permite complejizar en quiénes son Teresa y Montoya, a pesar de que nos cuenten algunos datos biográficos. Por el contrario, cuando vemos y escuchamos a la real Teresa y al verdadero Montoya, así como a la actriz y al actor que los interpretan en la ficción, podemos dar cuenta de esas vivencias que abarcan una vida más allá de su profesión como policías. Con eso, sus voces quedan visibilizadas como personas y no solo como policías entrampados en un sistema corrupto que los excede.

A partir de ese juego entre la ficcionalización y la documentación de las vidas de estos policías, podemos adentrarnos un poco más en ese mundo de agentes del orden, tan cercano y al mismo tiempo tan lejano, tanto como si fueran otros ininteligibles. Luego de ver Una película de policías, me queda la impresión de que estamos viviendo un contexto en el que justicia y orden, valores que se supone representan las y los policías, no pueden ser soportados más por las evidencias de un sistema corrupto que apenas se sostiene.

Así como en el caso mexicano, en Perú pareciera que el sistema corrupto imposibilita una transformación real de la institución de las fuerzas policiales y su vínculo con la sociedad civil. Por lo general, impera la desconfianza entre policías y civiles, y domina un sistema que favorece siempre a los que pueden ejercer algo de poder más que otros. Este fenómeno se manifiesta desde escenas cotidianas como operativos para supervisar los documentos de conductores hasta otras como movilizaciones sociales, donde muchas veces las fuerzas policiales no miden el uso de la violencia.

Para terminar, creo que con Una película de policías es posible romper algunos de los prejuicios y prenociones que tenemos alrededor de los agentes del orden (ya sean policías o militares) y, como mencionas, empezar a acercarnos a esas personas más comprensivamente. Una vez hecho eso, me parece que será posible verlos no tanto como personajes (acaso producto de las muchas ficciones que configuran nuestras percepciones) que son buenos o malos, para comprender los matices de una realidad compleja, donde los excede y desborda, y son personas con rostros y voces propias.

Por ahora se nos ha terminado la extensión de cuartillas, pero por ahora dejemos la conversación abierta para continuarla más adelante.

Que estés bien.

Abrazo,

Alonso.

 

 

 

Por

Fernanda Rio

Alonso Castro Gutierrez

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