Zama: la enferma espera

Revista Oropel estuvo presente en la vigésimo cuarta edición del Festival Internacional de Cine de Valdivia, un evento sumamente bien organizado, con más de siete salas habilitadas a pocos pasos de distancia y una selección de películas impresionante. El panorama cinematográfico iba desde las siempre atractivas competencias nacionales e internacionales, una sección de gala con renombrados directores, a focos en realizadores específicos, tales como Sion Sono y la estadounidense Deborah Stratman, conformando una programación con más de 17 categorías y más de 100 películas.

La categoría denominada “Gala”, caracterizada por la presencia de directores con una larga carrera como el coreano Hong Sang-Soo, y los franceses vigentes de la nouvelle vague Jean Luc Godard y Philippe Garrel, estrenaba también la última película de la realizadora argentina Lucrecia Martel, Zama, basada en la novela homónima escrita en 1956 por Antonio Di Benedetto.

“A las víctimas de la espera”

Centrada en el personaje de Diego de Zama, corregidor de la corona española en la provincia del Chaco al norte de Argentina, ambientada en el año 1790. La película posee dos momentos marcadamente distintos, tanto a nivel narrativo como de tratamiento audiovisual. La primera parte se extiende en el estudio de la identidad del corregidor y el territorio ajeno en el que se sitúa, donde lo único que motiva al personaje es un nuevo cargo que lo posibilite estar más cerca de su familia -que se encuentra en Buenos Aires- o volver a Europa. El modo de Diego de Zama de lidiar con el tedio que estar ahí le produce es pujar por tener más poder y así tener más regalías para hacer de su estadía algo más acorde a su deseo.

El deseo de Diego de Zama es un personaje más. Al principio de la película un plano general magistral lo muestra esperando una embarcación con pose de conquistador, y luego se tentará con un conjunto de mujeres locales que están desnudas cerca de ese lugar. El personaje de Luciana Piñares de Luenga se transforma en el fetiche del corregidor, esposa de un tipo con un cargo más alto que él, posee una doble dimensión del deseo, por un lado sexual, por otro lado de poder. Zama perseguirá su deseo por ella como un perro arrastrado en un juego histriónico que siempre termina perdiendo.

El poder que Zama desea tiene su inicio en su insatisfacción, un mareo permanente amplificado por el gran uso del sonido al que Lucrecia Martel nos tiene malacostumbrados. Es la espera su enfermedad, a la que lo somete Luciana y su superior, a un posible ascenso o a la satisfacción de su deseo. Zama pide a su superior repetidas veces un ascenso, y él, al igual que Luciana Piñares de Luenga nunca le da lo que desea, dejando a Zama inmóvil, imposibilitado de acceder a cualquier cosa que le pueda entregar un poco de satisfacción. Los encuadres presentes en este primer tiempo de película encierran al personaje, lo someten claustrofóbicamente a la extrañeza con su medio, a una inadecuación irreversible.

La segunda parte de Zama, marcada por su resignación a la espera, libera al personaje de su encierro y lo hace chocar de frente con otros mundos que parecen un delirio en respuesta al tedio. Zama recibe el encargo de atrapar a Vicuña Porto, bandido conocido por su crueldad y su fama de violador. El personaje, ante este nuevo llamado para impartir la justicia, accede a emprender la misión de traer al bandido para enjuiciarlo.

En la película el escenario cambia completamente, los encuadres pasan a ser en su mayoría planos generales que muestran la inmensidad de lo hasta ahora desconocido, vegetación exótica, indios pintados con atuendos de distintos colores y variados accesorios y lenguas por momentos irreconocibles.

Entramos en la última media hora de película a un delirio sin igual, el estado febril en el que Zama cae tiñe cada elemento en la pantalla, dando una sensación onírica de no estar en ninguna parte, de estar siendo parte de algo mucho más grande que no somos capaces de entender a medida que las tomas avanzan. Zama pierde toda esperanza y es libre de la espera, su mundo se destruye completamente.

Si bien Lucrecia Martel en sus anteriores películas ha dado cátedra de ser una directora que domina lo perceptivo y sensorial, es Zama su cénit. El uso del fuera de campo es grandioso, en la mayoría de la primera parte no vemos más que a Zama hablar, al resto de los personajes solo se los escucha mientras la cámara se posa en un primer plano de Zama, el efecto que dicho movimiento genera en su constante repetición alimenta la inquietud del espectador sobre si Zama es algo que sucede realmente o es todo un completo delirio del personaje.

En cuanto a sonido diegético, Martel domina la escena a partir de la escucha de los objetos presentes, en la primera parte las copas, abanicos, puertas, ventanas, etc. amplifican el encierro de Zama; en la segunda los sonidos de bichos, ranas, agua afianzan el estado febril del protagonista. Por último, el sonido extradiegético también es magistral, la banda sonora es totalmente anacrónica pero en ningún caso fuera de lugar, la elección de Los Indios Tabajaras, dúo brasileño de guitarristas de los 60’s, nunca parece forzada, sino que acompaña la dimensión irrisoria del relato en su segunda parte. Martel también innova en este aspecto con el uso del Shepard Tone, usado por Hans Zimmer en Dunkirk, una serie de notas que entrega la ilusión de estar subiendo o bajando, cuando en realidad es una repetición de la misma secuencia. Martel la usa para significar a través del sonido el delirio de Zama en la parte final, que en apariencia va aumentando pero es siempre el mismo. La cineasta argentina demuestra otra vez que para ella el sonido no es solo potencial narrativo sino también el elemento que guía el tono y emoción de la película.

Como epilogo, esperamos que Zama pueda estrenarse en algunas de las salas independientes del cine chileno así tenemos la oportunidad de volver a ver esta gran película, una de las mejores del cine latinoamericano del presente siglo, que nos somete a un mundo onírico inaprensible donde nos sentimos igual de extrañados que el protagonista, pero con ese goce que solo una buena película puede transmitir.

Los Indios Tabajaras, parte de la banda sonora de Zama

Por Miguel Gutiérrez.

 

Share :
You may also like
La pintura en el cine como referente iconográfico
Arte - Cine
Santiago a través del cine: un pasado inaprensible
Cine