Costa Azul

Fue la primera vez que vi morir a alguien, tenía once años y había pasado el verano entero en la cabaña de la playa de mis abuelos colándome en las vacaciones del extenso catálogo de tíos que tengo. La responsabilidad de esa dinámica se la doy a la alta demanda en la cosecha de sandías durante Enero y Febrero, porque mis  papás se tenían que quedar trabajando en el campo juntando la plata para las repetidas y fastidiosas necesidades escolares. Pero el primer responsable fue mi primo Daniel.

El panorama de la cabaña en Costa Azul siempre fue favorable para mi creatividad. La entrada tiene un pórtico con un apoyabrazos a cada extremo donde jugaba a hacer gimnasia compitiendo con otros gimnastas invisibles evaluado por un jurado similar. Esos juegos funcionaban para otros deportes, peleas con monstruos o robots y parafernalias mentales que mantenían ocupado mi hemisferio cerebral izquierdo. Podía repetir el mismo escenario mientras veía cómo se iba mi tía Clara con mi tío Cristian que pasó toda la semana enojado porque su hija -mi prima- Cristina se agarró a un vecino del pasaje y un día la pillaron en las dunas con los pantalones abajo. Al mismo tiempo llegaba mi tío Hernán con su familia, todos narigones por principio y buenos para jugar dominó apostando con un piso de diez pesos en una bóveda de humo y vino tinto en caja escuchando la Mayonesa en la radio de Cartagena.

Siempre me he adaptado fácilmente a otras familias, no sé si culpar a la ausencia de mis papás sino a las encarnizadas ganas de sentirme aceptado por cordones familiares ajenos, mimado con los mismo dulces y helados que recibían mis primos mirándome con cierto recelo por tener su privilegio sin pasar por castigos ni retos nocturnos. Me escabullí entre las noches de carrete que se armaban en la cabaña mientras mis otros primos se acostaban temprano por orden superior después de los juegos en la plaza. En uno de esos carretes mi tía Tati me enseñó a bailar cumbia. Levanta ligeramente tu pie izquierdo y después el derecho a ritmo de pequeños saltitos, con eso tienes la base, decía. Es necesario mijo, en la cumbia, mantener el ritmo con tus pies, siempre con pasos cortitos, puede ser hacia delante y atrás o hacia los lados, como tu prefieras o como la canción lo indique. Pero lo más importante de todo (y es ahí donde mi gusto por la cumbia se disparó) son los movimientos de tus brazos, es donde le das tu toque personal, donde está la libertad de la cumbia y eso no te lo puedo enseñar, solo mostrarte cómo lo hago yo, lo demás tienes que inventarlo. Inventarlo, esa palabra me retumbó y fue como si mi cerebro hubiera estado todo el tiempo en tensión y de un segundo a otro se distendió y me comenzó a cosquillear como hormigas escarbando intensamente en las rendijas de mi hemisferio cerebral derecho juntándose con el izquierdo y me hice consciente de que si mezclaba ambos recibiría nuevos estímulos y brillos, una sensación exquisita.

Esa ultima semana me dediqué a encontrar el movimiento de brazos que hiciera la combustión perfecta con mis pies consumiendo esa música que viajaba danzante y feliz de letras melancólicas entre todas las casas del pasaje. Dejé de lado mi relación con el pórtico y sintonicé religiosamente la radio Cartagena todos los días a la hora de la siesta como si estuviera esperando el saludo que mandé por teléfono. Me dediqué a conocer y reconocer los sonidos de la cumbia, el ts tsts ts tsts, las voces villeras, la cadencia de la tristeza y el desamor combinado con el despecho infernal de un último beso y las caricias clausuradas por el engaño. En las noches me la paso delirandome, si en una rosa estas tu, si en cada respirar estas tu, amar es un milagro y yo te amé como nunca jamás lo imaginé. Y mis brazos poco a poco iban madurando, los movimientos que en un principio no tenían sentido comenzaron a alinearse con los pies y entendí lo que me decía mi tía, la memoria muscular de un baile de cumbia nunca se pierde, entre más viejo, más cortos y precisos son los movimientos no es un reflejo de cansancio ni de vejez, es simplemente haberse acomodado perfectamente con la música, haber llegado al nirvana de la cumbia. Renunciando a lo excéntrico, dejando de lado el ridículo y solo reconociendo la esencia, el centro de esta música popular, el cuerpo se comportará como el de un viejo bailando cumbia.

Pocas veces me aburría y según lo que alcancé a escuchar en una llamada telefónica de mi tío Gabriel con mi mamá, me comportaba bastante bien y no causaba molestia alguna en sus vacaciones, además acompañaba y entusiasmaba a mis primos a jugar con lo que había. Tampoco era un problema cuando llegaban los mayores. Mis ganas de encajar me hacían espiar sus conversaciones y memorizar los puntos importantes como la Noche Alba, la presentación de Miranda! en el Festival de Viña o las fiestas en la playa después de la feria artesanal y con esa información me iba derechito al negocio Tufo o Tuco o Turro, no recuerdo el nombre, a conversar con el viejo Mario y me nutría sobre esos temas para llegar con algo que decir en los asados nocturnos. Esto me permitía no ser una molestia ni un cacho para los carretes, hasta me consideraron parte de su círculo y eso me generaba un placer inexplicable aunque a momentos me descuidaba hasta el punto de ser desagradable contando alguna anécdota poco juiciosa de familiares con los que compartí y sentía el peso de las miradas que dictaminan la sentencia del hocicón. Aunque zafaba excusándome que era niño, poniendo una estúpida cara entre tierna y chistosita seguida por un dato del nuevo refuerzo de Colo Colo o las declaraciones de Felipe Camiroaga sobre el rey feo de Viña.

Los de mi edad me decían agrandado y más de una vez me excluyeron de sus excursiones al bosque y el Rambo. El Rambo era un juego de tradición familiar que lleva décadas y consiste en que nos tomamos de la mano entre varios dentro del mar para crear un muro contra las grandes olas propiciadas por el litoral. El que no aguanta de pie la intensa masa centrifugadora de agua salada que puede romper justo en nuestras cabezas o torsos o piernas, dependiendo el porte, queda fuera. El último en mantenerse de pie se adjudica el nombre de Rambo, todos los días podía ser alguien distinto. Yo nunca tuve la fortuna de llevar ese título, y me irritaba no poder conseguirlo, entonces me ponía a jugar solo nuevamente y me concentraba en mezclar los hemisferios en un infantil esfuerzo por memorizar datos inventando un juego sin sentido.

Mi primo Daniel no mató a nadie, de hecho casi le salvó la vida al joven que le dispararon en los juegos de video. Días antes a esa noche había llegado mi papá para pasar el fin de semana a solas conmigo. Aprovechó alguna discusión con mi mamá antes de la inminente separación para venir a conversar conmigo, el hijo menor.

Siempre hacíamos el mismo tour a Cartagena, calcado desde que tengo memoria, como si le asustara desviarse en una calle desconocida o esas calles le recordaran su juventud alocada, incluso un poco ilegal, con sus amigos saltando autos o empeñando el reloj recién regalado por sus padres en la botillería El cielo para irse a la playa con amigos y desnudarse borrachos. Caminábamos mayoritariamente en silencio pero apenas encontraba algún atisbo de su juventud en la fachada de un palacete al borde de derrumbarse me soltaba esas historias, como si estuviera educando mi cultura etílica incitándome a no cumplir las pajeras reglas sociales, hablándome en un tono medio provocador, poco paternal y siempre coronando con la frase que delataba un arrepentimiento casi culposo: y mírame como estoy ahora, trabajando en el campo y sin vacaciones.

Ese día quiso probar un lugar nuevo donde comer, mas que querer probarlo sintió el arrebato de invitarme a un restaurante más caro ya que estaba “de vacaciones” y nos sentamos a comer mariscos. El pidió una paila marina y yo unas papas con hamburguesa, aún no había descubierto esa borrachera de mariscos que hoy disfruto como si me estuviera quemando por dentro con un fuego dulce. El tour seguía con la visita a la tumba de Vicente Huidobro donde siempre me impresionaba con el epitafio ‘Al fondo de esta tumba se ve el mar’. La miraba fijamente intentando descifrar la poesía de esa frase tan terrenal buscando el sonido del mar rompiendo en la roca donde está grabada.

Esa noche me tocó lidiar con una intoxicación de mi papá. Como ya dije tenía once años y estábamos los dos solos en la cabaña. Dormíamos en la pieza de los camarotes, en las camas de abajo. La casa cruje hasta con los ronquidos así que me desperté en medio de la noche y lo vi sentado en frente mío, pálido, sudando y en medio de unas tercianas me pidió que llamara a una ambulancia, que no se podía mover más que para ir al baño a vomitar en una pelela mientras cagaba una diarrea fétida. Tomé el celular, llamé al 132 y la ambulancia llegó sorprendentemente rápido. Nos fuimos directo a la posta de Cartagena donde le dieron un suero mientras yo esperaba en esa sala hedionda a dentista, eucaliptus y copete. A las 3 horas estábamos de vuelta en la casa. Admito que me sentí importante sabiendo que le salvé la vida a un adulto y más aún a mi papá.

Después de ese fracaso vacacional llegó mi primo Daniel, ya estábamos empezando marzo y yo ad portas de volver a mi casa a retomar el eterno lunes escolar. El primer día fuimos a El Quisco y cuando pasamos por afuera de la -hasta ese entonces- Excalibur me dijo que los choros mas choros de San Bernardo iban a tomar al peladero que colinda con la discoteque. Por lo general no pasábamos de Las Cruces al norte pero con él siempre había una disposición y un salvoconducto para cruzar los límites.

No se llevaba bien con su mamá, mi tía Miriam, con la que yo al menos tenía una excelente relación, el verano pasado me había dejado dormir con ella el resto de las vacaciones después de cagarme de susto con la historia de la aparición de mi tío Carlos (su esposo) en el pasillo que da al patio. Así que se dedicó a contarme todas las historias de amores, fantasmas y espíritus benignos que habitan la cabaña  incluyendo cuando se conocieron mis papás en San Sebastián o cuando no sintió el terremoto del 85 por ir en una micro con mi abuela y al bajarse notaron que la cabaña estaba completamente derrumbada. Nos quedábamos hasta la madrugada conversando en la cama mientras a mi otro lado dormía mi primo Martín.

En esa semana llegó la hija de una amiga de mi tía de la que yo me enamoré profundamente, es la persona de la que más he aprendido de fotografía después de mi papá y con la que también tuve mi primera -y sincera- erección cuando nos contó que se podía hacer una cámara con una caja de fósforos mientras me mantenía la mirada con un cigarro entre los labios. La fotografía, la cumbia y la muerte de ese verano, todas juntas mezcladas, forjaron mi personalidad los años siguientes.

Estábamos con el Daniel en los juegos de Costa Azul, habíamos recién puesto fichas en el Super Star Soccer de las máquinas, donde teníamos invertida una cantidad importante de plata para ganar el mundial con Brasil, aunque siempre quedábamos eliminados contra Holanda o Alemania. íbamos en la semifinal con Francia, tras dejar fuera a España, Italia e Inglaterra cuando escuchamos una pelea en la calle a la que no le dimos importancia hasta que se escuchó un balazo, unos gritos y una especie de estampida que llenó de tierra las máquinas, así que decidimos salir. En el piso, al frente de la plaza, entre las máquinas, estaba un joven tirado. Iba con un polerón  Adidas original blanco con azul del Chelsea, empapado en sangre, y tenía la mirada perdida hacia el barco pirata que estaba en frente. Como se generó esa espesa nube de tierra, nadie había notado bien al joven hasta que mi primo corrió a auxiliarlo. Los demás pasaban creyendo que era un número de comedia o una performance artística hasta que mi primo empezó a gritar llorando, empapándose en sangre mientras lo tenía en sus brazos. Hermanito no te durmai, despierta. Hermanito no te durmai, mírame, mírame. Hermanito do te durmai ¿Cómo te llamai? Hermanito no te durmai, hermanito no te durmai.

El día después nos devolvimos a Santiago, cuatro días antes de lo previsto. Mi primo no hablaba, seguía en shock, y el único murmullo que le escuché fue que nunca más quería volver a ver el mar. La culpa y la responsabilidad se la dio por alguna razón al mar y yo me acordé del epitafio de Huidobro, mi tía metió la cuchara y dijo que sería un espíritu benigno que cuidaría la casa. Yo lo había visto morir pero aun no sentía nada, era el simple y patético espectáculo de la vida llegando a su fin de manera artificial. Mi cabeza seguía pensando en la hija de la amiga de mi tía, en una erección ensangrentada, en que si hubiera andado con una cámara de caja de fósforos probablemente habría hecho una foto como los fotógrafos de guerra de los que ella hablaba con tanta pasión.

La segunda vez que vi a alguien morir fue a mi papá, por televisión. Después del accidente que tuvo en camino a trabajar en el campo llegaron las cámaras a cubrir su muerte. Durante el luto yo estaba viendo las noticias y mi mamá me llamó, no sin algo de morbo, para decirme que estaban pasando la noticia. Lo único que vi fue sus pies entrando en la ambulancia y estoy seguro que los vi moviéndose como si estuvieran haciendo un paso de cumbia.

 

Cuento y foto por Rodrigo Vergara

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